Características Generales



La invención de los géneros literarios


El hombre moderno está más o menos habituado a distinguir una novela de una comedia o de un libro de poesía. En nuestra cultura esto no ha sido desde siempre así. Los distintos géneros literarios no coexistían. Han sido una creación de la literatura griega, y su aparición y florecimiento se produjo en un determinado orden y en una secuencia concreta. Primero fue la épica, luego vendría la lírica, más tarde el teatro, el diálogo filosófico, la historia y la novela. Cada uno de ellos fue convencionalmente respetando unas determinadas leyes, que aunque nunca escritas ni redactadas, se mantuvieron largo tiempo vivas en la colectividad cultural, y así, por ejemplo, el poeta que deseaba componer un poema épico o una tragedia debía atenerse a ciertas formalidades.

Diversas razones socioculturales y hasta antropológicas influyeron en su aparición: la oralidad/la escritura, el recurso al mito/la razón, el descubrimiento de la personalidad/el concepto de autoría, el ritual/la dramatización mimética, la preocupación "histórica"/la observación empírica, y hasta el binomio autor/destinatario social. De ahí que se pueda hablar de una especial singularidad cuando se afirma que la mayoría de los géneros literarios nacieron en Grecia, lo que permitirá además examinar las circunstancias socioculturales en que cada uno de ellos fue eclosionando. Se habla de que los conceptos de lo lírico, lo épico y de lo dramático son términos de la ciencia literaria para representar con ellos posibilidades fundamentales de la existencia humana en general; y hay una lírica, una épica y una dramática porque las esferas de lo emocional, de lo intuitivo y de lo lógico constituyen ya la esencia misma del hombre. Desde una óptica más lingüística, los tres grandes géneros se asociaron con las principales funciones del lenguaje. Al género épico, en tanto que se centra sobre la tercera persona, le cuadra más que a ningún otro una función referencial. A la función emotiva le corresponde lo lírico, mientras que el drama se vincula a la segunda persona y a la función incitativa.

Períodos



Época arcaica (de Homero al s. V)


La épica

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La literatura griega, lo que equivale a decir la literatura occidental, comienza con Homero, autor de la Ilíada y también de la mayor parte de la Odisea. Ambos poemas tienen que ver con la Guerra de Troya (ca. 1184), aunque en clave bien distinta. Según el relato mitológico-épico la guerra se desencadenó por el Juicio de Paris. A la celebración de la boda entre Tetis y Peleo no fue invitada la Discordia, quien, enojada, dejó caer una manzana con la leyenda "para la más hermosa". Tres diosas se consideraron merecedoras de dicho galardón, y ante la falta de acuerdo se decidió que fuera el bello pastor Paris quien hiciera de juez de tan fatídica contienda. En realidad las tres diosas, Hera, Atenea, y Afrodita simbolizan las tres fuerzas primarias de la naturaleza: el poder, la sabiduría y el éxito en el amor. Paris fue seducido por Afrodita, quien le otorgó como premio tener éxito en los asuntos del amor y así hizo que la bella Helena quedara prendado de él. Las otras diosas, enfadadas, iban a jurar odio a los troyanos y su apoyo a los griegos. Paris raptó a Helena, la esposa del rey de Esparta, Menelao, quien promovió la expedición de los griegos contra Troya.

La Ilíada comienza con la querella entre Agamenón, hermano de Menelao, y el héroe Aquiles. La obra no necesita prólogo, pues los precedentes ya parecían sabidos. En realidad estos poemas épicos han emergido de una tradición doble: unos antecedentes de origen indoeuropeo que se vuelven a encontrar en otras sagas épicas (los conceptos de venganza, de gloria, la retirada del combate de un héroe, etc.) y unas influencias orientales (la secuencia de los tres principales dioses, Urano, Crono, Zeus); ambas tendencias confluyen en Homero.

La Ilíada concentra, en un solo año, el asedio de los griegos contra Troya, y es un poema esencialmente heroico. La acción está enfocada en la cólera de Aquiles, quien ve preterido su sentimiento del honor y renuncia a participar en la guerra con sus compatriotas griegos. No le doblegan las embajadas de sus amigos ni los ruegos de los ancianos. Su sentimiento del honor ha quedado herido por el rey Agamenón y no está dispuesto a volver al combate. Sólo al final, cuando su amigo Patroclo encuentra la muerte ante Troya se decidirá a tomar venganza de su fiel amigo. Sólo entonces acude a la lucha y da muerte a Héctor, príncipe defensor de Troya. En realidad Homero, que vivió en el s. VII, es el heredero de una larga tradición de recitadores que han ido transmitiéndose oralmente una serie de relatos o cantos de motivo épico. Incluso la lengua refleja diversos estratos dialectales como consecuencia de este largo proceso de transmisión oral. Se trata de un tipo de poesía en versos hexamétricos. Homero ha articulado en un todo unitario y en un largo y extenso poema diversos relatos de antaño. Aquí reside probablemente su mayor valor, en haber sabido organizar en su narración retazos de antiguas tradiciones. Por tratarse de poemas recitados de memoria, el aedo se auxilia mnemotécnicamente con una serie de fórmulas y versos repetidos que reproducen epítetos o incluso escenas típicas sin duda complejas. En estas fórmulas abundan las expresiones del tipo: "Ulises rico en ardides"; "Aquiles de pies ligero"; "Agamenón, pastor de hombres"; "las cóncavas naves"; "el mar que brama sonoro", etc. Por su parte, los dioses van y vienen entre griegos y troyanos. Parecen sus hermanos mayores aunque, cuando lo desean, saben marcar perfectamente el abismo que separa la naturaleza divina de las limitaciones humanas. A veces se burlan cruelmente de los hombres.

La Odisea transcurre diez años más tarde, y a diferencia de la Ilíada, que es una obra trágica, la Odisea es un relato de aventuras con final feliz. Se enmarca dentro de una serie de narraciones que contaban cómo se había producido el regreso de los héroes de Troya. La crítica no cree que el autor de la obra fuera sólo Homero. Hasta el libro IV el protagonista es Telémaco, el hijo de Odiseo/Ulises, que emprende viaje a Pilo (al palacio del viejo Néstor) y a Esparta (a la corte del rey Menelao) en busca de noticias de su padre, que lleva diez años errabundo desde que acabó la guerra de Troya. Hasta el libro V no aparece la figura de Ulises.

Literariamente es una obra de estructura más compleja y elaborada. El poeta muestra una gran habilidad cuando hace a Ulises relatar al pueblo de los feacios (libros IX al XII) sus propias pasadas peripecias: con el Cíclope Polifemo, las aventuras con la maga Circe, que metamorfoseó en cerdos a los compañeros del héroe, etc. Estos encuentros mágicos inciden directamente en la concepción del nuevo héroe. Ulises no es Aquiles. Es un tipo de héroe distinto: es sagaz, engañador, y ante todo quiere sobrevivir. Las cualidades que para ello necesita son también distintas de las de Aquiles; necesita ingenio, astucia, disfraz, fraude y aguante. Ulises sabe guardar silencio y llorar solo, sabe disfrazarse (desde el libro XVII al XXI) a fin de no ser identificado prematuramente por los pretendientes de su esposa, Penélope. Si Aquiles es un héroe monolítico, de una sola palabra, Ulises es un 'héroe' de múltiples matices.

En la Odisea encuentran cabida los sirvientes y criados. Cuando Ulises regresa a Ítaca acude a visitar a su porquerizo, Eumeo, y en su cabaña y con sus perros transcurren tres cantos. También los mendigos son tratados con simpatía, e incluso la pobre sirvienta que ha de acudir al molino a moler el trigo. Las mujeres juegan en la Odisea un papel que no podían desempeñar en la Ilíada; no es de extrañar que incluso alguien haya sugerido que su autor fue una mujer. También aparece el mundo del comercio, de los piratas, los mercaderes fenicios, etc. De todo ello se deriva un especial interés por el mundo circundante, por los viajes, por lo novedoso y novelesco. Un especial rasgo literario de la Odisea es el empleo de la ironía. Abundan los personajes disfrazados o de incógnito que hablan con otros desconocidos. Atenea se aparece a Telémaco disfrazada como un viejo amigo de su padre. Esta ironía es un precedente de la que el teatro griego va a utilizar en la presentación de un personaje como Edipo.

En conclusión, ambos poemas son dos de las mejores obras literarias de la Antigüedad. Bajo la apariencia de relatos épicos meramente antiguos, hay en ellos una cierta sofisticación, ingenua pero al mismo tiempo refinada. Durante siglos actuaron como textos en los que se educó la cultura griega. Homero fue el gran educador de Grecia y de muchas otras generaciones posteriores.

Una nueva modalidad de poesía épica es la que representa Hesíodo, poeta nacido en la mísera Beocia, región vecina del Ática. Compone sus obras también en hexámetros como los de Homero, aunque su poesía se puede considerar más bien como una épica didáctica, que probablemente hundía sus raíces en una tradición continental. Al morir su padre, discute con su hermano Perses a propósito de la herencia: en Trabajos y Días proclama la justicia y el trabajo como soportes de la sociedad y reconviene a su hermano acerca de la necesidad de trabajar. Este interés por la justicia es la mayor novedad de la épica de Hesíodo, quien inicia así una poesía de preocupación social que continuarán Solón, Esquilo, etc. En otra de sus obras, Teogonía, Hesíodo se declara frente a Homero depositario de la verdad que le han inspirado las musas.

En Trabajos y días trata una serie de temas conexos en torno al motivo fundamental de la justicia y del trabajo. Hesíodo recurre al mito para recordar los pasados tiempos en que los hombres no tenían que trabajar. Las razas humanas se han sucedido en un proceso de deterioro y degradación casi continuo. La primitiva raza de la Edad de Oro conoció una generación de hombres justos a los que la tierra les brindaba automáticamente sus cosechas; no tenían que trabajar y estaban exentos de penalidades. Posteriormente los dioses crearon una raza inferior, de Plata, de hombres injustos, que no respetaban a los dioses y que vivían una infancia de cien años; luego apareció la raza de hombres de Bronce, amantes de la violencia, pues "broncíneas eran sus armas, broncíneas sus moradas, y broncíneas hasta sus entrañas". Hesíodo introduce ahora -innovando cierta tradición- la raza de los Héroes, guerreros justos que al morir acudían al campo de los bienaventurados; y al final llegaba la raza de la edad de Hierro, la peor de todas, la de los días del propio poeta, quienes habían de vivir agobiados por innúmeras penalidades. También narra Hesíodo el bello relato mítico de la creación de la primera mujer, Pandora, como castigo para los mortales. La obra termina con una serie de recomendaciones sobre el calendario agrícola y marinero; los mejores días para arar, sembrar, casarse, navegar, etc.

Su segunda obra, la Teogonía, es un largo catálogo sobre la generación de los dioses. Desde el Caos primigenio todo el poema se orienta a la afirmación de Zeus como introductor del nuevo orden moral del mundo. En esta sucesión genealógica la Tierra es el soporte material, el Caos el elemento donde ella yace y Eros es el principio creador y genésico. Luego se desdoblan en tres grandes subgrupos:

a) Noche (nacida del Caos)
b) Urano-Gea
c) Mar-Gea

En cuanto al origen de estos mitos hesiódicos hay que hacer notar la influencia de ciertos relatos babilonios, hurritas y hetitas.

Finalmente, dentro de la rica tradición de la antigua épica hay una serie de Himnos, que la tradición ha denominado convencional, aunque injustificadamente, Himnos homéricos, dedicados a algunos de los principales dioses del panteón olímpico griego: a Afrodita, a Apolo, a Démeter, a Dioniso, a Hermes.

La lírica


Formalmente tiene que ver no ya con la modalidad de recitación del aedo de la épica, sino con el canto, acompañado de un instrumento musical, ya solo ya en coro (lírica monódica, lírica coral). Ahora no interesan las largas tiradas de versos, basta con dos de ellos, un dístico, para decir lo que uno siente, ama u odia. La lírica es la concisión de la brevedad. Pero es el trasfondo más que la forma lo verdaderamente importante: el poeta (poietés, poíesis) es un creador, es el descubridor de la personalidad, el inventor del "yo", alguien que empieza a saber expresar los vericuetos del propio sentimiento. Aparecen conceptos hasta entonces desconocidos: la alternancia de los momentos de la vida, unida a la idea de que nada es permanente; la experiencia de la subjetividad del gusto; la conciencia de lo efímero "cuales las hojas de los árboles es la vida de los mortales"; el desdoblamiento del yo, una suerte de esquizofrenia que permite que una parte de nuestro yo dirija la palabra a la otra parte de nuestro mismo yo; un nuevo código de valores más humanos, más modernos, como el amor y los motivos eróticos; la ingratitud en la amistad; la invectiva y el escarnio; la consolación o la incitación al motivo del carpe diem; pero también del destino oprobioso, de la vejez y de la muerte. Desde Homero se sabe de himnos en honor de doncellas (partenios), cantos nupciales (epitalamios e himeneos). Más tarde surgen los ditirambos, en honor del dios Dioniso, así como cantos para celebrar o adular a los hombres (encomios y epinicios).

Aunque se ha perdido la música antigua, la lírica fue poesía cantada con acompañamiento de la lira. Debe destacarse también la gran variedad métrica de los poemas líricos (a excepción de la elegía y del yambo, que en sentido estricto no deberían entenderse como poesía lírica desde el punto de vista métrico). Dentro de la tradición denominada eólica, poetas como Safo o Alceo organizan su poesía en estancias o estrofas: sáfica, formada por tres versos de once sílabas más un cuarto verso llamado verso adonio; la estrofa alcaica, de dos versos de once sílabas, un eneasílabo más un decasílabo. Por otra parte, las grandes odas se componían en una estructura estrófica de dos miembros (estrofa más antístrofa) o en forma de tres miembros, a la que se había añadido un epodo o estribillo de carácter ástrofo.

Los estudiosos que trabajaban en la Biblioteca de Alejandría fijaron a partir del s. II a.C. un canon o antología de los mejores nueve poetas líricos: Alcmán, Safo, Alceo, Estesícoro, Íbico, Anacreonte, Simónides, Píndaro y Baquílides -al que algunos añadieron a la poetisa Corina. Una clasificación de estos poetas, atendiendo a criterios como el tipo de verso que utilizaron u otras razones dialectales o formales, los cataloga de la siguiente manera: poesía yámbica y elegíaca (porque usan el ritmo yámbico o una estrofa de dos versos dactílicos), poesía lírica monódica (cuya ejecución corre a cargo de un solo cantante) y poesía lírica coral (compuesta para ser cantada en coro). Entre el grupo de yambógrafos y autores de poesía epigramática sobresalieron algunos autores como Arquíloco, Semónides, Mimnermo, Solón, Hiponacte o Teognis. Los motivos que les interesaban fueron fundamentalmente: la fugacidad de la juventud, la vejez triste, el amigo ingrato, el destino inevitable, etc,.

