Se llama mitología grecorromana al conjunto de mitos y leyendas que los antiguos habitantes de Grecia y el Imperio Romano tenían para explicar el universo y el origen de los seres que lo habitaban. Se tiende a unificar la mitología romana y griega porque las diferencias que se pueden establecer entre una y otra se reducen, básicamente, al distinto nombre que recibe cada uno de los dioses. A pesar de que Grecia acabó siendo conquistada por Roma, se suele hablar de una colonización griega sobre la cultura latina, lo que incluía también el ámbito de lo religioso; además, hay que tener en cuenta que ambas partían de un tronco común cultural y lingüístico como era el indoeuropeo, por lo que el pilar fundamental, el panteón olímpico, era el mismo. De este modo, se puede hablar de la mitología romana como continuadora de la griega.
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Origen de la mitología grecorromana



La mitología griega, tal y como hoy se conoce, es una fusión de la indoeuropea, traída por los invasores griegos, y la religión mediterránea de los antiguos pobladores de la península y de las islas del Egeo. Además, desde el principio, el sistema politeísta estuvo abierto a influencias como la de la cultura oriental y la egipcia, lo que provocó que hubiera mitos discordantes atribuidos a una misma divinidad. Las tablillas micénicas, escritas con el sistema del silabario lineal B, muestran los nombres de los dioses que recibían culto en los palacios de Cnosos (Creta) y en Pilo (Peloponeso). Éstos coinciden, en gran medida, con los de los olímpicos Zeus, Poseidón, Hera, Atenea, Artemis, Hefesto, Ares y Dionisio; sin embargo, aparte de nombrarlos y dar unos escasos rasgos sobre los cultos locales, no proporcionan más datos, lo que no permite asociarlos a los mitos que actualmente se conservan. La falta de textos anteriores a los de Homero y Hesíodo hacen que no se pueda ir más allá de este origen, aunque los estudios comparatistas permitan identificar en ciertos casos si se trata de mitos indoeuropeos o de otras culturas.

Se han elaborado distintas hipótesis que pretenden esclarecer la procedencia de las divinidades y cómo se ligaron unas con otras; entre ellas destacó, debido a su éxito inicial, la teoría de Robert Graves y sus seguidores. Este autor creía que existían unas grandes diosas originarias mediterráneas, que fueron desplazadas por los dioses masculinos indoeuropeos; no obstante, hoy en día, se han desestimado estas especulaciones por considerarse improbables y, lo que es más importante, indemostrables.

Los orígenes indoeuropeos de gran parte de los dioses es, por el contrario, algo innegable. No sólo hay determinados rasgos de la cultura indoeuropea que conforman claramente la mitología grecorromana, sino que la etimología de muchos de los nombres de las divinidades lleva también a esta cultura.

Según el comparatista francés Georges Dumézil, en la mitología de los antiguos indoeuropeos, los dioses estaban divididos en tres categorías que correspondían a un sector bien determinado de la vida. La primera función era la de la soberanía, la segunda la de la guerra y la tercera la de la producción y reproducción; probablemente esta visión tripartita correspondiera a una división de la sociedad en tres castas diferenciadas. La organización social no subsistió en la Grecia y la Roma antiguas; sin embargo, la mitología grecorromana conservó algunos vestigios de esta concepción trifuncional. En la oposición que se da entre Hera, representante de la soberanía por ser esposa de Zeus; Atenea, la diosa guerrera, y Afrodita, que asume la función productiva (reproductiva), se aprecia un buen ejemplo de esto. En general, se puede decir que la trifuncionalidad en un mito es indicativo de su origen indoeuropeo.

Características específicas de la mitología grecorromana



Fuerte antropomorfismo


Una de las principales funciones de los mitos es dar explicación de la naturaleza. Así, se presentan los fenómenos naturales como sucesos regidos por los dioses, cuyos designios eran comprensibles para el ser humano, aunque éstos le fueran hostiles. El hecho que permitía entender las decisiones divinas al hombre era, precisamente, la humanidad atribuida al entendimiento y voluntad de las deidades; de este modo, se tiene una visión domesticada de la naturaleza, al aparecer ésta con sentido humano y dirigida al hombre. Esta configuración humanizada de las fuerzas naturales se da en cualquier mitología, pero en la griega el antropomorfismo se encuentra especialmente marcado.

Los dioses grecorromanos estaban dotados de todos los vicios y virtudes humanas, así como de sus deseos, anhelos y esperanzas. El odio, el amor, la amistad, la envidia, la compasión, etc., son sentimientos de los que las divinidades no carecían; por ello, aunque en ciertos momentos actuaran injustamente, los hombres entendían sus decisiones, ya que eran motivadas por causas que no les eran ajenas.

Frente a otras culturas, en las que las divinidades se representan con animales o alternando rasgos animales con humanos, los dioses y héroes grecorromanos tienen forma humana completa, aunque magnificada. Por ejemplo, las divinidades egipcias suelen ser representadas con cuerpo de persona y cabeza de animal (perro, escarabajo, etc.), mientras que las estatuas griegas de dioses siempre muestran a éstos como hombres o mujeres. Por supuesto, las deidades podían transformarse en otros seres si lo deseaban, pero su forma habitual era la humana.