Arquíloco escribió los versos:

"Corazón, corazón, de irremediables penas agitado, álzate [...]Y ni al vencer, demasiado te ufanes, ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa.
En las alegrías alégrate y en los pesares gime sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano".

De Mimnermo son los siguientes:

"¿Qué vida, qué placer hay al margen de la áurea Afrodita? Morirme quisiera cuando ya no me importen el furtivo amorío y sus dulces presentes y el lecho, las seductoras flores que da la juventud a hombres y mujeres [...]
¡Tan horrible implantó la divinidad la vejez!"

Singular fue Solón, el legislador. Un poeta socialmente comprometido que abolió la esclavitud por deudas, hizo un reparto de tierras y redactó una nueva constitución democrática. Y todo ello lo dejó dicho para la posteridad en versos. Por su parte, Jenófanes escribe sobre la excelencia intelectual y sobre los dioses:

"[...]Pues mejor que la fuerza de los caballos y los hombres es nuestro saber.
Pero todo eso se juzga con mucho desorden; injusto es preferir al saber verdadero la fuerza corpórea.
Pues, aunque en el pueblo se encuentre un buen luchador [...]
por eso no va la ciudad a tener un buen gobierno.
No todo al comienzo enseñaron los dioses a los hombres, mas, con el tiempo, buscando ellos logran hallar lo mejor."

Dentro del apartado de la lírica monódica destaca Safo, "la décima Musa". La poetisa del amor femenino regentaba en la isla de Lesbos una especie de "residencia de estudiantes", con alguna de las cuales mantuvo relación de amores. Pero su fama se debe a ser la principal representante de la feminidad poética. En su Himno a Afrodita invoca a la diosa para que acuda como aliada en su lucha amorosa por una joven. Al dirigirse a la diosa a veces la llama 'dolóplokos', un adjetivo no documentado en griego antes de Safo, y que se suele traducir por 'artera, dolosa, engañosa, urdidora de engaños, tejedora de ardides, trenzadora de engaños'; otras veces dice de ella que es 'sonriente, amante de la sonrisa'. Su trato con la diosa parece ser de una delicada familiaridad, un lúdico jugueteo de alusiones, confesiones veladas y una confabulación muy femenina. En otros fragmentos Safo describe el estremecimiento, el sudor frío que se apodera de ella al recordar con nostalgia a su amada. Pero quizá su más bello poema referido al amor es el siguiente:

"Otra vez Eros, el que afloja los miembros, me atolondra, dulce y amargo, irrestistible bicho".

Al poeta Alceo cierta tradición lo asoció personalmente con la poetisa Safo, aunque no está clara dicha relación. Se conserva un poema que alude a ello: "Pura Safo, de corona de violetas, de sonrisa de miel".

En otros fragmentos reaparece el tema in vino veritas o lo efímero de la juventud. Bajo el nombre de Anacreonte se han transmitido además de sus obras un conjunto de poesías denominado Anacreónticas, algunas de las cuales fueron compuestas varios siglos después de la muerte del poeta. Junto al tema del carpe diem, está el de los placeres del vino, la queja ante la vejez, el miedo ante la muerte y el amargo camino de bajada al Hades.

Bajo la rúbrica de lírica coral destacan el poeta Alcmán de Esparta, autor de un bellísimo Partenio o canto de un coro de muchachas. Estesícoro, poeta del que los nuevos hallazgos papiráceos están permitiendo reconstruir algunas de sus obras, tuvo que retractarse en su famosa Palinodia de Helena. Es también uno de los primeros autores que habla de la península ibérica en la antigüedad. Con Íbico de Regio nuevamente reaparece el tema del paso del tiempo y la fuerza del amor, y con Simónides se recuerda que la virtud también conoce sus límites. Pero de este grupo de líricos corales sobresalen Baquílides y sobre todo Píndaro de Tebas (522-448). Autor de múltiples composiciones (epinicios) en honor de los vencedores de los Juegos, la tradición ha conservado cuatro colecciones: Olímpicas, Píticas, Ístmicas y Nemeas (sedes de los grandes lugares de culto y de juegos). La de Píndaro es una poesía aristocrática y de encargo, escrita para ensalzar la victoria del ganador, su familia y su patria, todo ello mezclado con alusiones al mito y las sentencias gnómicas que ennoblecen aún más las hazañas del vencedor. La inspiración poética procede de las Musas, y la fama del vencedor es redoblada por el canto del poeta. Formalmente son composiciones ampulosas, en unidades triádicas de estrofa, antístrofa y epodo, a veces repetidos, compuestas en metros líricos complejos: eólicos, dáctilo-epítritos, etc. El vigor de sus metáforas, el brillo y la luminosidad de sus adjetivos dotan a la poesía de Píndaro de una rara elegancia, no exenta de dificultad, que alcanza las cimas de la lírica antigua.

Los presocráticos


Reunidos convencionalmente bajo esta denominación los pensadores que vivieron antes de Sócrates (469-399), lo que a todos ellos verdaderamente les une es su común interés por alumbrar un método racional para intentar explicar y comprender el mundo. Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito, Pitágoras, Anaxágoras, Parménides, Zenón y Demócrito son en orden cronológico sus principales representantes. En su mayor parte eran oriundos de la región de Jonia y fueron los auténticos 'maestros de verdad' en el ámbito de la especulación cosmológica, científica y filosófica. Ni las ciencias ni los saberes estaban aún fragmentados, de ahí que bajo todos ellos fluye el interés por dotar al incipiente quehacer científico del instrumento conceptual y lingüístico mínimo que les permitiera expresar sus nuevas ideas. Así se acuñan o adquieren nuevas significaciones términos como los de sophía, gnóme, historía, máthema, epistéme y otros tantos. Una tarea fundamental de los presocráticos fue, pues, establecer los nexos lingüísticos entre pensamiento y expresión. Se atribuyen a Tales algunos hechos espectaculares. Supo predecir un eclipse de sol e intentó dar una explicación racional (aunque incorrecta) y no mítica de las crecidas del Nilo. No menos importantes fueron sus elucubraciones matemáticas, como su propuesta de demostrar que el diámetro divide al círculo en dos mitades iguales; que los ángulos de un triángulo equilátero son iguales, etc. En el ámbito de sus preocupaciones cosmogónicas destacó su tesis de que todos los seres se generan en el agua o en un ambiente húmedo. Es probable que algunas de estas ideas sean herencia de otras culturas orientales, pero lo singular de Tales fue su esfuerzo por encontrar una explicación o demostración racional a las mismas.

También se interesaron por la cartografía y confección de mapas en los que reflejar mares y tierras, como fue el caso de Anaximandro, quien sostendría que el principio del que todo lo material surge es un elemento indeterminado, el ápeiron, del que por un juego de equilibrios y tensiones de contrarios se han generado lo frío y lo caliente, lo pesado y lo ligero, el aire y la tierra, etc. Ingenuidad y espíritu crítico son precisamente los dos polos sobre los que giran, en definitiva, las reflexiones de estos presocráticos. Hay que citar, finalmente, algunas frases emblemáticas, que tanta tinta han hecho fluir posteriormente, y en las que bajo una forma enigmática se atisban destellos de estas grandes inteligencias. A Hecateo se atribuye un fragmento que dice: "El aprender muchas cosas sueltas no proporciona sabiduría"; o "la guerra es el padre y rey de todas las cosas"; "este mundo, el mismo para todos, ninguno de los dioses ni de los hombres lo ha hecho, sino que siempre existió, existe y existirá como fuego siemprevivo, que conforme a medida se enciende y se apaga conforme a medida"; o aquella otra frase que le hizo granjearse el epíteto de 'Heráclito el oscuro': "el señor cuyo oráculo está en Delfos no dice ni oculta nada, sólo indica por medio de signos".

Muy singular personaje fue Pitágoras, cuya vida y obra se vieron envueltas en leyendas y anécdotas innúmeras. De hecho parece que ni siquiera escribió nada, aunque los seguidores de su secta le atribuyeron infinitas teorías. Destacan sus creencias en la inmortalidad y la transmigración de las almas; el alma está prisionera en el cuerpo y su tendencia es liberarse de estas ataduras para unirse al alma de la divinidad, aunque antes debe purificarse mediante la observancia de los preceptos de Pitágoras. Algunos de ellos son cuando menos herméticos y oraculares: "Hay que abstenerse de comer habas"; "no hay que orinar orientados hacia el sol"; "no hay que atizar el fuego con el hierro". Pero hay otro método más directo para lograr la purificación, que es aprender las enseñanzas (mathémata) secretas que sustentan la estructura del mundo. Finalmente, también destacó por sus preocupaciones musicales, vinculadas al estudio de los números y su simbolismo, hasta el extremo de concretar que el número diez es el número sagrado, por el que los pitagóricos juraban. El famoso teorema matemático 'de Pitágoras' se encontraba en cambio ya en textos babilónicos de casi mil años más antiguos.

Finalmente Parménides se ocupó durante algún tiempo en comprender las diferencias lingüísticas que hay entre el uso predicativo del verbo 'ser' y su uso existencial 'existir, haber'. No encontrando salida a su atolladero, se vio impelido a negar la multiplicidad y el cambio, y por consiguiente el movimiento. Sólo existe una única realidad que podamos captar racionalmente. El germen de esta discusión ha tenido un desarrollo largo y fructífero en el pensamiento occidental. El mismo Platón y Aristóteles, por atenernos sólo a los antiguos, se ocuparon en desarrollar estas ideas seminales.

Época clásica (ss. V-IV)


El teatro

Ver artículo principal: Esquilo
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Ver artículo principal: Eurípides
El drama es un género que se circunscribió históricamente casi por completo a la Atenas democrática del s. V. Puede decirse que su esplendor coincidió con los momentos en que la vida de la ciudad alcanzó su mayor desarrollo. En cualquier caso se puede afirmar que estamos un nuevo género. Se trata ahora de drama-tizar, de representar mediante recursos miméticos el planteamiento de una situación problemática que afecta a algún personaje noble de la antigua saga épica. La tragedia griega refleja a menudo el sufrimiento del protagonista, un sufrimiento violento, que se representa en la escena como un dolor personal, existencialmente intransferible, aunque sí sea dramáticamente trasladable a los espectadores. La comunicación que se establece durante la representación de una tragedia hará que el auditorio se sobrecoja ante lo que ve en escena. Por otra parte, la tragedia antigua está muy enraizada en el mito, y no sólo como recurso para sus temas o motivos, sino por la riqueza simbólica que los antiguos conjuntos míticos poseen. La comedia va a desarrollarse en otras claves, por supuesto, más atenta a la cotidianidad de la vida de la ciudad, a sus alegrías y miserias concretas. Aunque el teatro va a depender incluso en lo formal de los dos géneros anteriormente vistos (de los mitos y personajes del ciclo épico troyano o tebano para sus argumentos, y de la herencia de los coros de la lírica para los polirrítmicos cantos de la tragedia) las nuevas creaciones dramáticas van a necesitar de unas técnicas de representación más complejas: unos actores, un coro, el escenario de un teatro, etc.

Se postulan diversas teorías respecto al origen del teatro. Algunos estudiosos han querido encontrar los precedentes del antiguo drama en las lamentaciones funerarias, trenódicas, que tenían lugar cuando moría un héroe, celebradas en torno a su tumba. En el transcurso de dichas celebraciones se representaban miméticamente algunas de las principales gestas de dicho héroe, o alguna de sus hazañas más famosas. En cambio, según otros, los orígenes del drama hay que buscarlos en un cierto tipo de cantos jocosos de campesinos, que se hicieron seguir también de un elemento mimético y de emulación. Hay incluso quienes acuden al testimonio del propio Aristóteles para propugnar la idea de que la tragedia derivaría de antiguos cantos en honor del dios Dioniso conocidos bajo el nombre de ditirambos. Lo cierto es que la crítica no es unánime a la hora de afirmar un origen común para la tragedia y para la comedia antiguas.

a) la tragedia. En cuanto al contenido ya hemos adelantado que tiene que ver normalmente con el planteamiento de una situación problemática vivida por alguno de los héroes del mito, unido a la nobleza del argumento y a una cierta solemnidad de la acción, que suelen estar vinculados bien al ciclo de lo sucedido en Troya (el final trágico que aguardará al rey de Micenas, Agamenón; el fatídico destino de la anciana reina Hécuba) o lo que acaeció en Tebas (la infausta figura del infeliz Edipo, el trágico final de Antígona, el funesto desenlace de los Siete contra Tebas, etc.). Otro núcleo temático suele ser el del castigo de la desmesura o la insolencia (hybris) del hombre que pretende igualar o superar a los dioses, y el valor ejemplarizante de dicha medida. Desde antiguo subyace, pues, en el teatro una función educadora y liberadora (catártica) sobre el espectador. Rara vez, en cambio, tiene el argumento que ver con la religión, si se exceptúa el singular caso de la obra de Eurípides Las bacantes.

Desde el punto de vista de la forma, una tragedia griega consta de una parte recitada, es decir, los diálogos que mantienen los actores en un tipo de verso que se llama trímetro yámbico (È–È– es un yambo) y de una parte cantada normalmente por el coro, de más alto nivel poético y en un lenguaje más elevado. Estas partes corales se conocen también con el nombre de pasajes líricos, y se estructuran basándose en una correspondencia de estrofa y antístrofa. A diferencia de lo que sucede en el recitado, en los coros el poeta utiliza una notable diversidad de ritmos, artísticamente dispuestos, aunque los aspectos métricos del refinamiento de los pasajes líricos resultan imposibles de percibir en una traducción.