No faltan en la mitología grecorromana monstruos en nada parecidos físicamente al hombre; no obstante, éstos actúan y se mueven animados por impulsos como los de los humanos. Cualquier mito se presenta siempre de forma dramática y humanizada, de tal manera que los hechos narrados y las conductas adoptadas por el protagonista sean lógicas y comprensibles para los hombres.

Sistema politeísta especialmente organizado


Los mitos grecorromanos conforman un sistema especialmente claro y ordenado respecto a otras mitologías. De este modo, un personaje mítico tiene una significación determinada no sólo por lo que su mito cuenta, sino por la referencia que tiene con otros mitos y su posición respecto a éstos. Un héroe cualquiera viene definido por sus características propias y suele tener un antagonista que las resalte; por ejemplo, frente al valiente Heracles tenemos al cobarde Euristeo.

Este sistema de oposiciones está más marcado cuando se trata de los dioses. Dentro del particular politeísmo grecorromano, una divinidad estaba definida tanto por su significación abstracta, como por su contraste con otros diosas y dioses. Por ejemplo, Atenea encarna la figura de la guerrera frente a las otras diosas (Artemisa, Hera, Afrodita, etc.), pero su figura queda perfilada cuando se la enfrenta al dios de la guerra Ares; frente a éste, que representa la violencia guerrera, Atenea es la diosa de la estrategia y la astucia militar.

Su transmisión


Toda sociedad mantiene sus mitos por la circulación familiar y colectiva de éstos, pero siempre cuenta con unos individuos especialmente encargados de esta tarea. En algunos sitios son los sacerdotes; en otros, los profetas o vates; en Grecia fueron los aedos, rapsodas y poetas en general. Estos compositores se educaban en la memorización y en la composición oral; es decir, ellos no inventaban, tan sólo recogían el repertorio y lo exponían poéticamente. Por supuesto, esta relación entre la mitología y la poesía confería una gran libertad a la hora de relatar los mitos, por lo que esta peculiar forma de transmisión no podía evitar que se alterasen paulatinamente los hechos narrados. Además, había otros factores que daban lugar a la diversidad: un rapsoda podía escoger una variante local del mito para complacer a su auditorio o silenciar, en un momento dado, una parte del relato por razones morales o políticas. De todos modos, es conveniente aclarar que estas modificaciones se mantenían dentro de unos ciertos límites que intentaban no cambiar el esquema básico en el que se fundamentaba la estabilidad del repertorio mítico.

La introducción del alfabeto en el siglo VIII a.C. supuso una revolución cultural inusitada que no podía dejar de afectar a la mitología. Aunque la trasmisión oral mítica no finalizaría hasta mucho más tarde, sí que anuló la palabra viva como base del recuerdo. Ya en ese mismo siglo VIII a.C., se cuenta con textos de dos de los grandes poetas de la antigüedad, Homero y Hesíodo. Lógicamente, sus obras aún mantienen huellas de la composición oral, sólo hay que observar la cantidad de frases formularias que aparecen en un poema épico como la Ilíada, pues hasta el siglo V a.C. la mentalidad griega no abandonará la cultura de la oralidad.

Estos cambios trajeron consigo que la mitología quedara ligada a la literatura, lo que llevó a su vez a un deseo de originalidad por parte de los poetas, pues ya no eran sólo memorizadores, sino creadores. De este modo, los relatos cobraron una renovada libertad que, en algunos casos, dio lugar a la crítica, hecho que no ocurría con otras culturas en las que contaban con un libro canónico. Por otro lado, la fijación que supone un texto escrito lo expuso a la censura y la ironía, algo impensable con la transmisión oral.

Al inicio de la literatura clásica, todos los géneros poéticos antiguos (épica, lírica coral y tragedia) toman como base de sus argumentos los mitos. Este rico mundo de figuras, situaciones y temas fue durante mucho tiempo, si no la única base de las composiciones, sí la principal. Así, se puede seguir la evolución de un mito y las distintas variantes que se iban introduciendo a lo largo de unos siglos, ya que, como se ha apuntado anteriormente, Roma tomó el relevo de la literatura griega. Todo esto ofrece al estudioso actual una tradición que se puede abordar diacrónicamente, lo cual es una característica peculiar de la mitología grecorromana.

La literatura, en esa búsqueda de la originalidad, fue desgastando el fondo mítico y dando lugar a la ironía. Con la aparición de la filosofía y el racionalismo en la Jonia del siglo VI a.C. y su prolongación en la ilustración sofística y la filosofía posterior, que intentó dar una explicación del mundo y la vida humana mediante la razón, la mitología perdió progresivamente su valor como explicación de lo Real. Es a finales del siglo IV cuando se da la crisis del sentido trágico, que tiene en Eurípides a su más claro exponente.

Se debe tener en cuenta que la literatura griega clásica y arcaica estaba dirigida a un público muy amplio, pues prácticamente su auditorio era todo ciudadano, por lo que contó siempre con una vertiente educativa. A través de la tragedia, los mitos se evocaban una y otra vez, lo que les confería una función social difícil de cubrir. Por eso, como apuntó Nietzsche, el ataque de la crítica racionalista llevó a la crisis de la tragedia, que supuso el fin de toda una forma de entender el mundo.

Los filósofos pronto se dieron cuenta de lo débil de su victoria, pues la filosofía no podía cubrir la crisis de valores que se cernía en torno a los ciudadanos, más si se tiene en cuenta que ésta coincidió con el final de la polis como comunidad libre y autosuficiente. Ya Platón se dio cuenta de la función social y educativa de los relatos míticos, por lo que no trató de suprimir radicalmente su legado y propuso que el Estado lo controlara y manipulara para aprovechar esta función pedagógica.

Teogonía o Cosmogonía



El origen del universo lo narra Hesíodo en su Teogonía. Según este autor, al inicio de todo sólo existía el Caos. Después vino Gea (la Tierra) y, dentro de ésta, se hallaba el Tártaro. Más tarde apareció Eros (el Deseo). Este último es la fuerza que mueve al mundo, porque es la fuerza generadora, la que llevará a la creación de nuevos seres que pueblen el Universo.

Del Caos, nacieron Érebo y Nix (la Noche). A su vez, de Nix surgieron el Éter y Hémera (el Día). Se puede ver cómo la creación empieza a imponer el orden frente a ese Caos generador y primordial. Con el nacimiento del Día y la Noche, surge el tiempo organizado.

Sin intervención masculina, Gea engendró a Urano (el Cielo), las grandes Montañas, las Ninfas y el Ponto (el Mar).

Cuando ya están los elementos primordiales del Cosmos: la Tierra, el Cielo y el Mar, Gea ya no crea por sí misma, sino que será fecundada por otros elementos varones. Los hijos de Gea, normalmente, son seres monstruosos y muy violentos. Primero se une a Urano, con el que tuvo numerosos descendientes, ya que éste la cubría permanentemente. Así nacieron los seis Titanes (Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Crono) y las seis Titánides (Tía, Rea, Temis, Mnemósine, Febe y Tetis). Los dos más importantes son Crono y su esposa Rea, pues obtendrán la soberanía del mundo; ambos son conocidos por Saturno y Cibeles, respectivamente, en la mitología romana. Cibeles tenía un mito propio y, en origen, era una diosa frigia que nada tenía que ver con Rea, pero más tarde asumió las características y leyendas de Rea.

Luego engendró a los Cíclopes (Arges, Estéropes y Brontes), que eran monstruos de un solo ojo muy hábiles como artífices, y los Hecatónquiros (Coto, Egeón y Giges), llamados también centímanos, que tenían cincuenta cabezas y cien manos.

Urano, en un incesante acto de procreación, permanecía tendido sobre Gea y no permitía la salida de sus hijos del vientre de su madre; es decir, se mantenían bajo tierra. Gea, harta de la fecundidad desmesurada a la que se veía sometida por Urano y deseando liberar a sus hijos, creó el metal e hizo una hoz. Luego pidió ayuda a su progenie y sólo el más pequeño, Crono, se declaró dispuesto a enfrentarse a su padre y una noche, cuando Urano se disponía a cubrir nuevamente a Gea, le castró con la hoz que, previamente, le había entregado su madre. De los testículos y las gotas de semen que cayeron en el mar, nació Afrodita, llamada Venus en la mitología romana. Esta versión del nacimiento de la diosa es la que ofrece Hesíodo, pero hay otro mito que la hace hija de Zeus y Dione, en la cual no es una divinidad de primera generación.

Después de esto, Gea se unió a Ponto, con quien engendró cinco divinidades marinas: Nereo, Taumante, Forcis, Ceto y Euribia.

Tras este episodio, Hesíodo sitúa el nacimiento de una serie de personajes causantes del lado negativo de la existencia. Como en la mitología grecorromana no existe un dios de la maldad propiamente dicho, se achacan los males de la vida a diversas personificaciones de aspectos nocivos para el ser humano. Así, Nix (la Noche) concibe a Moros (la Fatalidad), a Ker (la diosa de la Muerte), a Tánatos (el dios de la Muerte), a Hipnos (personificación del Sueño) y a la tribu de los Sueños. También la Burla, el Lamento y las Hespérides, ninfas del atardecer, llamadas: Egle ('Resplandeciente'), Eritia ('Roja') y Hesperaretusa ('la Aretusa de Poniente'), son descendencia suya.

Entre las múltiples hijas de Nix, destacan las Moiras, que figuran como hijas de Zeus en otras versiones míticas, y las Erinias (Alecto, Tisífone y Megera) por los griegos y Furias por los romanos, son muy temidas y aparecen en numerosos mitos. Aunque Hesíodo las hace hijas de la Noche, hay una versión que las hace nacer de las gotas de sangre que cayeron a la tierra cuando Crono mutiló a Urano. Son monstruos alados con serpientes en sus cabellos, que se encargaban de castigar los crímenes, para lo que perseguían a sus víctimas, enloqueciéndolas y torturándolas. Entre las hijas de Nix que personifican abstracciones, como Némesis (la Envidia), Engaño, Ternura, Vejez, etc., sólo Eride o Eris (la Discordia) alcanza un papel importante en los mitos; de hecho, es la causante de la guerra de Troya. (Véase la leyenda de esta diosa). Eride, a su vez, parió a Fatiga, a Pena (Ponos), al Olvido (Lete), al Hambre (Limos), al Dolor (Algos), al Juramento (Horcos), a los Combates, Guerras, Matanzas, Masacres, Odios, Mentiras, Discursos, Ambigüedades, Desorden y Destrucción.