Habitualmente una tragedia se abre con un prólogo, donde se anuncian los precedentes del argumento de la pieza que se va a leer o ver. A continuación suele aparecer la párodo, que es el momento en que entra el coro, bailando y cantando, hasta ocupar su provisional espacio en la orquestra. Los coros estaban formados por doce o quince miembros. Acto seguido vuelven a intervenir los actores (dialogando, utilizando la forma de recitado) para hacer avanzar progresivamente la acción del drama. Son los llamados episodios. Se ha de recordar que en época clásica el número máximo de actores que podían intervenir en la escena era de tres, y siempre varones y ciudadanos atenienses, denominados 'protagonista', 'deuteragonista' y 'tritagonista'. Naturalmente podían representar caracteres femeninos y algunos de ellos se veían obligados a desempeñar el papel de más de un personaje. A su vez entre los diversos episodios se iban intercalando nuevas intervenciones del coro, cantando y bailando in situ, sobre sus propios pasos. Estas actuaciones corales reciben el nombre de estásimos y presentan nuevamente las secuencias de estrofa más antístrofa, a las que ocasionalmente se les suma un estribillo o epodo. Así se plantea, se desarrolla y se resuelve la acción dramática, hasta que ya finalmente el coro empieza a abandonar la orquestra, salida solemne que ejecuta también cantando y bailando. Es la parte denominada éxodo. Esta estructura aquí elementalmente expuesta puede complicarse con otras subunidades más específicas, esticomitías, antilabaí, amebeos, etc.

En cuanto a otros aspectos materiales y más concretos de los concursos trágicos hay que señalar que los certámenes tenían lugar durante la celebración de las fiestas religiosas llamadas Grandes Dionisias Urbanas, en el mes 'elafebolión', nuestro marzo, cuando el rigor del invierno había pasado y la calma volvía a los mares. La sesión de teatro era larga, una jornada completa, pues incluía la representación de tres tragedias seguidas de un drama satírico, pieza ésta de contenido mucho más liviano y alegre. El decorado era sin duda austero, la utilización de efectos especiales muy escasa, reducida a una elemental tramoya o grúa y artefactos (mechane y ekkuklema). De hecho no puede hablarse de teatros estables ni de construcciones de piedra hasta bien pasada la época clásica. Grandes autores como Esquilo, Sófocles, y aun el propio Eurípides debieron de ver representadas sus inmortales obras sobre tinglados y escenarios móviles. Sólo a partir de la época helenística se empezaron a construir los impresionantes teatros que se pueden hoy día contemplar (en la Acrópolis, en Epidauro, etc.). La asistencia a los festivales de teatro estaba reservada a los hombres, al menos hasta época helenística. El aforo oscilaba, y las fuentes antiguas hablan de un máximo de hasta 12.000 a 15.000 espectadores. En Atenas, el estado sufragaba mediante el llamado teórico, 'fondo de espectáculos' la entrada a los ciudadanos. Según la tradición fue Pericles quien fijó dicha cantidad en dos óbolos, aunque a raíz del empobrecimiento de las arcas ciudadanas tras la derrota de la Guerra del Peloponeso (año 403), hubo que suprimirlo temporalmente, para luego rebajarlo a un óbolo. En cambio los gastos de la representación, la preparación de los ensayos, etc., corría a cargo de los ciudadanos acaudalados que contribuían mediante un impuesto denominado 'liturgia', bajo la supervisión del arconte epónimo (que daba nombre al año). Los festivales se celebraban en forma de competición o concurso desde los antiguos tiempos del tirano Pisístrato. Se seleccionaban tres autores entre todos los candidatos, y el arconte les asignaba un coro, a expensas de los coregos o ciudadanos ricos. Cinco jueces, elegidos por sorteo, debían decidir sobre la obra que mereciera el primer premio, y su autor era galardonado con una corona de yedra y el reconocimiento de la ciudad.

Esquilo, creador de la tragedia (525-456 a.C.)


Dejando atrás venerables nombres como el de Tespis, Esquilo pasa por ser el auténtico fundador de la tragedia; fue él quien amplió el número de actores (es decir, del diálogo y de la acción dramática) en detrimento relativo del canto del coro. La tradición le atribuye hasta noventa obras, de las que se han conservado siete, entre ellas la trilogía Orestea (Agamenón, Coéforos, Euménides). Según los testimonios antiguos obtuvo con sus obras en veintiocho ocasiones el premio de los festivales dramáticos. Algunos de los conceptos esenciales de que está imbuido su teatro son el convencimiento de que la Justicia divina (de Zeus) preside el orden del mundo; que el orgullo y la demasía (hybris) del hombre le conducen a la obcecación y la ceguera (ate), y que ello arrastra su inexorable castigo, sobre sí o sobre sus herederos (culpa hereditaria). La solemnidad y grandeza de estas nociones y de los personajes que las impostan van acompañadas de la grandiosidad e impresionantes imágenes verbales de su lengua.

En los Siete contra Tebas se dice que la acción transcurre en Tebas, y que el coro está integrado por mujeres jóvenes de la ciudad. La ciudad -defendida por Eteocles- aparece sitiada por las tropas de su hermano Polinices y sus aliados venidos de Argos. Eteocles es el rey que rige los destinos de la "nave del Estado", metáfora muy arraigada posteriormente. Sus otras obras son: las Suplicantes, cuya acción transcurre en Argos. Si el rey da acogida a las jóvenes suplicantes ello implicará la guerra automática con las tropas de Egipto, pero rechazarlas supone atentar contra la hospitalidad de quien pide asilo. Prometeo encadenado, el titán benefactor de la humanidad, ha de purgar encadenado el castigo por el robo del fuego y su donación a los hombres. De argumento histórico es su obra más austera, los Persas, aunque no haya que descartar que la puesta en escena de esta pieza tuviera sus intenciones políticas, concretamente de los intereses de Pericles..

La soledad del héroe de Sófocles


Sófocles (c.496-406/5 a.C.) fue el más clásico de los dramaturgos atenienses. La tradición le hace autor de ciento treinta obras -de las que se conservan siete tragedias-. Obtuvo el premio en los certámenes veinticuatro veces y nunca quedó en último lugar. Incorporó el tercer actor -lo que le iba a permitir desarrollar y enriquecer la función que correspondía a la trama de los personajes-, incrementó de doce a quince los miembros del coro (coreutas), y abandonó finalmente la práctica esquílea de componer trilogías sobre un mismo núcleo temático. Fue desde luego un auténtico maestro en el empleo de la ironía trágica, por la que el hombre que parece haber alcanzado el culmen de su fama se precipita de inmediato en las más míseras desgracias físicas o morales. El poeta recomienda, por ello, que nadie debe considerarse feliz hasta haber conocido el último de nuestros días. La nobleza de sus protagonistas, de tallas más humanas que las descomunales figuras de Esquilo, atraen la simpatía del espectador, aunque a veces parezca desproporcionada la fatal atracción con que se ven compelidas a ejecutar el destino. También merece la pena destacar como singular en su teatro la soledad con que algunos de sus héroes han de enfrentarse al dolor, a un dolor frecuentemente más moral que físico, y que es para el protagonista inevitable. En su Antígona, la heroína encarna el ideal de la sororidad, es la hermana decidida a cumplir con el deber moral de la ley natural, que le lleva a desoír las órdenes del tirano (Creonte) y dar sepultura a su hermano Polinices-. Edipo Rey sobresale como la obra más granada de todo el teatro clásico antiguo. Plantea el éxito inicial del ser humano que lo logra todo gracias a su mérito personal, pero que no tiene escape ante el destino. Edipo no será culpable sino víctima de una fortuna infausta que le derribará en la más cruel desgracia. El argumento de su Ayante es el del juicio de las armas de Aquiles. Ayante fue derrotado ante la verbosidad de Ulises. Atenea se burla -homéricamente- de él. En Las Traquinias Deyanira aguarda en Traquis el regreso de Heracles. Éste viene acompañado de Yole. Deyanira recuerda el filtro amoroso del centauro Neso, a quien Heracles había matado con una flecha emponzoñada con la sangre de la hidra de Lerna. El hombre/héroe no es víctima pasiva de su destino, sino que intenta huir de él y sin embargo lo que hace es acercarse. Filoctetes es tal vez una obra menos lograda, aunque no carezca de la grandiosidad de la soledad.

Eurípides, el filósofo de la escena (c. 485-406 a.C.)


Eurípides fue el trágico más influido por el movimiento racionalista de la sofística -es anécdota que Protágoras leyó en casa del poeta su famosa declaración de agnosticismo sobre los dioses-; divulgaron estos librepensadores la creencia en el carácter convencional de la ley (nómos), norma relativa, sujeta a revisión, de acuerdo con las costumbres y conveniencias sociales. Sin embargo, mientras los sofistas extraen de estos postulados un optimismo racionalista, Eurípides no comparte esa visión del mundo, pues en el hombre esta falta de criterios genera desasosiego y angustia. Se ha dicho de él que es el "filósofo de la escena". En torno al 408, algo hastiado de su Atenas natal y denostado por algunos de los autores de comedias, acudió a la corte de Arquelao de Macedonia, donde representó algunas de sus últimas obras. Del total de noventa y dos que le atribuye la tradición, se han conservado diecinueve. A su teatro -excesivamente moderno para su tiempo- le interesan singularmente los conflictos psicológicos en que se debaten sus personajes. Con Eurípides aparecen en el teatro las pasiones humanas, los elementos irracionales de la persona, aunque el autor sabe encontrar en estas facetas de la psicología determinados elementos positivos que pueden conducir al protagonista de sus obras a los más nobles actos de abnegación, altruismo, generoso sacrificio, etc. Características de su teatro son también el antibelicismo (Hécuba, Suplicantes, Troyanas), los conflictos amorosos (Hipólito), el tema de la mujer (Alcestis, Medea, Ifigenia), el teatro religioso (Bacantes), la intriga y la truculencia (Helena, Ión), etc.

En Medea la protagonista, repudiada por Jasón, maquina, duda, calcula -según la conveniencia que le dicta su razón o el impulso de sus sentimientos- asesinar o no a sus propios hijos. Bellísimo es Hipólito, a pesar de que el joven cazador se equivoque al no querer pagar su tributo a la diosa Afrodita. De motivo antibelicista es Heraclidas. Hécuba versa sobre el dolor de la reina madre de Troya, abatida por las desgracias de la guerra y que ha vivido la muerte de sus hijos. Hay también en la obra una especial sensibilidad del poeta por el tema de la libertad, de la esclavitud, de la violencia como secuela de la guerra. En Andrómaca nuevamente aparecen los horrores de la guerra de Troya. Las Suplicantes pertenecen al ciclo tebano. Las madres de los héroes argivos acuden al rey Teseo de Atenas para que interceda por ellas ante Argos y para que les devuelvan los cadáveres de sus hijos, muertos en Tebas. Entre Teseo y el heraldo tebano se suscita un vivo diálogo en el que hallamos un cálido elogio del sistema democrático ateniense. Heracles loco narra la locura del héroe al regresar victorioso de sus Doce Trabajos. Troyanas (fechada en el 415) reproduce también los horrores de la guerra. Algunos de sus versos parecían presagiar el propio final de Atenas el 403. Electra representa el castigo que Orestes y Electra hacen pagar a Clitemestra; esta versión euripidea es más humana que la homónima de Sófocles. En Helena aparece la intriga, lo exótico y lo novelesco; el tratamiento dado al mito es muy libre, pues Helena nunca estuvo en Troya, sino en Egipto, donde la encontrará Menelao a su regreso. Ifigenia entre los Tauros es una obra llena de peripecia; 'drama barroco' y 'tragedia romántica' se la ha denominado. Hecha venir al puerto de Aulide, la joven Ifigenia es salvada en el último momento e ingresa como sacerdotisa cuidadora del Paladio. También en Ión abundan la intriga y los cambios de escenarios. Se ha dicho que es una obra romántica o tragicómica. Las Fenicias, representada ca. 412, tienen el mismo argumento que los Siete contra Tebas de Esquilo. Es decir, la lucha fratricida. Orestes fue la última obra representada por Eurípides en Atenas, antes de irse al destierro macedonio. Pertenece a la saga troyana-micénica. Ifigenia en Aulide fue puesta en escena por el hijo homónimo del autor. Muestra la grandeza de la joven Ifigenia. De Bacantes ya se ha afirmado más arriba que posee una singularidad temática: el triunfo de Baco y el castigo del impío rey de Tebas, Penteo. Fue representada en Macedonia y refleja una vuelta de Eurípides a la experiencia religiosa. Finalmente, el Cíclope es un drama satírico. Narra las aventuras de Ulises burlándose de Polifemo. El coro del drama satírico está constituido por sátiros o silenos con rasgos zoomórficos. Aún queda el Reso, obra de autenticidad dudosa.

b) la comedia, la otra modalidad dramática. Al igual que la tragedia, también fue una manifestación artística vinculada a la vida de Atenas, de la polis, en especial con ocasión de las fiestas llamadas Leneas. Cada año se presentaban cinco comedias a concurso, excepto en ocasiones especiales. El autor de tragedias no solía escribir comedias, ni viceversa. En cuanto a sus orígenes, dice Aristóteles en su Poética que hay dos antecedentes: a) a partir de unos grupos de cantantes que entonaban obscenidades de connotaciones fálicas, cuyos cabecillas intercambiaban denuestos con los espectadores; de ahí la pretendida etimología de kôme "aldea" como base de "canto de aldeanos", y b) influencias del drama de origen siciliano. Por otra parte hay autores modernos que postulan un común origen tanto para tragedia como para la comedia, y que ambas modalidades sólo se especializarían en una fase ulterior.

Su estructura es similar, aunque con alguna innovación, a la de la tragedia: incorpora un agón o debate en el que dos adversarios defienden puntos de vista contrarios. El argumento perdedor es el que suele iniciar el debate. Otra novedad de la comedia es la parábasis; en ella los personajes abandonan el escenario y el corifeo o jefe de coro interpela al público sobre cuestiones de rabiosa actualidad; se introduce entonces un motivo ajeno al desarrollo de la obra que se está representando; la parábasis se cierra con un pnigos o sistema de dímetros recitados a gran velocidad. Las máscaras grotescas del coro son más importantes que en la tragedia, aunque no la función del coro.

El argumento suele ser por definición antiheroico, la consecución de un objetivo en el que se combinan por igual fantasía y realidad, ironía y socarronería. Se practica la crítica de las instituciones, de los tribunales de justicia, del sistema educativo, del belicismo; se traen a escena la lucha de sexos, las utopías sociales; se hace uso de una mayor libertad de expresión, sin restricciones ni tabúes. El poeta hace gala de una riqueza de lengua sorprendente; a veces recurre a las más poéticas metáforas, mientras que otras no tiene el menor empacho en descender al lenguaje más fuertemente escatológico de su malhablada musa. Es la famosa parresía que a tantos censores iba a escandalizar en siglos venideros.