De las divinidades primigenias marinas, se unieron Nereo y Dóride, que dieron lugar a las cincuenta nereidas; Taumante y Electra, que tuvieron a las Harpías e Iris; Ceto y Forcis, que engendraron al monstruo Escila y las Grayas (las Viejas); por último, Crío y Euribia trajeron al mundo a Jápeto y Clímene. De esta descendencia, destacan las Harpías, monstruos mitad ave, mitad mujer, que servían a veces como castigo divino. Normalmente sólo son dos; Aelo ('Borrasca'), llamada también Nicótoe, y Ocípete ('Vuela-rápido'); aunque a veces se nombra una tercera, Celeno ('Oscura'). También Iris, personificación del Arco Iris, participa en algunos mitos como mensajera de los dioses.

Algunos titanes también se unieron entre sí. Océano y Tetis engendraron los ríos y manantiales; Hiperión y Tía a Helio (el Sol), Selene (la Luna) y Eos (la Aurora); Ceo y Febe a dos hijas Leto y Asteria. Pero la descendencia más importante será la de Crono y Rea, que tuvieron a Hestia, Deméter, Hera, Hades, Poseidón y Zeus, el menor de todos. En la mitología romana, Deméter era llamada Ceres; Hera, Juno; Hades, Plutón; Poseidón, Neptuno, y Zeus, Júpiter. Hestia, es una diosa que personifica el Hogar y vive en el Olimpo eternamente, por lo que no participa en ninguno de los mitos. Probablemente, éste sea el motivo por el que es la única hermana de Zeus que no se incluye en el panteón olímpico.

Crono, padre de Zeus, sabía por un oráculo que uno de sus hijos habría de destronarlo y, por miedo a esta profecía, los engullía nada más nacer. Rea, harta de esta situación, resolvió engañar a su esposo y salvar a su sexto hijo. Dio a luz por la noche, en secreto, y al día siguiente dio a Crono una piedra envuelta en pañales, que éste, como era su costumbre, se comió sin darse cuenta del cambio.

Cuando Zeus creció, quiso tomar el poder que tenía su padre y recurrió a Metis (la Prudencia) para que le ayudara. Ésta le proporcionó una droga que hizo vomitar a Crono todos los hijos que había devorado y, con el apoyo de sus hermanos y hermanas, Zeus luchó contra su padre y los titanes. Fue una guerra larga que duró diez años.

Zeus, aconsejado por su madre, decidió liberar del Tártaro a los Cíclopes y los Hecatonquiros para que le ayudaran. Los Cíclopes dieron: a Zeus, el trueno y el rayo; a Hades, un casco mágico que hacía invisible al que lo usara, y a Poseidón, el tridente, cuyo choque conmovía la tierra y el mar.

Al final, Zeus y los olímpicos quedaron vencedores. Arrojaron a los titanes del cielo y los encerraron en el Tártaro. Tras la victoria, los dioses echaron a suertes el reparto del poder. Se acordó que Zeus regiría el universo y tendría como reino el cielo; Poseidón, el mar, y Hades, el mundo subterráneo. Ésta es otra división tripartita que hace suponer su origen indoeuropeo.

Tras estos combates, se sitúa el nacimiento de los hijos inmortales de Zeus que, junto a sus hermanos, conformarán la familia olímpica.

La primera de las esposas de Zeus es Metis, hija de Océano. Cuando Metis estaba embarazada de una niña, Gea dijo que nacería un hijo de esta diosa que destronaría a Zeus. Para evitarlo, el dios se tragó a Metis. Cuando llegó el momento de dar a luz, Prometeo -según otras tradiciones fue Hefesto- abrió con un hacha la cabeza de Zeus y de allí salió Atenea, llamada Minerva en la mitología romana.

Luego se casó con Temis, con la que tuvo: las Estaciones (las Horas), llamadas Eirene (Paz), Eunomía (Disciplina) y Dice (Justicia), y las Moiras, (Cloto, Láquesis y Átropo), llamadas Parcas por los romanos, que personificaban el destino. Se las representa como hilanderas que regían el destino de cada mortal a través de un hilo: la primera lo hilaba, la segunda lo enrollaba y la tercera lo cortaba, cuando la vida del mortal tocaba a su fin. Ni los mismos dioses podían cambiar sus designios. Aunque, arriba se indica que, según Hesíodo, son hijas de Nix (la Noche).

Dione, otra titánide, le dio por hija a Afrodita (Venus para los romanos); sin embargo, en la versión hesiódica ésta surge de la mezcla de las olas del mar con las gotas de semen que caen cuando Urano es castrado por Crono.

Eurínome, hija de Océano, engendró de él las Cárites, llamadas por los latinos Gracias, (Áglae, Eufrósine y Talía). Con Mnemósine (la Memoria), tuvo a las Musas. De Leto tuvo a Apolo y Artemisa, conocida como Diana por los romanos.

Según Hesíodo, después de todos estos enlaces es cuando hay que situar la boda sagrada con Hera, esposa oficial de Zeus; sin embargo, en casi todas las tradiciones se considera anterior. De esta unión nacieron: Hebe, Ilitía y Ares (Marte para los romanos).

De Alcmena, nació Heracles, cuyo nombre latino es Hércules; de la ninfa Maya, Hermes, conocido como Mercurio en Roma; y de Sémele, Dionisio, nombrado Baco en la tradición latina.

Dioses, semidioses, héroes, monstruos y humanos



El vasto número de personajes que aparece en los mitos impide hacer una relación de todos ellos, pero sí permite una división clara de los mismos, gracias a la organización que rige el sistema mítico grecorromano. Por orden cronológico habría que hablar primero de los dioses primigenios, que son los que dan origen a todas las cosas; luego vendrían los dioses principales, que conforman el panteón olímpico; tras ellos, se encontrarían los dioses menores, que no suelen desempeñar papeles protagonistas en los mitos; y, finalmente, estarían los héroes, que no son divinidades, pero proceden en mayor o menor grado de éstas. Caso aparte lo forman los monstruos y los hombres, pues su naturaleza mortal los apartan de las deidades.

Dioses primigenios


Estos dioses suelen estar ubicados claramente, pues en muchos casos no son más que la personificación del marco en el que se desarrolla la existencia, como Gea (la Tierra); a veces se trata de una deidad puramente abstracta, tal cual ocurre con Eros (el Deseo). En cualquier caso, todos ellos carecen de una configuración personal propia, son meramente la base de todo lo existente. La principal fuente para conocerlos es la Teogonía de Hesíodo, que narra el origen del universo y las tres generaciones divinas. (Véase el epígrafe "Teogonía o Cosmogonía").

Primera generación divina


Son los hijos que Gea tuvo fecundada por las deidades primigenias masculinas. Primero engendró con Urano los seis Titanes y las seis Titánides, los Cíclopes y los Hecatónquiros o centímanos. Luego se unió a Ponto, con quien tuvo cinco divinidades marinas: Nereo, Taumante, Forcis, Ceto y Euribia.

Después surgieron todas las divinidades que personifican el lado oscuro de la vida.

Dioses principales


Segunda generación divina y primera generación de los olímpicos


La segunda generación divina son los descendientes de los hijos que Gea tuvo de Urano.

Las divinidades primigenias marinas dieron lugar a las cincuenta nereidas, hijas de Nereo y Dóride; las Harpías e Iris, fruto de la unión de Taumante y Electra; Escila y las Grayas (las Viejas), nacidas de Ceto y Forcis; y, por último, Jápeto y Clímene que descienden de Crío y Euribia.

En cuanto a los titanes, Océano y Tetis tuvieron los distintos ríos y manantiales; Hiperión y Tía a Helio (el Sol), Selene (la Luna) y Eos (la Aurora); mientras que Ceo y Febe tuvieron a Leto y Asteria. Sin embargo, la descendencia más importante será la de Crono y Rea -entre paréntesis se ofrece el nombre que recibían en la mitología romana-, que tuvieron a Hestia, Deméter (Ceres), Hera (Juno), Hades (Plutón), Poseidón (Neptuno) y Zeus (Júpiter), el menor de todos. Todos ellos, excepto Hestia, serán parte integrante del panteón olímpico.

Tercera generación divina y segunda generación de los olímpicos


A esta generación pertenecen los hijos inmortales de Zeus: Atenea (Minerva), las Estaciones (las Horas), las Moiras (Parcas), Afrodita (Venus), las Cárites (Gracias), las Musas, Apolo, Artemisa (Diana), Hebe, Ilitía, Ares (Marte para los romanos), Hermes y Dionisio, (Baco). (Entre paréntesis se ofrece el nombre, cuando éste era distinto, que la divinidad tenía en Roma. Para conocer con puntualidad su mito, se recomienda ir a la entrada correspondiente).

Semidioses


Las uniones entre dioses y mortales daban origen a los héroes, pero en el caso de Heracles y Dionisio se hizo una excepción, puesto que llegaron a convertirse en dioses.

A Heracles le fue concedida la inmortalidad tras vivir como humano. Cuando murió en su vida terrena, fue divinizado y elevado hasta los dioses inmortales en premio a su conducta excepcional.

El caso de Dionisio es distinto, ya que, desde su nacimiento, es considerado como un dios. Estando embarazada la madre de Dionisio, Sémele, pidió un día a Zeus que se mostrara en su verdadera forma, pero no pudo soportar la visión de los relámpagos que circundaban al dios y cayó fulminada. Zeus le extrajo el hijo que llevaba dentro y se lo injertó en el muslo. A la hora de dar a luz, se lo sacó del mismo sitio en perfectas condiciones. Por este motivo, le pusieron el nombre de Dionisio, el dios 'nacido dos veces'.