Aristófanes, representante de la Comedia Antigua


Se han conservado once de sus obras, pero se conocen además una treintena de títulos y algunos fragmentos. De entre los rasgos más destacables de Aristófanes como comediógrafo (c.445-c.385) destacan el colorido de su fantasía y su irrefrenable imaginación, a cuyo servicio pone el humor, la ironía y la parodia cómica. Distorsionando la realidad, se burla de ella con un propósito casi siempre didáctico, pues en realidad el poeta busca que su auditorio lo pase bien y que también se instruya (delectare et prodesse). Su antibelicismo parece connatural al género literario que cultiva, y cuando llega a hastiarse de los defectos de la incorregible sociedad de su época (lo que en ocasiones le valió ser etiquetado de tibio simpatizante de la democracia) se evade al mundo de la utopía, buscando solaz en las artísticas creaciones de su fantasía. No pudiendo adherirse de lleno a las ideas que representa la forma en que la democracia/demagogia de la época se ejecuta, manifiesta su estima por algunos de los valores tradicionales bajo la forma de evasión cómica. Se ha dicho -con razón- que la comedia es una mezcla de realismo, fantasía y crítica política: tres buenos ingredientes para llevar a la escena la lucha de sexos (Lisístrata, Asambleístas y Tesmoforias), los conflictos entre la antigua y la nueva educación, (Nubes), la crítica al sistema político y judicial y a los filósofos (Caballeros, Avispas), el antimilitarismo de los pacifistas (Acarnienses, Paz), y hasta la crítica literaria (Ranas). Aves, por ejemplo, es una bella comedia de evasión, en la que dos atenienses fundan, ellos mismos transformados en aves, una ciudad en el éter, en la que los pájaros se reputan los más antiguos señores del universo, obligando a que el propio Zeus tenga que negociar y pactar con ellos. A su vez Pluto/Dinero trata el asunto del reparto de la fortuna.

La Comedia Nueva de Menandro


Emparentado con Teofrasto, el discípulo de Aristóteles, Menandro (342-292 a.C.) fue un autor muy prolífico. Su obra, en cambio, se ha perdido en buena medida. El hecho de no haber utilizado el dialecto ático puro es una de las principales razones que se aducen a la hora de explicar el porqué se dejaron de copiar sus obras ya en época antigua. Sólo las favorables condiciones climatológicas de los arenales de Egipto han devuelto algunos fragmentos papiráceos que contienen partes de el Escudo, el Arbitraje, la Trasquilada, la Samia, etc. Con todo, el hallazgo más notable lo supuso el llamado Papiro Bodmer que ha restituido una de sus obras virtualmente completa, el Misántropo -también conocida bajo el título de el Díscolo. Con ella obtuvo el primer premio en los certámenes del año 316. Trata de la parodia de un viejo gruñón y cascarrabias, Cnemón, que acabará no obstante con el final feliz en que se produce la integración social de este viejo misántropo. Característica de la Comedia Nueva es que la acción se desarrolla en cinco actos con una escasísima intervención del coro. De otro lado, la trama y argumentos de las obras giran en torno a la vida privada y las múltiples peripecias y enredos familiares de su época, y los personajes prototípicos son en gran medida convencionales: el soldado fanfarrón, el viejo arisco, el esclavo astuto, etc., tan gratos luego para la Comedia latina de Plauto y Terencio.

La historia


Los primeros escritores que utilizaron la prosa para recoger sus antiguas tradiciones locales, leyendas de la memoria de sus ancestros o informaciones generales sobre sus vecinos, sus costumbres y sus territorios, recibieron en Grecia el nombre de logógrafos, 'escritores de relatos'. Aún no era posible distinguir entre genealogías reales y relatos míticos, tradición y fabulación. En un principio la historia nace en el caldo de cultivo que se va preparando en la región de Jonia, en Asia Menor, como inquietud mental en la que en paralelo va a ir apareciendo la primitiva prosa científica y el pensamiento filosófico. En realidad es un momento de viva curiosidad por la 'investigación', que es el sentido primitivo del término historia. Los primeros logógrafos empiezan a mirar hacia el pasado con los mismos ojos de admiración que sus contemporáneos 'científicos' contemplan absortos los fenómenos naturales. Lo singular, en el siglo VI a.C., es que les mueve la pretensión de racionalizar el mundo en que viven o en el que ha vivido la comunidad.

Uno de los primeros nombres del que la tradición ha dejado constancia fue Hecateo, que vivió en la ciudad de Mileto, gran viajero por el Imperio persa y las siempre atractivas tierras de Egipto, autor de una ingenua Periegesis, guía o descripción de la tierra; es decir, un mapa comentado. Compuso también una Genealogía, en la que retrotraía sus informaciones hasta el feliz tiempo de los mitos. Por ser el auténtico pionero -y porque tendrá una trascendencia enorme- citaremos su comienzo: "Escribo estas cosas según me parecen, porque los relatos de los griegos son muy diversos y -en mi opinión- muchos de ellos ridículos". Pero propiamente hablando, el verdadero 'padre de la historia' fue Heródoto de Halicarnaso (490-425 a.C.), autor de nueve libros de Historias sobre el conflicto entre griegos y medo-persas en los ss. VI-V. En la antigüedad a cada uno de dichos libros se les dio como título el nombre de una Musa. Lo que movió al autor a componer su obra fue querer "evitar que cayeran en el olvido las grandes gestas de griegos y bárbaros, y cómo llegaron al conflicto armado". Como Heródoto vivió aproximadamente una generación después de la mayor parte de los hechos que narra, hubo de servirse como fuentes de información del testimonio de lo que otros le contaron: sacerdotes que tenían acceso a los archivos oficiales, políticos, etc. En todo caso, Heródoto no transmite sistemáticamente sus fuentes de información, lo que le ha hecho sospechoso de una cierta "frivolidad" ante sus críticos. Entre dicho cúmulo de material, pues, se le infiltran anécdotas, creencias religiosas, relatos etnográficos, noticias arqueológicas y rumores, sin acertar a discernirlos críticamente. Los dioses deambulan por su obra interviniendo en los asuntos humanos como últimos garantes de una providencia moral. Pero no se sería justo con él si no se dijera que tampoco está ausente la preocupación por distinguir las causas que provocan los procesos históricos, aunque una cierta ingenuidad hace que el escritor navegue a la deriva y casi zozobre en el océano de la excesiva credulidad. El conjunto del relato sigue el hilo de los acontecimientos históricos de la invasión de Grecia por los persas (Ciro, Cambises, Darío, Jerjes) y su posterior expulsión por los griegos tras las conocidas batallas de Maratón (490) y Salamina (480). Hay, no obstante, notables digresiones. Por ejemplo el libro II es realmente un excursus sobre Egipto, plagado de anécdotas, curiosidades y leyendas.

Las Historias de Heródoto fueron compuestas para ser oídas en sesiones de lectura, no para ser leídas individualmente; esto ha debido influir sin duda en ciertas concesiones que el autor está dispuesto a hacer al auditorio y que le valió por cierto la crítica de algún posterior colega. La historiografía moderna se ha interesado vivamente por el proceso que va de la oralidad a la escritura. Otros núcleos de interés que recientemente atraen la atención de los estudios sobre el autor son sus ideas sobre la ficción/verosimilitud en la historia; las relaciones entre historia y retórica, y en el fondo la auténtica cuestión de la verdad/falsedad del historiador.

Sin embargo, la historia que podemos llamar "moderna" nace de la mano de Tucídides (458-399 a.C.), autor de la Historia de la Guerra del Peloponeso. En este caso, el autor y los acontecimientos objetos de su narración son estrictamente contemporáneos. En Tucídides se cumplen plenamente como en pocos historiadores los conceptos de haber sido testigo ocular y partícipe de algunos de los hechos históricos. Intervino en el propio conflicto, hubo de sufrir destierro de Atenas por una cierta negligencia militar en el mismo, y tras veinte años de exilio (que le permitieron entrar en contacto con fuentes de información del otro bando, lo que dará ocasión para hablar de la imparcialidad) regresó a Atenas una vez concluida la guerra. El conflicto estalló entre Atenas y sus aliados y los espartanos y los suyos. Duró los veintisiete años que van del 431 al 404, con algunas breves treguas, y terminó con la derrota militar y política de Atenas. Un asunto interesante para la crítica literaria e histórica fue la llamada "cuestión tucididea" que se refiere a cuándo comenzó el autor a redactar su obra, si es íntegramente suya, cómo la estructuró, qué posibles reelaboraciones o retoques le pudo dar, y si la consideró definitivamente concluida tal como a ha llegado a nuestros días. Es un asunto sin duda complejo, pero por las incoherencias internas que se advierten en algunos pasajes, ciertos anacronismos, expansiones textuales, etc., es de sumo interés para conocer mejor la evolución espiritual y literaria de Tucídides.

Lo más importante en Tucídides, sin embargo, no es el relato de la Guerra del Peloponeso sino su papel como historiador. Lo que le interesó fue la creación de un método historiográfico, que se asentara sobre bases críticas rigurosas, como búsqueda de la verdad, que distinguiera a través del concepto de verosimilitud lo que son causas reales de puros pretextos. Aquí, en suma, va a residir la contribución de Tucídides: importa más su método que su narración. Pretendía que su historia fuera una "adquisición para siempre, más que una obra de concurso para un auditorio circunstancial". Por su concepción investigadora, por su rigor terminológico se halla muy próximo intelectualmente a los médicos, filósofos y científicos de la Atenas del siglo V. En este contexto no tienen cabida los fenómenos paranormales, ni validez, los oráculos, ni espacio, los mitos ni los dioses. Es una historia racionalista, explicable y comprensible en términos estrictamente humanos. Si acaso algo se escapa, será una parcela del "destino".

La otra dimensión de su obra son sus enseñanzas políticas. El relato de los acontecimientos discurre mansamente durante los ocho libros, pero a ratos se ve interrumpido por la presencia de ciertos "discursos". En ellos el autor dice reproducir las conversaciones entre embajadores, generales o políticos de uno y otro bando. Están escritos en una florida lengua poética, muy conceptual, sin concesiones al lector, y en ellos se recogen las ideas políticas de su autor. Sus postulados claves versan sobre la naturaleza del poder y el miedo al poderoso. En la Atenas de Pericles y de Tucídides, está muy difundida, al menos entre la clase política, la idea de que el poder se asienta en tres elementos esenciales: el poderío naval de la ciudad, la talasocracia ateniense, la estabilidad política de las instituciones, y la acumulación de capital. El objetivo de los políticos de la ciudad deberá ser lograr que en Atenas confluyan simultáneamente y en la mayor proporción posible estos tres elementos, como garantía de sus intereses y de los afanes expansionistas en que se halla a la sazón embarcada. Estos presupuestos políticos se ven refrendados por otros de carácter psicológico. Para él la comprensión del hecho histórico tiene raíces más profundas, que se ubican en la propia esencia de la naturaleza humana y de la naturaleza del cuerpo social; para nuestro historiador (V 105.2) es una ley natural la que lleva al poderoso a mandar, y corresponde al historiador conocer las leyes psicológicas que explican, no sólo los acontecimientos concretos que se producen, sino el motivo por el que acontecen y si es posible prever que puedan volver a sucederse en forma análoga.

En cuestión de método, por tanto, se ha dado un paso enorme. Algunos de sus principales logros son: a) jerarquiza los hechos y elabora categorías universales a partir de datos singulares; la maestría de Tucídides consiste básicamente en saber extraer del análisis de la realidad particular y concreta unas ciertas categorías de carácter universal; b) moderniza la historia o crea la historia moderna, y acuña además una terminología técnica. Representa Tucídides en este sentido también un nuevo hito, pues el historiador adquiere la competencia necesaria para aproximarse al conocimiento de la verdad del pasado y colaborar en interpretar más lúcidamente el futuro. Hay al menos dos fases en este proceso. En primera instancia deberá registrar con rigor los hechos; pero Tucídides no se detiene en esta fase. Más adelante "piensa" la historia.

Al filo de los ss. IV y IV aparece la figura del también ateniense Jenofonte, quien también hubo de partir al amargo y fecundo país del exilio, primero con Ciro el Joven y más tarde con el rey espartano Agesilao. Dada su admiración y amistad con Sócrates, compuso algunas obras en su recuerdo, las Memorables, la Apología y el Banquete, de contenido más biográfico que filosófico. En realidad también sus obras históricas están tintadas de sus propias experiencias vitales y políticas. Así, la Anábasis y la Ciropedia fueron el fruto de sus años pasados al servicio del rey. El Comandante de la caballería, la Caballería/Arte ecuestre y el Cinegético con otros tantos aspectos de sus actividades militares y cinegéticas. Otro grupo corresponde más de cerca a aspectos de su vida política, Las Helénicas (que es la continuación de la historia de Grecia a partir del inconcluso final del texto de Tucídides), el Agesilao, la Constitución de los lacedemonios, el Hierón y los Recursos. La tradición ha transmitido también bajo su nombre una Constitución de los atenienses, aunque la crítica moderna está segura de que no es obra suya. El balance que hay que hacer de Jenofonte como historiador es el de un hombre benévolo, mejor escritor que historiador, aunque naturalmente en sus obras se encuentren aspectos de la intrahistoria de Grecia y Persia que fueron desatendidos por otros autores más rigurosos.

La filosofía


Siempre resulta metodológicamente un problema decidir si la Filosofía antigua debe encontrar acomodo en la Literatura o si debe emanciparse como entidad propia. Dicho problema se vuelve aún más arduo cuando las limitaciones de espacio disponible constriñen como en la presente ocasión. O tal vez, quizá facilite su solución. En todo caso, hay que hacer una breve introducción general y presentar a Platón más desde su perspectiva literaria que filosófica, y apenas se dedicarán unas pinceladas a Aristóteles. Ya se vio en el apartado dedicado a los presocráticos que la aparición del pensamiento filosófico surgió como búsqueda o intento de explicación racional, científica, del mundo. Sólo algo más tarde se suscitaría la especulación ética, política, de teoría del conocimiento y la especulación metafísica. Desde el punto de vista de la literatura apenas cabe hablar de Sócrates, partidario de la modalidad de enseñanza viva, directa, oral, alguien que en toda su vida no dejó escrito nada, pues descreía del valor de la letra como algo muerto. Sus enseñanzas éticas, su método mayéutico y el ejemplo de su vida han llegado a través de las obras de su discípulo Platón, así como por medio de algunas páginas memorables del historiador Jenofonte. Se interesó como pocos por distinguir entre el conocimiento verdadero y la mera opinión que el hombre se pueda formar, por la definición de los principales conceptos éticos (¿qué es la virtud, el bien, la belleza?). Proverbiales fueron de un lado su modestia no exenta de socarronería, 'sólo sé que no sé nada', y su convencimiento de que puede ayudar a los demás a conocer la verdad, y sobre todo su coherencia moral.