El panteón olímpico


Una vez que los dioses vencieron a los titanes en la guerra llamada Titanomaquia, se establecieron en el Olimpo, que pasó a ser la residencia de las deidades. Sólo quedaron al margen de este idílico lugar los dioses vencidos en la lucha por el poder celeste y alguna divinidad de actuación específica, como el caprípedo Pan. Allí habitaban los principales dioses que conforman el panteón olímpico con sus cortes de semidioses. Las divinidades se alimentaban de ambrosía y, desde su atalaya, observaban a los hombres. En su vida inmortal, compartían desde la distancia o, a veces, acercándose a ellos, el destino doliente de los héroes.

El orden establecido por Zeus se basaba en la organización familiar y la estructura genealógica. La familia divina era de tipo patriarcal, con Zeus a la cabeza como "Padre de los dioses y los hombres", no tanto por consanguinidad, sino por su papel de señor y jefe de la organización familiar.

Por supuesto, la agrupación familiar del panteón olímpico no es original, pues otras mitologías ofrecen igualmente una familia de dioses, como en Egipto o en el Próximo Oriente; sin embargo, sí es característico de la representación helénica esa claridad y delimitación del marco familiar, constituido por el panteón olímpico. Éste se encontraba compuesto por el número canónico de los doce olímpicos: Zeus, Hera, Poseidón, Deméter, Atenea, Apolo, Artemis, Afrodita, Ares, Hefesto, Hermes y Dionisio. Fuera de este mundo luminoso quedan los poderes ctónicos del mundo de la muerte, representados por Hades, Perséfone y Hécate, divinidades de las tinieblas. Seguidamente se ofrece el nombre de los olímpicos en griego y, a continuación, su equivalente en latín para facilitar la consulta de los mitos que corresponden a cada una de las divinidades.

Zeus o Júpiter.
Hera o Juno.
Poseidón o Neptuno.
Atenea o Minerva.
Apolo.
Artemisa o Diana.
Afrodita o Venus.
Hermes o Mercurio.
Ares o Marte.
Hefesto o Vulcano.
Deméter o Ceres.
Dionisio o Baco

Divinidades menores


En torno a los grandes dioses había un conjunto de divinidades menores cuya existencia era eclipsada por las resplandecientes figuras de los olímpicos: unas tenían una individualidad conocida y otras forman parte de grupos o coros.

Divinidades individuales


Hay diferentes motivos por los que este tipo de deidades no habían alcanzado un lugar preeminente entre los dioses inmortales:

- A veces se trataba de dioses cuyo culto había decaído con el tiempo. Así ocurre con Helios, el Sol, importante dios antiguo que fue perdiendo dominio por su competencia con Febo Apolo, el cual atrajo distintos aspectos de esta divinidad solar; Selene, la Luna, diosa absorbida por Artemisa; o Eos, la Aurora.

- Otras veces era su función la que los restringía a ciertos ámbitos. De este manera, se puede ver a una diosa de tan gran origen como Hestia, que era hija de Crono y Rea, y, por lo tanto, hermana de Zeus, Hera, Poseidón, Deméter y Hades, relegada a un papel secundario por ser la diosa del hogar. Este hecho hace que la divinidad esté ligada al interior de la casa, por lo que no protagoniza ni se vincula a ningún mito. Del mismo modo Pan, hijo de Hermes, tiene un culto reducido por tratarse del dios de los bosques y los espacios agrestes, lo que le deja fuera del ámbito de la polis; o Ilitía, hija de Zeus y Hera, diosa de los nacimientos, sólo aparece de forma secundaria en algún mito (véase Alcmena).

- En ocasiones, se trata de divinidades cuya única función consiste en ayudar a los dioses, por lo que participan en los mitos sin protagonizarlos. Por ejemplo, Iris es la mensajera de los dioses y aparece en las leyendas cumpliendo misiones para los olímpicos, pero carece de historia propia.

- Además, la mitología grecorromana poseía innumerables dioses que eran meras personificaciones de algún concepto abstracto, a pesar de que alguno contara con un mito propio asociado a él. Éste es el caso de Eros, Cupido en Roma; Eris, la Discordia; Níke, la Victoria; Thanatos, la Muerte; Hypnos, el Sueño; etc.

- También había cultos locales que personificaban los ríos, fuentes, lagos...

- Caso aparte son los dioses ctónicos, pues se les respeta pero no se les rinde culto. La asociación de estas deidades con el mundo subterráneo de las sombras, el Reino de los Muertos, hace que sean aborrecibles al resto de los dioses y temidos por los humanos. Esto explica que un dios tan importante como Hades, hermano de Zeus, no forme parte del panteón olímpico. Lo mismo ocurre con su esposa Perséfone, o con Hécate.

- También hay que señalar la importancia de deidades de origen oriental que fueron introducidas durante el helenismo. La relevancia de estos dioses varía según el lugar y el tiempo en el que se localicen, pero los marcados elementos exóticos que les acompañaban hacían que fueran identificados como extranjeros y, por lo tanto, considerados "de segunda fila" por muy extenso y destacado que fuera su culto. Así ocurre con divinidades como Isis, Cibeles, Atis o Mitra.