Platón fue sobre todo un pensador, el primer filósofo que desarrolló el empleo del diálogo filosófico como expresión del antidogmatismo, de suerte que se puede afirmar que el platonismo puede ser cualquier cosa excepto un credo rígido. Hubo algunos episodios en su vida que le alejaron de cualquier apetencia de participar en la vida política de su ciudad, hasta el extremo de que se puede aseverar que le hicieron tomar la decisión de abandonar la carrera política a la que le habían impelido hasta entonces su tradición familiar y sus propias inclinaciones, y centrar sus esfuerzos intelectuales y vitales en fundar una "escuela" de filosofía. Él mismo lo dice en la Carta VII: "Allá en mi lejana juventud, experimenté lo que sucede a tantos otros jóvenes: pensé, tan pronto fuera dueño de mis propios actos, dedicarme de lleno a la política. (324b-c) [...] Llegué a la conclusión de que la totalidad de los Estados actuales están mal gobernados, en tanto que su legislación se encuentra en un estado prácticamente de desahucio a menos que se apliquen con fortuna unos remedios espectaculares. Me vi por consiguiente obligado a hacer público elogio de la auténtica filosofía, en la idea de que a mi juicio sólo a partir de ella podemos reconocer dónde reside la justicia en los asuntos públicos y en la vida privada. Por tanto, la humanidad no pondrá coto a sus desdichas hasta que, o bien la casta de los honestos y auténticos filósofos acceda al poder, o bien que los que gobiernan en las ciudades -con la ayuda de cierta participación divina- reflexionen como auténticos filósofos. Tal era mi disposición de ánimos cuando emprendí mi primer viaje a Italia y Sicilia [...]"(326a-b).

El acontecimiento más importante en su vida intelectual tal vez fuera la fundación de la Academia, dedicada -según los datos- al estudio de las ciencias y de la filosofía, y de la que se puede hoy afirmar que, aunque no se conozca mucho sobre la organización, la estructura ni los fines de esta institución, está claro que uno de sus objetivos -y quizá nuestra mayor deuda hacia ella- fue reordenar la doctrina del pensamiento de Platón de una forma coherente y eliminar así las contradicciones internas que le echaban en cara las escuelas de retórica (especialmente la ya recién abierta escuela de Isócrates). Antes de la fundación de la Academia no existían en Atenas instituciones dedicadas a la enseñanza "superior", tan sólo quizá las clases ocasionales impartidas por algunos sofistas que se encargaban de adiestrar a sus alumnos en las habilidades de la retórica, de las discusiones erísticas y de los discursos, fueran éstos políticos, forenses, etc. A diferencia, pues de la escuela de Isócrates, la Academia platónica ofrecía un currículum más abierto y continuo (se cree que los diez primeros años se explicaban matemáticas y otras ciencias, y los cinco siguientes filosofía) y contaba con un "claustro" de profesorado más variado y completo. En ella impartió clases el matemático Teeteto, y también se enseñó medicina, astronomía, zoología, anatomía, filosofía, etc. Se trataba por tanto de una institución auténticamente "académica" y no sólo una escuela de abogados, políticos u oradores; tampoco se ajusta a la verdad que en ella enseñara sólo Platón ni, como se ha visto, sólo filosofía. Aún sigue siendo muy debatida la fecha de la fundación de este centro del saber, aunque hoy día se acepta la del año 386 como muy probable. La Academia, en fin, supuso un intento de profunda "renovación pedagógica", frente al sistema educativo isocrateo en boga en la Atenas de esta época.

El corpus platónico


Ahora una vez más, Platón es en extremo paradójico. Platón practicó un tipo de enseñanza directa, presencial. Sus doctrinas no fueron redactadas por escrito y por consiguiente no han sido transmitidas. La mayor paradoja es, pues, la propia existencia de lo que tradicionalmente se denomina corpus platónico. Estos diálogos de Platón, tal y como hoy se leen, son -salvo algunos opúsculos espurios- los textos de más escaso valor filosófico. Así, en la llamada escuela de Tubinga estuvieron convencidos de que los Diálogos conservados de Platón, representan tan sólo la adaptación literaria de la parte de su pensamiento de menor interés, la más fácilmente asequible al gran público, menos culto o no especialista, mientras que el eco del auténtico filósofo Platón, el que de viva voz transmitió a sus discípulos su más elaborado pensamiento, (las ágrapha dógmata) sólo se puede oír a través del reflejo que se encuentra en Aristóteles. A esto último se le ha venido denominando también 'doctrina oral' o 'doctrina no escrita' de Platón. Para todo lo relativo a esta doctrina no escrita estamos a expensas, por razones obvias, del testimonio posterior que de ellas se pueden rastrear en Aristóteles. En todo caso, lo cierto es que la versión escrita de los Diálogos es cuanto hay, Platón reservó la enseñanza especializada de la filosofía a sus discípulos de la Academia, transmitida, debatida, discutida de viva voz, oralmente. En cambio, ha recurrido a la escritura como sucedáneo de la oralidad, para difundir en forma de ensayos dialogados algunos aspectos asistemáticos de su doctrina. Es sabido, por otra parte, que Platón heredó de Sócrates su preferencia por el tipo de enseñanza/comunicación oral y directa entre maestro y discípulo, y que en no pocos lugares ha dejado constancia de su prevención contra la escritura. Destaca por su fragancia el pasaje del Fedro 275d-278e, en donde se presenta el texto escrito como si de un cuadro o una pintura se tratase, siendo siempre uno mismo en su inmutable belleza, e incapaz de contestar a las preguntas que le dirige quien se planta extasiado ante él. El texto escrito es para Platón algo rígido e inmóvil, empobrecedora foto fija frente al diálogo directo. Sin embargo, habiendo tenido Platón que recurrir a la forma escrita, ha optado por presentar sus opiniones y su doctrina filosófica en la forma escrita más icónica y menos gráfica posible: bajo el molde del "diálogo filosófico", porque todo diálogo es interrupción, matización sutil y sosegado refinamiento, y no escritura al dictado. El diálogo es un viaje de ida y vuelta, un saber hablar y saber escuchar. Lo que realmente sucede es que Platón se encuentra históricamente en un momento singular, de transición, en la frontera de una cultura oral (que hunde sus raíces en las sagas épicas y los ancestrales relatos míticos, esos ricos retazos de "experiencias no tenidas y de alusiones no comprobadas") y el despertar de la revolución de la escritura, que de manera irreversible iba a condicionar el desarrollo de la historia y de la filosofía. Un doble sentimiento parece embargar, pues, a Platón; vive de un lado con nostalgia el recuerdo de la vitalidad del discurso oral de su maestro, pero de otro lado recurre a la escritura y a escribir precisamente sobre filosofía.

Globalmente considerado, el corpus de los escritos de Platón representa algo más de un par de docenas de títulos, redactados casi todos en forma de diálogos. El propio Diógenes Laercio afirma que ya en la antigüedad circulaba una lista de al menos diez títulos de obras falsamente atribuidas a Platón. Además de los Diálogos, la tradición ha legado una colección de "Cartas", la mayoría de las cuales han de considerarse espurias, por razones conceptuales, incoherencias estilísticas, etc.). Más que los Diálogos, pues, han sido las Cartas las que se han atraído sobre sí las sospechas de ser falsas. Antes de proseguir, no obstante, convendrá presentar primero las obras de Platón en orden alfabético:

Apología: no tiene forma de diálogo, es más bien el relato que hace Platón del juicio y muerte de Sócrates el año 399. Platón trata en ella sobre la "ignorancia socrática", acerca de que "es mejor sufrir el mal que provocarlo", y sobre ciertas reservas que parecen aconsejar que el "filósofo no debe participar en la política".

Banquete (Simposio): bella reflexión sobre el amor/amores (discursos de Fedro, Pausanias, Erixímaco, Aristófanes...) hasta que Sócrates cuenta la versión que de el amor le dio la sabia Diotima: Eros no es un dios ni un mortal, sino un demon. Eros representa el amor por la belleza.

Cármides: trata sobre la naturaleza de la virtud de la templanza, la sophrosyne. Se ensayan hasta seis definiciones provisionales de esta virtud, partiendo de la base de que quien posee cualquier virtud debe conocer en qué consiste.

Cartas "I a XIII": noticias autobiográficas (en especial interesa la famosa Carta Séptima) y relaciones con los amigos (la mayor parte de ellas no fueron escritas por Platón).

Cratilo: estudia el complejo nexo y la mayor o menor adecuación que existe entre lengua y realidad; ¿qué clase de realidad constituyen las palabras (onómata) enfocadas desde la doble oposición nómos/physis? Primeros escarceos filológicos (casi siempre irónicos) sobre las etimologías. ¿Es posible desvelar la verdad por medio de palabras?

Critias: diálogo inacabado; retoma el tema de la Atlántida del Timeo.

Critón: complementa muchos datos de la Apología. En nuestro interior alienta algo que es muy superior a nuestro cuerpo; es un discurso sobre el deber cívico.

Eutidemo: crítica humorística de las logomaquias de algunos sofistas; contiene el primer ejemplo de "discurso protréptico", de exhortación a la filosofía.

Eutifrón: sobre la virtud de la piedad. Intentos de alcanzar una definición de la piedad.

Fedón: la muerte supone la separación de la psyché del cuerpo; diversos argumentos acerca de la inmortalidad del alma; primera exposición de la teoría de las Formas o Ideas; ¿Es también el alma una Forma/Idea?

Fedro: hermosa discusión sobre las diversas clases de "locura divina", en torno a la naturaleza del alma, de acuerdo con el célebre argumento de que "el alma es inmortal, pues algo que está en continuo movimiento debe ser inmortal", "quod semper movetur aeternum est".

Filebo: discusión sobre el placer (hedoné) y el bien (agathón). Posibilidades y dificultades de identificar ambos conceptos. Análisis psicológico del placer, el dolor y el deseo. Una vida "completa" participa de "inteligencia, placer y realidad".

Gorgias: crítica inteligente y despiadada contra los sofistas y rétores, que pretenden enseñar los trucos del orador, verdadero "artesano de persuasión". Desde la antigüedad se han querido ver dos polos de interés en este discurso: una discusión sobre la retórica, o una conversación sobre el concepto de justicia. Interesa notablemente el "Mito escatológico de las almas".

Hipias mayor: trata de una discusión sobre el concepto de la belleza, (tò kalón) siguiendo el conocido método socrático.

Hipias menor: diálogo muy controvertido, se le ha aplicado el título de "Apología del pecado". ¿Quién es el mejor de los hombres, Aquiles o Ulises, y en qué sentido?

Ión: sobre la inspiración poética, que -como el frenesí báquico- es de origen divino y no un arte. El diálogo es una conversación dramatizada entre Sócrates y un rapsoda.

Laques: diálogo sobre el valor, y sobre cómo hay que educar a la juventud; buen ejemplo del método dialéctico del Platón de los primeros años.

Leyes: extensa obra de vejez en doce libros; los tres primeros dedicados a la educación; lecciones de la historia, y diversos modelos de Constitución política; luego se expone la ciudad de las Leyes (la educación en la ley y el castigo), y la vida en la ciudad platónica (población, régimen de propiedades, esclavitud, conducta ética y religión, etc.).

Lisis: cuyo tema central es un debate sobre la amistad y la atracción recíproca que los amigos experimentan; la philía como amistad será luego matizada en el Banquete con el concepto de "amor" (éros).

Menéxeno: un convencional discurso fúnebre al estilo del de Tucídides; desde el punto de vista de la fecha dramática del discurso, es decir del supuesto momento en que lo que se cuenta ocurrió, no deja de ser paradójico que sea Sócrates quien "recita" el discurso, dado que los hechos históricos sucedieron doce años después de su muerte.

Menón: trata sobre el concepto de virtud en general y sobre la teoría de la reminiscencia. ¿Cómo podemos adquirir la virtud? ¿Es un don natural, es cuestión de practicar, puede enseñarse? Exposición de la doctrina de la anámnesis.

Parménides: diálogo ontológico en que se estudia la teoría de la participación y de la predicación: si el Uno es uno; si el Uno es; si el Uno es y no es; si el Uno es, ¿qué serán los otros?...; también aparece parcialmente formulada (y cuestionada mediante cinco objeciones) la teoría de las Formas.

Político: es la continuación del diálogo Sofista; versa sobre la naturaleza del gobierno y de los estadistas, el papel de la ley en los gobiernos; por otra parte (debido a la presencia en él del mito) se ha dicho que es un variegado "tapiz filosófico".

Protágoras: hay que tener claro si la virtud es o no conocimiento y si es o no enseñable. Es un diálogo literariamente bellísimo, filosóficamente provocador, aunque "in-concluso, sin conclusiones". Enlaza con el Menón.

República: la obra más extensa de todo el corpus platónico; debates sobre los orígenes del orden social; el Estado ideal y sus posibilidades de implantación práctica; los jóvenes ciudadanos deben ser cuidadosamente educados; hay que llegar a descubrir la Justicia; el filósofo debe ser el gobernante del Estado ideal.

Sofista: discute ciertos precedentes de lo que será la Lógica; ¿qué clase de entidad y qué predicación pueden tener las cosas inexistentes? Utilización de la diaíresis como método dicotómico que, aplicado sin error, pertenece a la habilidad dialéctica del filósofo.

Teeteto: nueva discusión sobre la naturaleza del conocimiento cuando Platón ya había madurado algunas ideas al respecto; sólo si conocemos qué es la Justicia (en el sentido de ser capaces de dar de ella una definición) nos garantizaremos poder observar una vida justa. Diferencias entre epistéme y dóxa.

Timeo: un diálogo sorprendente; la concepción geométrica del universo que en él se considera (aun ausente por completo el método experimental) supone una profunda inmersión en la estructura de la materia, las causas del movimiento pre-cósmico, el concepto de tiempo y creación, etc. También trata sobre el desaparecido continente llamado Atlántida, sobre astronomía, anatomía y otras ciencias naturales.

Obras espurias: Desde tiempos de Diógenes Laercio se tienen por dudosas las siguientes obras: Alcibíades I y II, Clitofonte, Epínomis, Hiparco, Minos, Rivales, Teages y Trasímaco; se consideran a su vez espurias Axíoco, Demódoco, Erixias, Sísifo, Sobre la Justicia y Sobre la Virtud. En cuanto a las Cartas, del total de trece, sólo tienen visos de poder ser auténticas las numeradas III, VII, VIII y XIII.