Divinidades corales


Son llamadas así porque estas deidades suelen ser identificadas o llamadas por el nombre genérico que agrupa a los de su misma especie, pues carecen de una personalidad definida o una historia mitológica propia. Comparten con los Olímpicos la inmortalidad y con los héroes la cercanía y descendencia de los dioses fundamentales; sin embargo, ni tienen el culto de los primeros, ni alcanzan la gloria de los segundos. El número de cada agrupación es variable, pues existen desde tríos como el de las Gorgonas hasta cantidades incalculables de otros seres, como Ninfas, Sátiros, Curetes..., pasando por las nueve Musas o las cincuenta Oceánides. Su función dentro de los mitos también es diversa, pues algunos de estos tipos son simples comparsas, coros o acompañamientos de los dioses, como las Cárites o las Horas, que forman parte del cortejo de Apolo, Afrodita, Atenea o Dionisio; mientras que otros adquieren un papel relevante como las Moiras, ya que éstas personifican el Destino y sus designios no pueden ser cambiados ni por el propio Zeus. Algunas de las especies conviven juntas en comunidad, como los centauros o los cíclopes, y otras están diseminadas por todo el orbe, como las ninfas. También se distinguen entre los seres benéficos, que generalmente son los que conviven directamente con los olímpicos, por ejemplo las Musas, que protegen todas las artes; y los seres monstruosos, como las Sirenas, que buscan la perdición de los navegantes.

Héroes


La abundancia de héroes y la riqueza episódica de sus historias es un rasgo característico de la mitología grecorromana; de hecho, al igual que las leyendas de los dioses sufrieron modificaciones en el curso de la tradición y, en algunos casos, fueron utilizadas por la propaganda política. Así, un héroe de gran importancia para los romanos es Eneas, pues sirvió para hacer descender a los Emperadores de los dioses.

Los héroes se caracterizan por tener mayor poderío, fuerza y audacia que los hombres; sin embargo, comparten con ellos su naturaleza mortal, aunque algunos hayan sido inmortalizados y convertidos en divinidad tras su muerte de humano, como Heracles. A pesar de permanecer al margen de los dioses, están en contacto con ellos, pues las distintas deidades participan en numerosas ocasiones en las vidas de los mortales, bien para favorecerlos o para perseguirlos.

Hay héroes mayores, cantados en la épica y en toda la literatura clásica, y otros menores, de carácter local, ligados a un culto restringido. Algunos héroes tienen a un dios o a una diosa por progenitor (Eneas, por ejemplo, es hijo de Venus), mientras que otros están emparentados de forma lejana con la divinidad; no obstante, todos tienen en su origen una mezcla con lo mortal de la naturaleza humana, por lo que no se alimentan de ambrosía y están sujetos al dolor, el esfuerzo por vivir y finalmente a la muerte.

En el esquema de las edades del hombre que relata Hesíodo, éste coloca la Edad de los Héroes entre la Edad de Bronce y la Edad de Hierro, que es la suya. Con esta inclusión, se hace una pausa en la progresiva decadencia de la humanidad, ya que los héroes no persiguen otra cosa que alcanzar la gloria imperecedera mediante su conducta meritoria. Por su pertenencia a los tiempos del mito y su afinidad con lo divino, son especialmente ejemplares para los humanos.

Los griegos conocían dos tipos distintos de héroe: los culturales y los aventureros o guerreros. Los primeros habían realizado alguna aportación cultural singular; así, Triptólemo enseñó el cultivo de los cereales, Equetlo inventó el arado, Foroneo descubrió el fuego -en variante al mito de Prometeo-, Palamedes algunos juegos, etc. En cuanto a los héroes del segundo tipo, que llamaremos de acción, son divisibles a su vez en dos clases diferentes: los civilizadores y los caudillos guerreros. Los héroes civilizadores resaltan por librar los caminos de monstruos, descubrir nuevas vías en el horizonte desconocido, emprender empresas para liberar prisioneros, buscar algún tesoro... Generalmente, van solos o acompañados por uno o varios compañeros, como Edipo, Jasón, Teseo o Ulises. Los caudillos guerreros, sin embargo, se conocen por su participación en las batallas y asedios a una ciudad (Troya y Tebas son las más conocidas en este sentido). Son jefes de tropas que combaten en peleas individuales, planean los ataques al enemigo o arengan a sus hombres. Por ejemplo, Agamenón, Aquiles, Menelao, etc. Esta división, en principio fácil, sufre múltiples interferencias, pues hay héroes que cumplen ambas funciones, como Ulises.

El culto de los héroes es diferente al de los dioses, pues los primeros tienen un prestigio local específico, bien delimitado geográficamente. Bien es cierto que algunos tuvieron un culto muy extenso como Heracles y otros fueron adoptados como "héroes nacionales" por motivos políticos, como Teseo en Atenas, mas hay numerosos cultos reducidos a un lugar concreto, como Anio en la isla de Delos.

La creencia popular pensaba que, cuando los héroes morían, se convertían en espíritus de difuntos, fantasmas nocturnos que se aparecían y manifestaban en los lugares próximos a su tumba, por lo que se consideraba una buena protección para la ciudad tener enterrado uno cerca. Hesíodo cuenta que algunos héroes tenían destinado un retiro feliz y eterno en las Islas de los Bienaventurados o en los Campos Elíseos.