Es en forma de diálogo como Platón ha decidido hacer llegar su filosofía. Se ha dicho que a él se le debe el haber inventado el diálogo filosófico, y desde entonces ya se sabe que dialogar significa respetar el punto de vista de nuestro interlocutor. Los Diálogos son de lectura supuestamente fácil, aunque, sea por la ironía del juguetón Sócrates o de otro cualquier interlocutor, o por el hecho de que el propio Platón no desea aparecer en el escenario como personaje de sus diálogos, no se puede estar seguro de haber entendido siempre lo que se cree haber leído. Son piezas literarias de decorado muy austero, y su topografía es francamente ilusoria o tan estilizada como suelen estar los acontecimientos históricos; en suma, algunos de los diálogos son a ratos obras de formato poco agraciado (hay que recordar, por ejemplo, los constantes incisos e interrupciones del tipo: dijo, dijo que dijo, dijo que le contaron que dijo), aunque literaria y psicológicamente amenos. Platón maneja la ironía como nadie, su vocabulario es coloquial y poco enrevesado, ágil y flexible. Sobre todo en las obras de primera época, la conversación es muy personalizada, muy "caracterizada", dramatizada entre los dos personajes agonistas. En las obras más tardías, en cambio, el diálogo desaparece en buena medida. Pero la característica común a todos ellos y la definitoria es que se trata de diálogos abiertos, tanto en su comienzo como, sobre todo, en su final. La conversación se origina algo súbitamente, como si no se exigieran preparativos ni previas presentaciones; pero es que también concluyen un tanto abruptamente, bajo la apariencia y provocando la impresión de haber quedado inconclusos, como si la conversación se hubiera aplazado cordialmente para reanudarla en otro mejor momento. Esto puede verificarse tanto en los breves diálogos de pocas páginas, como en las veinte horas de lectura aproximadamente que llevaría La República o Las Leyes.

Baste poner como ejemplo lo que ocurre en el diálogo Protágoras: en los antiguos tiempos de la aristocracia homérica, la excelencia era connatural, innata en la clase dirigente, algo que se transmitía endogámicamente entre familias. Pero con la aparición de la nueva sociedad participativa, el relativismo intelectual de la sofística y la invención de la democracia, se presupone que es posible "llegar a ser, llegar a hacerse excelente". No es de extrañar por tanto que, sentida la necesidad, aparezca alguien que se considere capacitado para transformar al hombre de la calle, enseñándole las destrezas y habilidades retóricas necesarias para destacar en la asamblea y en la participación de la vida política. Este es el ambiente que se respira en el Protágoras. El esquema del diálogo es sencillo, aunque paradójicamente las consecuencias resultan las contrarias a las que se esperarían. Al comienzo Sócrates sostiene, con total convencimiento, que no es posible llevar a cabo la tarea que Protágoras promete: enseñar a los hombres el arte de la virtud política. En cambio Protágoras afirma que la virtud política es común a cualquier ciudadano, pero en tanto que no es innata, debe ser enseñable, y que sus mejores maestros son precisamente los sofistas: maestros de virtud. Pero al llegar al final del diálogo se han vuelto las tornas: Platón defiende que si la virtud es conocimiento, en tanto que conocimiento debe ser enseñable, mientras que Protágoras sostiene que la virtud es cualquier cosa menos conocimiento, de donde debe inferirse que consecuentemente no puede ser enseñable. El diálogo acaba, al modo socrático, abierto, inconcluso, con solución aplazada para mejor ocasión y quizá ante otros interlocutores, quizá buscando llegar hasta nosotros mismos y nuestros herederos.

Ya en el s. IV aparece la descomunal figura de Aristóteles, el más ilustre discípulo de Platón, preceptor de Alejandro Magno y fundador, algo más tarde, en Atenas del Liceo. En la antigüedad se le atribuyeron hasta cuatrocientas obras sobre las más diversas materias, de las que han llegado hasta la actualidad sólo unas ochenta. Curiosamente los escritos que se han conservado son en realidad las obras no destinadas al público general, sino la redacción de sus reflexiones o apuntes que comentaba con sus discípulos más directos en el Liceo. Su inmensa producción cubría un amplísimo espectro, prácticamente una enciclopedia del saber de la época.

Así, sus obras constituyen una serie de círculos, no necesariamente concéntricos pero sí parcialmente coincidentes -el conocimiento, la lengua, su mismo Liceo- como un movimiento que alcanza a sus libros de Lógica, posteriormente denominada Organon, es decir, 'herramienta'. Aristóteles inventa la lógica y el silogismo, las proposiciones, las premisas mayor y menor, los conceptos de universal y particular. Dichos conceptos constituyen seis libros o tratados cuyos títulos corresponden a Categorías, Sobre la interpretación, Primeros y Segundos analíticos, Tópicos y Refutaciones sofísticas. Desde él hasta nosotros, pasando por la escolástica medieval, la terminología del método lógico ha quedado en buena medida acuñada. En segundo lugar vendrán los tratados referidos a cuestiones de Metafísica, denominación por cierto que no se remonta a su autor, quien solía denominar estos estudios con el nombre de 'filosofía primera'. Son catorce libros de estudio sobre la realidad y ontología del ser, sobre los conceptos de materia, sustancia, forma, movimiento y sus diversas causas, para acabar en su idea del 'motor inmóvil', realidad que el estagirita asemeja al principio divino. Un tercer gran apartado de su producción versa sobre las más variadas cuestiones científicas. En primer lugar su Tratado de Física, en el que aborda entre otros asuntos cuestiones como el tiempo, el espacio y el movimiento, así como una categorización de las diversas clases de causas: material, formal, eficiente y final. En su Sobre el cielo expresa sus ideas acerca de los cuerpos celestes, sus relaciones de dependencias y su ubicación respectiva. Temáticamente conexo con estas cuestiones está también su libro dedicado a los fenómenos atmosféricos, llamado Meteorológicos. Sigue luego un ensayo titulado Sobre la generación y la corrupción, que enlaza con una serie de escritos acerca de la vida animal, su clasificación, así como ciertas ideas relativas a la evolución biológica de los mismos. La obra lleva el expresivo título de Historia de los animales. En tres libros, titulados Del alma, expone sus opiniones sobre el alma y el cuerpo como elementos constitutivos del ser vivo. Dentro aún de este apartado hay que citar una obra miscelánea denominada Parva naturalia en la que aborda diversas cuestiones de fisiología, psicología, sobre el sueño y la vigilia, sobre la memoria, sobre las sensaciones, y otros asuntos.

Por otro lado hay que citar los escritos de carácter político y social. Preocupado por la ética y la educación, compuso dos tratados, Ética a Nicómaco y Ética a Eudemo. Ambas comparten ciertos pensamientos, por ejemplo, el convencimiento de que la finalidad y el sentido de la vida humana es lograr la felicidad, la eudaimonía. Reclama para esta norma de conducta el sometimiento a la moderación, a un cierto equilibrio, una aurea mediocritas, que equidista de los excesos. Esta conducta ética es algo específicamente humano, tanto en un plano individual como social. El hombre es por naturaleza un 'animal cívico' un individuo que necesita vivir en comunidad, en la polis. Y aquí enlazamos con su tratado denominado Política. Aborda en ella los diversos regímenes políticos de su tiempo. Admite ciertas ventajas en el sistema democrático de Atenas, pero no repara en proponer como sistema ideal de gobierno la monarquía, y en su defecto una aristocracia de los mejores ciudadanos. Al hombre moderno aún sigue escandalizando encontrar entre sus páginas la defensa de la institución de la esclavitud como institución griega. No obstante, matiza también sus expresiones, pues defiende la idea de que el amo no debe abusar de sus esclavos, ni éstos deben perder nunca la expectativa de su emancipación.

Aún queda decir algo sobre sus obras, Retórica y Poética. Intelectualiza en la primera los métodos y recursos de los anteriores rétores, y da una serie de recomendaciones prácticas de cómo debe un orador componer sus discursos para conseguir la persuasión. En la Poética expone sus ideas sobre teoría estética. Hace hincapié en el valor de la mímesis o imitación como concepto superior; teoriza sobre los orígenes de la tragedia y de la comedia, así como el fin que cada una de ellas persigue.

Por la universalidad de sus conocimientos, Aristóteles quedó consagrado como la suma del saber en la antigüedad, y durante siglos sus escritos de lógica dominaron la escolástica y terminó modelando buena parte de la mente del hombre renacentista.

La oratoria


Quizá convenga distinguir desde el principio los términos de oratoria y retórica, que aunque usados en ocasiones sinonímicamente, admiten una nítida distinción. Mientras que por retórica se entiende el arte del bien hablar en tanto que conjunto de recomendaciones teóricas con vistas a su enseñanza, por oratoria debe entenderse la aplicación práctica de dicha teoría. De modo que rétores son los profesores que enseñan las destrezas para hablar bien, para practicar la oratoria. En cualquier caso, bien se ve que ambas modalidades son virtualmente inseparables, y así lo fueron desde luego en la antigua Grecia. La oratoria gozó desde siempre de un gran atractivo entre los griegos, interesados en el dominio del uso de la palabra en público, fuera en el ámbito político, forense, o de mero lucimiento o exhibición.

Históricamente conoce su esplendor coincidiendo con la libertad política que el sistema democrático de finales del s. V favoreció, y sólo conocerá su ocaso en los años postreros del s. IV, cuando se canceló la libertad de expresión en Atenas. Los primeros maestros de retórica fueron los sicilianos Córax y Tisias, pero sin duda el más afamado fue el también siciliano Gorgias, natural de la ciudad de Leontinos, que impartia sus costosas enseñanzas en el círculo ilustrado de Atenas en torno al 427. Algunos de estos rétores eran al propio tiempo conocidos como sofistas, y contribuyeron en gran medida al desarrollo de la lengua, de los estudios de semántica y las figuras del lenguaje. Cultivaban una prosa cuidada que recibió el nombre de prosa poética, por su elegancia y sus meditados matices sonoros y de eurritmia. El virtuosismo de sus antítesis, paralelismos, paronomasias, términos isosilábicos, etc., transforma estos schémata gorgiana en auténticos juegos de palabras, brillantes pero completamente vacuos. Valdrá la pena traer un ejemplo:

"Armonía es para una ciudad el arrojo de sus héroes; para un cuerpo, la belleza; para la mente, la intuición; para una acción, la destreza; y para un discurso, la verdad. Y falta de armonía son sus contrarios".

"A un hombre, a una mujer, un discurso, una acción, una ciudad, es necesario, si se trata de un asunto merecedor de elogio, con elogio alabarlos, y si inmerecedor, cargarlos de reproches. Pues idéntica falta e ignorancia es reprochar lo que es elogiable, cuanto elogiar lo reprochable".

Desde el punto de vista ideológico los sofistas se mostraban partidarios de un notable relativismo moral, en tanto que su objetivo era conseguir desarrollar entre sus pupilos la destreza necesaria para imponerse verbalmente sobre sus adversarios. Uno de sus más famosos lemas fue el de 'hacer fuerte el argumento débil' mediante sus habilidades dialécticas. Su concepto clave es el de la 'persuasión mediante la palabra'. La influencia de este esplendoroso uso de la lengua fue inmensa en el historiador Tucídides (según se observa en su famoso "Discurso fúnebre" en el libro II, 35-46, de su Historia de la Guerra del Peloponeso), y en los oradores del siglo IV. Por contra, despertó en Sócrates y Platón una equivalente aversión, pues para éstos los métodos de los sofistas eran intrínsecamente perversos, pues no pretendían el conocimiento de la verdad, sino conseguir convencer y persuadir.

Pero hay que esperar al s. IV para hablar propiamente de oratoria en Grecia. Lisias, Isócrates, Demóstenes y Esquines componen el auténtico plantel de oradores antiguos. La oratoria de Lisias es, sin embargo, realmente austera. Propiamente hablando fue un logógrafo, es decir, un escritor profesional que redacta discursos por encargo de alguien que ha de efectuar su autodefensa ante un tribunal. Consta su extraordinaria habilidad para dicho cometido. Lisias se pone mental y psicológicamente en la situación de quien ha de memorizar el discurso que habrá de recitar el día de su comparecencia. Estudia la personalidad de su 'defendido', sus circunstancias familiares, su temperamento, su edad, y hasta sus dotes oratorias, con vistas a componer el texto solicitado que pueda resultar más verosímil en boca del encausado. La tradición le atribuye la autoría de más de doscientos de estos discursos de encargo. Algunos de los famosos son: Contra Eratóstenes (contra el asesino del hermano del propio orador), Sobre la muerte de Eratóstenes (este personaje no tiene nada que ver con el anterior homónimo), o su Contra Alcibíades, el hijo del famoso político tránsfuga Alcibíades.

Isócrates aprendió sus destrezas oratorias con Tisias y Gorgias, y al igual que Lisias comenzó componiendo discursos para otras personas, aunque poco a poco fue evolucionando hacia los de carácter político en los que se decantó por la opción de aglutinar a todos los griegos como comunidad panhelénica contra los persas, primero bajo la hegemonía del rey espartano Agesilao y a continuación bajo el emergente caudillo del norte, Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno (Panegírico y Filipo). También cultivó el género epidíctico, así como otros discursos menores en los que defendía las orientaciones y métodos de su propia escuela de retórica. Para un maestro de la Literatura Griega como Albin Lesky, la figura de Isócrates destacó en los tres planos de educador profesional en su escuela de retórica, como publicista político partidario de resucitar el concepto de panhelenismo, y finalmente como estilista, no tanto con el barroquismo de la prosa poética de su maestro Gorgias, sino en un diapasón de oratoria más austera y de mayor sobriedad. Como cultivador de un género orientado a preparar a los jóvenes para su mejor desenvolvimiento ante los avatares políticos y de la vida pública, hubo de hacer algunas concesiones al más severo propósito ético de Platón, orientado prioritariamente a la educación en búsqueda del Bien, de ahí que entre ambos sistemas educativos se suscitaran algunos recelos y hasta fricciones.

Pero el orador griego por antonomasia será Demóstenes. Aunque de familia acaudalada, fue arruinado por sus tutores, contra quienes hubo de pleitear para recuperar los restos de su menguada herencia. Sus comienzos como orador público ante la Asamblea fueron poco exitosos por la dificultad que al parecer tenía para pronunciar la erre, lo que le valió el epodo de batalos 'tartamudo', defecto que corrigió practicando con un guijarro en la boca, si se da crédito a las anécdotas que circulaban. El caso es que pronto pasó a ocuparse en la redacción de discursos de encargo, esto es, a ejercer de logógrafo. Su confirmación como autor de discursos políticos le vendría por su tozuda oposición a la política macedonia de Filipo y luego de Alejandro Magno. El año 352 compuso su Primera Filípica, en la que con arrebatado estilo propone a sus conciudadanos resistir contra el macedonio. Este argumento lo retomaría en sus tres discursos Olintíacos en los que proponía a los habitantes de la ciudad de Olinto que aguantaran el ataque de Filipo. A pesar de su brillantez oratoria, nada pudieron las palabras de sus alegatos frente al poderío militar del nuevo dueño del mundo griego. Unos años más tarde redacta sus Segunda y Tercera Filípicas, con resultados tan poco halagüeños como sus anteriores discursos. Parece que intervino personalmente en la batalla de Queronea (en la que participó sin duda el joven Alejandro) en el año 338, que supuso la victoria definitiva de los nuevos señores de Macedonia. Su enfrentamiento político con otro orador contemporáneo, Esquines, le dio pie a redactar la que es quizá su mejor pieza oratoria, Sobre la corona. Se había solicitado para Demóstenes la concesión de una corona por los servicios prestados a favor de Atenas, premio al que se opuso Esquines alegando ciertas ilegalidades de Demóstenes. Este reaccionó escribiendo una soberbia pieza oratoria en su propia defensa, con la que derrotó dialécticamente a Esquines. Más tarde, se vio envuelto en un turbio asunto de dinero, cuando el tesorero de Alejandro Magno, un tal Hárpalo, se fugó llevándose una inmensa suma del tesoro. Hárpalo recaló en Atenas, entró en contacto con el partido antimacedonio y, naturalmente, con Demóstenes, que fue juzgado y condenado por haberse enriquecido con parte del dinero de Hárpalo. Tras estos fracasos políticos, Demóstenes fue condenado a muerte, aunque él mismo se suicidaría en la ciudad de Calauria antes de que sus enemigos pudiesen ejecutarlo.

La crítica literaria ha venido clasificando sus aproximadamente sesenta escritos en:

-Discursos destinados a los Tribunales, tanto referidos a casos privados (reclamación de préstamos, hipotecas, falsificaciones, deudas) como públicos (entre los que destacan algunos como Contra Timócrates, Contra Leptines, etc.). Demóstenes muestra en ellos un manejo muy preciso de la terminología jurídica y económica, propias de alguien que como él había recibido una sólida formación de jurista.

-Un segundo gran grupo lo constituyen los denominados Discursos Públicos, recitados ante la Asamblea de Atenas en defensa o en oposición a ciertas cuestiones de estado y de política exterior. Así, el titulado Sobre las simmorías, en el que Demóstenes aboga por modificar el sistema según el cual los ciudadanos más acaudalados de Atenas deben contribuir con un impuesto para equipar las naves de la armada. En favor de los megalopolitanos y Sobre la libertad de los rodios se refieren a otras tantas recomendaciones para que Atenas intervenga en apoyo de los habitantes de la ciudad de Megalópolis y a restituir en la isla de Rodas a la facción democrática que había sido desalojada del poder y enviada al exilio.

Demóstenes logra en sus discursos un feliz encuentro entre los efectos psicológicos con que sabe atraerse a su causa los ánimos del auditorio y una prosa fluida y muy cuidada en la que acierta a intercalar expresiones de frescura y gran espontaneidad. Fue el modelo de orador perfecto no sólo para Cicerón, sino para los críticos literarios más prestigiosos de la antigüedad, como fueron Longino o Quintiliano.

Hay, finalmente, dos conceptos que deben ser siquiera mencionados por su importancia en la tradición posterior. El asianismo fue el nombre que recibió un cierto estilo oratorio, extraordinariamente afectado, artificioso y exuberante, cultivado sobre todo en la ciudad de Pérgamo y en la isla de Rodas, tipo de lengua que contrastaba con el habla mucho más austera, purista y terminológicamente más precisa del estilo aticista, refractario a los excesos del anterior. Ambos estilos coexistirán como modelos contrapuestos hasta alcanzar el movimiento de la llamada Segunda Sofística (s. II d.C.).

Época helenística e imperial romana


Convencionalmente se denomina época helenística al período comprendido entre la muerte de Alejandro Magno, el año 323 a.C., y la conquista de Grecia por Roma en los últimos días de la República y los primeros años del Imperio (en torno al comienzo de la era cristiana). Por entonces se producirá un importante desplazamiento de los centros de decisión política y cultural del mundo antiguo. Tras el ocaso general de Atenas, emergen en la periferia las ciudades de Alejandría, Pérgamo, Antioquía, etc. Surge una nueva realidad, una mentalidad distinta. Parece agotarse en buena medida la inspiración literaria, algunos géneros van a desaparecer casi por completo, y se volverá la mirada hacia el pasado, hacia los antiguos autores y sus mejores obras. Surge así la admiración por el pasado prestigioso, comienzan a coleccionarse sus obras, a copiarse en las grandes bibliotecas y aparece así por primera vez el concepto de 'canon' literario, de autores clásicos, de obras dignas de imitación. Otro fenómeno característico de esta época es la aparición de antologías y florilegios, con el consiguiente naufragio de las obras no seleccionadas. Igualmente gozó de cierta fama la composición de carmina figurata en las que el propio poema adquiere forma de flauta de pastor, de siringa, de hacha de doble filo, etc. No hace mucho tiempo podía leerse en libros y ensayos epítetos como 'frívola y decadente' para referirse a esta época helenística en oposición a la esplendorosa edad dorada. Hoy día la estética parece haber cambiado, y la poesía helenística interesa por sí misma como manifestación de una sensibilidad propia, vigorosa y autónoma.

Algo más tarde, cuando ya la literatura latina comenzaba a producir sus primeras manifestaciones, surge un relativo renacimiento de literatura escrita en griego, por autores tanto griegos como latinos. Durante unos siglos coexisten ambas lenguas de cultura, hasta que tiene lugar la división política entre Oriente y Occidente a la muerte del emperador Teodosio (año 395).

La poesía helenística


-la épica. Desde los antiguos poemas de Homero, cualquier autor que quisiera componer poesía épica debía seguir el molde del ciego de Quíos. La misma forma hexamétrica, el mismo colorido dialectal, similares fórmulas y epítetos, y un cierto sabor mítico arcaizante. Pero también habrá diferencias. Frente a la homérica, la épica helenística es un tipo de poema culto y erudito, formalmente más refinado. Del s. III a.C. es Apolonio de Rodas, autor de un extenso poema en cuatro libros titulado El viaje de los Argonautas/Argonáuticas. Apolonio nació en Alejandría, de cuya Biblioteca fue director a la muerte de su maestro/rival Calímaco. La obra narra el viaje de la nave Argo que, a las órdenes de Jasón, parte con los Argonautas -entre los que iban Orfeo, Heracles, Peleo y Telamón -padres los dos últimos de los dos más famosos guerreros que intervinieron en Troya-) a la región de Cólquide para conseguir el vellocino de oro. Desde el punto de vista de la cronología relativa el poema cuenta, pues, 'sucesos' acaecidos al menos una generación antes de lo ocurrido en Troya. Con la ayuda de Medea, Jasón consigue su empresa y regresa a Yolco. Jasón muere en Corinto. La obra consta de tres partes claramente diferenciadas:

a) la expedición a la región de Cólquide;
b) las hazañas de Jasón y el enamoramiento de Medea; y
c) la recuperación del vellocino y regreso a Yolcos: por el Danubio, el Erídano, el Ródano, etc...

Sus héroes épicos son más humanos que los homéricos. Así, el Ulises homérico es un viajero, mientras que Apolonio ha hecho de su Jasón un caballero cortesano. Se ha dicho que Jasón "no tiene la alegría matinal del héroe homérico, sino la paciencia del héroe resignado de las novelas".

En este relato épico se encontran dos temas típicos del cuento popular y del mito: enviar a alguien al destierro a que ejecute una tarea imposible con la esperanza de que no regrese con vida, y el inesperado auxilio que el héroe encuentra a la hora de ejecutar la tarea que se le ha encargado, con la ayuda de expedientes mágicos (Medea). Se trata de una saga muy antigua, anterior a Homero, conservada por Píndaro, Pítica IV, y la Medea de Eurípides, además de esta de Apolonio. No obstante, este último hace que su obra concluya (aunque sus lectores conocían el final trágico de Medea y Jasón por el drama de Eurípides, cronológicamente anterior) con un final feliz convencional.

Una modalidad de poesía específicamente helenística es la bucólica. La vida de los pastores en el campo en contacto con la naturaleza, el primer despertar al amor de los jóvenes, la ingenuidad serena de una vida sana al abrigo de las intrigas de las grandes ciudades, todo ello despierta nuevos intereses y nuevas formas de expresión poética. Por lo general se trata de composiciones de reducida extensión, muchas veces en hexámetros, en los que un poeta, por ejemplo Teócrito, recrea un paisaje arcádico, no de una Arcadia real, sino ficcionada, utópica. Algunos de sus poemas llevan títulos tan sugerentes como "La hechicera", "El cortejo", "El cabrero y el pastor de ovejas", "La rueca", "A un doncel", etc. Teócrito también cultivó pequeñas obras dramáticas, en forma de diálogo o monólogo, conocidas con el nombre de Mimos. En ellos se combinan a la par discurso y acción, es decir elementos narrativos y dramáticos. Este género de los mimiambos tuvo otros cultivadores como Licofrón y Herodas. Nuestro conocimiento de los mimiambos de Herodas se ha debido al feliz descubrimiento de ciertos fragmentos de papiros en el año 1890.

Pero de entre todos los autores de esta época sobresale Calímaco de Cirene, un poeta sin duda erudito, bibliotecario aunque no director de la Biblioteca de Alejandría, remilgado, anticuario y filólogo. La tradición le atribuye la autoría de cerca de 800 obras, si bien se ha conservado un reducido número. Poeta de la concisión extrema, a él se le atribuye el famoso dicho 'un gran libro es una gran calamidad', con el que proclama su código de concisión estética contra las verbosidad de su rival Apolonio. En sus Himnos consagra su mejor poesía a algunos de los principales dioses del Olimpo: Himnos a Zeus, Apolo, a Artemis, a la isla de Delos, Baño de Palas (en éste utiliza una forma de composición llamada dístico elegíaco, pequeña estrofa formada por un hexámetro más un pentámetro dactílicos, y se narra en él el incidente que costó la ceguera al adivino Tiresias. Involuntariamente contempló el augur a la diosa en el baño y ella, encolerizada, le castigó con la ceguera) e Himno a Démeter. También se han conservado una serie de Epigramas; se trata de breves composiciones, en las que el poeta aborda temas como la vida y la muerte, el tema del vino, las celebraciones festivas, etc. Incompletas se han transmitido otras dos obras, los Aitia/Orígenes, que trataban en cuatro libros de costumbres y fiestas, además del famoso poema denominado la 'Cabellera de Berenice', en honor de la reina, así como el pequeño poema (epilio) titulado Hécale, obra que versa sobre las aventuras del rey ateniense Teseo, camino hacia Maratón, donde deberá dar muerte a un descomunal toro, y que dejaría una notable impronta en la posterior literatura latina.

No se ha de dar por concluido este apartado sin mencionar la importancia que para la poesía helenística están teniendo los descubrimientos de fragmentos de papiros que desde finales del siglo pasado están proporcionando textos, en general breves, de algunas obras de las que apenas se conocía poco más que el título.

La filosofía


Tras la desaparición del ámbito cívico de la pequeña pólis clásica, la filosofía de época helenística va a iniciar nuevos rumbos y se va a interesar por cuestiones hasta entonces menos atendidas. Cesarán las especulaciones relativas a la cosmovisión de un mundo inexplicable, se abandonarán las preocupaciones metafísicas y lógicas, y empezará un nuevo interés por los comportamientos éticos de la felicidad en el ámbito de lo privado, de lo individual. Quizá no resulte muy preciso calificar a los cínicos de escuela filosófica, ya que propiamente no desarrollaron ni una lógica, ni una física ni una metafísica, etc; más bien se trata de una actitud vital de rechazo a la sociedad. Predicaban la radical libertad del individuo frente a las normas y convenciones sociales. Su fundador fue Antístenes, discípulo del mismo Sócrates, aunque la figura más emblemática fuera Diógenes de Sínope. Desde el año 307 en que fijó su residencia en Atenas, Epicuro va a concitar un grupo de discípulos y admiradores en torno a su Jardín, nombre que por antonomasia designará a la escuela. Dada la heterodoxia de su pensamiento y sus hábitos de vida, algunos pretendieron enseguida denigrar a los miembros de esta comunidad, sobre los que hicieron recaer las más severas acusaciones de ser cultivadores del más irreverente hedonismo. El ideal humano, sin embargo, era para Epicuro alcanzar una 'vida moderadamente placentera', en la que debería perseguirse como objetivo la búsqueda del placer, pero bajo la disciplinada batuta del equilibrio, del goce comedido. El placer es el principio y el fin de una vida verdaderamente feliz. No obstante, como algunos inmediatos placeres acarrean a la larga dolor, el hombre de espíritu deberá sopesar los extremos para alcanzar la tranquilidad de alma, la ataraxia o imperturbabilidad que le asegure la auténtica libertad. El mejor método para conseguirlo será dedicarse al estudio de la naturaleza y de su última realidad, la muerte, ante la que el filósofo no debe sentir miedo sino indiferencia. Nada es la muerte antes de que llegue, y nada es también una vez que ha llegado. También deberá el hombre feliz apartarse de los negocios públicos, en tanto que son fuente continua de perturbaciones emocionales y psíquicas.

Es lógico que a ojos de los cristianos la doctrina de Epicuro y sus seguidores apareciera como algo nefando, pues negaba la existencia de una vida posterior a la muerte, sostenía que la providencia divina y aun la misma existencia de la divinidad era innecesaria desde su concepción atomista de la naturaleza, y porque su hedonista código existencial chocaba frontalmente contra el estoicismo predicado por los cristianos. Marginadas o preteridas, las doctrinas de Epicuro conocieron altibajos a lo largo de los siglos. No obstante, quien lea sin apasionamiento sus escritos podrá encontrar en ellos reflexiones de una profunda humanidad, de una confianza ilimitada en vivir una vida verdaderamente noble y humana.