Monstruos


Aquí se entiende por monstruo cualquier ser mortal de apariencia espantosa que causara daños a los humanos. También había monstruos inmortales, como los hijos de Gea, pero al no estar sujetos a la muerte se considera que éstos eran divinidades.

La mayoría de los monstruos descendían de una deidad, lo que les confería su fuerza descomunal y extraña forma, y de un ser humano, que les proporcionaba a su vez su naturaleza mortal. A veces tenían un origen distinto, como el Minotauro, que era fruto de la unión de una mujer y un toro sagrado; o el autómata Talo, ingenio mecánico construido por Hefesto; otras veces, eran enviados por los dioses para probar a un héroe o castigar algún delito, como el monstruo marino que envío Poseidón a Casiopea por jactarse de su belleza.

En principio, estos seres compartían la naturaleza eterna de los dioses, mas tenían un punto débil por el que podían ser muertos. Los encargados de poner fin a la vida de estos entes eran los héroes, que con ello ganaban gloria y fama.

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Humanos


Los humanos se consideraban una creación de los dioses. Son llamados mortales, en oposición a los dioses que eran imperecederos. Ademán, estaban sometidos a la muerte y al dolor.

Origen


Cuanta Hesíodo que su origen se debe a la decisión de Zeus de poblar la Tierra. Éste pidió un día a Prometeo ('previsor') y Epimeteo ('imprevisor') que se encargaran de crear los distintos seres que habitarían el orbe; de este modo. Epimeteo distribuyó las distintas cualidades (fuerza, velocidad, astucia, valor,etc.) entre los animales. Cuando llegó la hora de la creación del hombre, los hizo a semejanza de los dioses y les concedió la bipedestación; sin embargo, ya no contaba prácticamente de dones para revestirle. Prometeo, compadecido de estos seres más desprotegidos, intentó compensar el error de su hermano robando el fuego divino y ofreciéndoselo.

Como no era la primera vez que el titán Prometeo engañaba al Zeus, éste decidió darle un castigo. En venganza, determinó causar algún mal a la raza que tanto deseaba proteger el dios y mandó a Hefesto y Atenea construir una mujer a imagen de las diosas, pues en un principio sólo existían los varones. A pesar de que Prometeo advirtió a su hermano que no tomase ningún regalo que Zeus le ofreciera, cuando el padre de los dioses le llevó a Pandora, no pudo resistir la belleza y gracia de ésta y la tomó por esposa. Cada una de las divinidades había aportado una cualidad que revistiera a la nueva creación, pero en su corazón había instalado la mentira y el engaño. Así, la nueva mujer de Epimeteo llegó con un cofre que el mismo Zeus le había entregado. Esta caja contenía todos los males y Pandora, sin poder resistir su curiosidad, la abrió. Al ver la cantidad de desgracias que salían del recipiente y cómo se dispersaban éstas por la tierra, cerró el envase, pero sólo la esperanza quedó encerrada en su interior.

Desarrollo


Hesíodo compatibiliza este mito con la leyenda de las edades. Según ésta, habían existido cinco razas que se sucedieron desde el origen de la humanidad.

En un principio, se dio la edad de oro, en la que los primeros hombres creados por los dioses olímpicos vivían bajo el reinado de Crono. Los mortales permanecían siempre jóvenes, no sufrían las enfermedades y pasaban el tiempo en pura diversión, ajenos a los males. Cuando llegaba la muerte, simplemente caían en un "dulce sueño". Tenían todas sus necesidades cubiertas sin necesidad de trabajar o luchar, pues el suelo les ofrecía una abundante cosecha.

A continuación, llegó la edad de plata, que correspondía al reinado de Zeus. Esta etapa supuso una degradación respecto a la anterior. En la siguiente evolución, la edad de bronce, la degradación se hizo mayor, pues aparece el bandidaje y la guerra. Este paulatino empeoramiento se ve interrumpido por la edad de los héroes, protagonizado por los participantes en el ciclo tebano y la guerra de Troya. Finalmente, Hesíodo describe la actual edad de hierro, en la que a él le ha tocado vivir. Ésta es la última fase de la decadencia, pues la enfermedad, la vejez, la muerte y la angustia ante un futuro incierto va pareja al sufrimiento de tener que trabajar para vivir.

Muerte


Cuando los hombres morían, su espíritu se convertía en una sombra que descendía al reino de los muertos. Una vez en ese lugar, el barquero Caronte les estaba esperando para cruzarlos de una orilla a otra del río Aqueronte. Aunque eran las propias almas las que remaban, el barquero les cobraba el viaje, por lo que se solía introducir una moneda en la boca a los muertos antes de enterrarlo. Ya en el Hades, nadie podía regresar y allí llevaban una existencia eterna descrita la mayor parte de las veces como miserable. Muchos de ellos sufrían en aquel lugar tormentos eternos por penas de impiedad u otras acciones en contra de los dioses inmortales.

TROYA: ¿mito o realidad?