También el s. III conocerá el desarrollo de una escuela filosófica de singular importancia, el estoicismo. Su fundador fue Zenón de Citio, discípulo a su vez, primero de Platón, y más tarde de los cínicos, y luego impulsor de sus propios desarrollos filosóficos. Para el estoicismo la naturaleza está regida por un principio razonable al que terminan equiparando a la divinidad, de ahí que cualquier cosa que sucede ocurre de acuerdo con esta razón divina. La virtud, por tanto, para el sabio estoico no va a ser otra que asentir y adherirse a esta voluntad divina que todo lo gobierna. Estas ideas de la filosofía estoica no quedaron limitadas a las clases populares, a los desheredados de la fortuna, sino que fueron poco a poco calando entre los intelectuales y los políticos y llegaron a naturalizarse en la misma Roma, alcanzando al mismo cristianismo. El propio emperador Marco Aurelio compondrá en el s. II sus conocidas Meditaciones como complaciente contribución a sus ideales estoicos.

La historia trágica. La biografía


La historiografía de época helenística emprendió un proceso de desnaturalización, y abandonó la búsqueda rigurosa de la verdad para entregarse al patetismo, a la excitación de los sentimientos, algo más propio de la oratoria y de los efectismos del drama que de la historia. En tal sentido se ha calificado este capítulo como 'historia trágica'. La ampliación de los horizontes del mundo tras las conquistas de Alejandro aumentaron el gusto por lo exótico, por los relatos fantásticos que hablaban de lugares hasta entonces desconocidos, habitados por hombres de razas extrañas, pobladas por una fauna también sorprendente. A Alejandro acompañaron media docena de intelectuales que fueron tomando notas de las conquistas del soberano. Utilizaron alternativamente la adulación o la invectiva al rey, o bien hacían la defensa de sus propias opciones políticas o de escuela filosófica. De ahí que estos relatos, conservados sólo parcialmente, deban ser analizados críticamente antes de darles crédito.

No obstante, también hubo historiadores preocupados por la seriedad de la profesión. Tal es el caso de Polibio (nacido en torno al año 200). En su obra y en su concepción de la historia pesará extraordinariamente la presencia de una nueva realidad política: la aparición de Roma. Él mismo intervino como mediador entre los intereses de algunas ciudades griegas y los nuevos amos de la situación política, los generales romanos. Al redactar sus Historias confiesa que su primer objetivo es analizar las causas y exponer los motivos que posibilitaron que Roma se hiciera con el control militar de la cuenca del Mediterráneo en menos de cincuenta años. De hecho, los cuarenta libros de las Historias cuentan las conquistas de Roma hasta el año 144, fecha en que fueron destruidas tanto Cartago como Corinto. Interpreta que el éxito romano se ha debido a la feliz coincidencia de varias circunstancias, la Fortuna, la inteligencia de las clases dirigentes de Roma y su misma constitución política. Acuña el concepto de historia 'pragmática', en la que rehuye precisamente los excesos sensacionalistas típicos de tantos otros historiadores helenísticos. Ante el dilema de si la historia debe ponerse al servicio de lo útil o de lo placentero, opta de manera inequívoca por la utilidad. Invita al historiador y a sus lectores a extraer las lecciones que la historia enseña, pues ésta es de forma segura magistra vitae. Con Polibio, en fin, se recupera el rigor histórico que tan lúcidamente expusiera en su programa metodológico su antecesor Tucídides.

Singular será el caso de Plutarco de Queronea (c. 46-120 d.C.). Mantuvo amistades con influyentes personajes romanos. Fue un autor muy prolífico, del que se conservan casi ochenta tratados misceláneos de muy variado carácter, conocidos con el nombre de Moralia, en los que aborda los asuntos más diversos: conversaciones de filósofos, especulaciones sobre el cosmos, la educación y la religión, etc. Algunos de sus títulos son suficientemente expresivos. Así, Cómo distinguir a un adulador de un amigo, Consejos sobre la vida pública, Charlas de sobremesa, Cómo sacar provecho de los enemigos, Sobre el ansia de saber, Sobre la charlatanería, etc. Convencido Plutarco de que la educación del individuo es la más firme y casi única garantía para lograr la felicidad, dedica a esta misión didáctica sus Moralia. En ellas plantea las bases teóricas de su ideal moral, mientras que en sus Vidas paralelas ha querido plasmar la práctica de dichos ideales en determinadas grandes figuras históricas de la antigüedad. Esta colección de biografías yuxtapone por parejas la vida de un personaje griego y de su 'homólogo' latino. En la Vida de Alejandro, Plutarco reclama para sí que no se le considere propiamente un historiador, sino un biógrafo: "Yo no escribo historia, sino biografías; ni es en las más brillantes hazañas donde se demuestra totalmente la virtud o la maldad, sino que con frecuencia un pequeño asunto, una palabra o una broma revela mejor el carácter de una persona que combates en que los muertos se cuentan por miles, o grandes desfiles militares y asedios de ciudades". Conforman veinticuatro parejas de personalidades destacadas por sus virtudes o por haber destacado en la milicia, en el arte de hablar, en política, etc. He aquí el catálogo completo: Teseo y Rómulo, Licurgo y Numa, Solón y Publícola, Temístocles y Camilo, Pericles y Fabio Máximo, Alcibíades y Coriolano, Timoleón y Paulo Emilio, Pelópidas y Marcelo, Arístides y Catón el Viejo, Filopemén y Flaminio, Pirro y Mario, Lisandro y Sila, Cimón y Lúculo, Nicias y Craso, Sertorio y Eumenes, Agesilao y Pompeyo, Alejandro y César, Foción y Catón el Joven, Agis y Cleomenes y Los Gracos, Demóstenes y Cicerón, Demetrio y Antonio, Dión y Bruto, Artajerjes y Arato, así como las de los dos emperadores romanos Galba y Otón.

Fueron sobre todo las Vidas las que dieron gran fama a Plutarco en la posteridad. Circularon por toda Europa gracias a la célebre traducción que al francés hiciera Amyot y que influirían en los mejores intelectuales de su país. Conocida es la anécdota que se refiere a que Rousseau comenzó a leer la traducción de las Vidas de Amyot a los seis años, y que a los ocho "se las sabía de memoria". En cuanto a nuestro país, su influencia directa se advierte el Virués, Valdés, Vives, Gracián, Fray Antonio de Guevara, Quevedo, etc. Sin embargo, más pertinente debe ser dejar constancia de que la primera traducción que se hizo de las Vidas paralelas a una lengua occidental fue la realizada al aragonés por Nicolás, obispo de Drenópolis, siguiendo el encargo de Juan Fernández de Heredia (1310-1396). Esta versión se hizo a partir de la traducción que había llevado a cabo Dimitri Talodiqui del griego antiguo al griego moderno. Más tarde, de esta traducción al aragonés se efectuaría una al italiano encargada por Colucio Salutati. En cuanto a la lengua castellana, la primera traducción de las fue la de Alfonso Fernández Palencia.

La segunda sofística


Desde la antigua querella suscitada ya en tiempos de Platón e Isócrates, la filosofía y la retórica reclamaban cada una para sí la hegemonía y el derecho de intervenir en la educación de la juventud. Alternativamente imponía su dominio ya una ya otra, dependiendo del prestigio de las figuras y personalidades que más destacaran en cada momento. Hacia el s. I d.C. la retórica parece ir ganando terreno, y de hecho hasta ciertos géneros literarios que tradicionalmente pertenecían a la poesía, como los epitalamios, los epitafios, etc. pasan a ser dominio cada vez más de la retórica. Al hilo de esta evolución, que parte de Gorgias, Isócrates, el Peripato y el helenismo, es como se llega al movimiento de la llamada 'segunda sofística'. Como tal se conoce el resurgimiento de la cultura que tiene lugar durante el s. II d.C. en los territorios griegos sometidos al imperio de Roma. Muy atentos al cuidado de las formas, se afanaron en imitar y reproducir cuidadosamente la lengua, los registros y el estilo de los mejores escritores áticos. En definitiva es un movimiento retórico y mimético más que auténticamente creador. Destacaron, además de Luciano, el rétor Elio Aristides y Dión Crisóstomo.

Luciano de Samosata (120-180 d.C.) fue un sirio que hubo de aprender griego como segunda lengua. Comenzó cultivando la oratoria al modo de los sofistas, pero más tarde se decantaría por escribir diálogos satíricos a través de los cuales daría vía libre a su escepticismo vital y a sus convicciones cínicas. Parodia de la sociedad, crítica a las instituciones, descreencia y falta de respeto ante los dioses y la religión, éstas son las marcas distintivas de nuestro autor. No ha de extrañar, pues, que se haya ganado el sobrenombre de "Voltaire de la antigüedad". Hombre de una fantasía desbocada, permite viajar al receptor a mundos fabulosos como los de sus Relatos verdaderos y es, sin duda, el mejor satírico en lengua griega. El lector visita en ellos la luna, las islas de los Bienaventurados y hasta los propios infiernos. En ellos se lee su famosa y categórica declaración de principios: "Me dediqué a la ficción, aunque de manera mucho más honrada que mi predecesores, pues diré al menos una verdad: confesar que miento. De modo que creo que podré verme libre de la acusación de la gente al reconocer yo mismo que no digo una sola verdad. Así es que me propongo escribir sobre cosas que nunca vi, ni me pasaron, ni conocí por parte de nadie; es más, se trata de cosas que ni existen en absoluto ni pueden en principio existir. Por ello mis lectores deberán no prestarles crédito alguno". Medio en broma, medio en serio, aborda no obstante asuntos que requieren mayores reflexiones. Así en su Cómo se escribe la historia entra a dar su opinión, críticamente divertida como siempre, sobre los métodos historiográficos de los griegos. Un grupo de diálogos le sirven para criticar la hipocresía y el fanatismo (Diálogos de los dioses, Diálogos de los muertos, Diálogos de las prostitutas), y otras veces la emprende contra los falsos intelectuales y la autoestima de los filósofos, como en su Comercio de vidas. En esta obra el dios Hermes vende en subasta a los jefes o fundadores de las principales escuelas filosóficas. Heráclito no está en venta; Sócrates saldrá en la subasta por dos talentos; Diógenes el cínico es más modesto y se ofrece como perro guardián por dos módicos óbolos; a Pirrón el escéptico no lo quieren ni regalado, etc.

La novela


Denominada por algunos con el pomposo y poco ajustado nombre de 'épica decadente', fue el último género literario de la antigüedad griega. De cronología debatida, desde que Erwin Rohde emitiera sus primeras clasificaciones, la aparición de nuevos materiales papirológicos en este siglo han venido a replantear casi íntegramente los orígenes y el desarrollo del género novelesco. En la novela suele haber un núcleo argumental más o menos fijo, entre los que aparecen motivos como raptos y hurtos a cargo de piratas, hermanos separados desde la infancia que sólo tras largas peripecias vuelven a identificarse, amantes que están a punto de arruinar sus vidas, cambios de escenarios geográficos, escenas de reconocimientos, etc. En sentido lato, las antiguas novelas son, pues, relatos de ficción escritos en una prosa imaginativa en los que se narran las aventuras de unos jóvenes, frecuentemente ricos y bellos, a los que suceden toda suerte de peripecias hasta llegar a un desenlace feliz. El elemento erótico o al menos amoroso también es consustancial con este tipo de relatos, aunque en una gran variedad de formas. A veces el amor es apasionado entre los dos jóvenes, otras veces recibe un tratamiento irónico e incluso cómico. Este elemento amoroso tan frecuente en la novela ha sido tomado de la poesía helenística de tipo pastoril y bucólica. El canon de las novelas de la antigüedad griega está constituido por cinco obras conservadas virtualmente completas y casi otros veinte textos fragmentarios. Los autores son Caritón de Afrodisias, Jenofonte de Éfeso, Aquiles Tacio, Longo, y Heliodoro. Los progresivos hallazgos de textos papiráceos y los análisis literarios a ellos dedicados han hecho modificar no sólo la cronología de estos autores sino la valoración que hay que darles. Aún se podrían mencionar dos novelas 'cómicas' del siglo II d.C. Una, llamada El asno, de la que durante mucho tiempo se pensó que era obra de Luciano, y los Relatos verdaderos, obra sin duda de Luciano.

La novela como género de ficción comparte sus remotas raíces con cierta literatura de viaje, relatos de leyendas maravillosas en las que aparecen personajes taumatúrgicos, pueblos fabulosos, animales legendarios, etc., conocidos por los griegos a partir de textos tan antiguos como la propia Odisea con sus Cíclopes, su maga Circe, su pueblo de los lestrigones, etc. Por otra parte, también resulta obvia la influencia de la historiografía helenística, tan sensible al patetismo y a un cierto sentimentalismo romántico. Antecedentes, pues, los había, aunque como afirmara uno de los mejores conocedores de la novela antigua, Parry, la creación de la primera novela hubo de ser un acto singular, una invención individualizada 'ocurrida un martes de julio a la hora de la siesta'. Propiamente hablando, sin embargo, las primeras novelas aparecieron a finales del período helenístico, alcanzaron una relativa prosperidad en el primer siglo de nuestra era y se mantuvieron por lo menos hasta la sosegada época del emperador Adriano y los Antoninos. Tan sólo para el caso de las Etiópicas de Heliodoro parece que debamos postular una datación en torno a los ss. III/IV. Ocurrió, no obstante, que la novela gozó de escasa reputación ya en la antigüedad y realmente fue poco apreciada por los críticos literarios. Habrá que esperar hasta los siglos XII-XIV y al renacimiento bizantino de la corte de los Comnenos para volver a encontrar relatos novelescos (ahora curiosamente en verso) similares a estos primeros.

Quéreas y Calírroe, obra de Caritón de Afrodisias, es tal vez la primera novela europea, probablemente de principios del s. I d.C. Sus jóvenes protagonistas se enamoran nada más verse, aunque la enemistad entre sus padres demora la boda. Supuestas infidelidades, malentendidos, difamaciones, y al final la Fortuna, que accederá a que todo concluya felizmente. De Jenofonte de Efeso son las Efesíacas de Antia y Habrócomes, hacia el 100 d.C; de Aquiles Tacio las aventuras de Leucipa y Clitofonte (s. II). Quizá la más famosa sea Dafnis y Cloe de Longo, prototipo de novela de pastores. Finalmente, la más extensa de todas ellas, las Etiópicas de Heliodoro.


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