Historia de la Grecia Antigua
Compleja y rica civilización de la Antigüedad que se desarrolló en un impreciso espacio geográfico que ocuparía, además de la Grecia, la totalidad del territorio de la península Balcánica, las islas del mar Jónico y del Egeo, así como la totalidad de las tierras habitadas por griegos allende los mares. La Grecia Clásica ha supuesto uno de los episodios de mayor importancia y significación para el desarrollo de la civilización Occidental de nuestros días.
En la Antigüedad la Hélade no constituía un Estado unificado políticamente, ni siquiera estaba dotado de un mínima unidad étnica. Por ello la delimitación geográfica estuvo en consonancia con los movimientos expansivos y contractivos del pueblo griego. La conciencia común como pueblo derivaba directamente del pilar fundamental de la sociedad griega, la lengua; por lo que todo aquel que no hablase griego recibía el apelativo despectivo y onomatopéyico de barbaros ('extranjero', de donde deriva la palabra "bárbaro"). La unidad de los griegos se cimentaba además en unas costumbres y una religiosidad común, de forma que eran griegos aquellos que se sentían como tales y mantenían vivo el sentimiento de pertenencia a una misma unidad que se elevaba por encima del resto, que ajenos a sus costumbres eran considerador bárbaros.

Ni siquiera tuvieron una denominación común para ellos mismos, graeci es tan sólo el nombre por el que les conocieron los romanos. Pese a ello, ya en los últimos momentos de la Edad del Bronce, los griegos desarrollaron una unidad cultural definida, los aqueos, a los cuales se les hace responsables del surgimiento de la Civilización Micénica. Siglos más tarde, tras las múltiples migraciones de la Edad Oscura, surgió el término Hélade como colectivo que se aplicaba al conjunto de todos los griegos, que a partir de ese momento pasaron a denominarse helenos.

Los griegos o helenos, eran un pueblo de origen indoeuropeo que había penetrado en Grecia desde el norte y había ido desplazándose lentamente hacia el Mediterráneo imponiéndose, durante éste proceso, sobre un sustrato poblacional anterior de muy dudoso origen y cuya filiación es casi imposible de establecer con cierto rigor. Los propios griegos se comportaron, a lo largo de éste proceso migratorio, como auténticos invasores incluso con poblaciones de su mismo origen llegadas antes que ellos.

El mundo griego estaba formado fundamentalmente por tres regiones geográficas bien delimitadas: la zona continental europea, Asia Menor y las islas griegas. La zona continental europea estaba dividida a su vez en la región septentrional, compuesta por Tesalia, Epiro y Macedonia; la península Balcánica, integrada por Arcanania, Etolia, Dóride, Lócride, Beocia, Ática y la isla de Eubea; y finalmente, al sur, la península del Peloponeso. La costa de Asia Menor, donde se produjeron los primeros asentamientos coloniales griegos, estaba dividida en tres regiones: Eólide, Jonia y Dóride. Finalmente las islas griegas se convirtieron en el puente natural entre el continente europeo y Asia Menor. A partir del siglo VIII a.C. éste horizonte básico se amplió con la fundación de asentamientos coloniales en el mar Negro, Italia, Sicilia, el Mediodía francés y el noreste de la Península Ibérica.

Recursos económicos
La península Balcánica ha sido a lo largo de la Historia la más pobre y montañosa de todas las penínsulas mediterráneas; las montañas ocupan el 80% de la superficie total y el 20% restante está constituido por pequeñas llanuras rodeadas de abruptas montañas lo que dificultó en extremo las comunicaciones. Esto facilitó el surgimiento de unas entidades políticas de pequeño tamaño, autosuficientes y de fronteras difusas, la polis (del griego polij 'ciudad').

En las llanuras se practicó una agricultura de subsistencia cuyo principal problema provenía de la imposibilidad de adaptar la producción a cualquier tipo de cambio social, político o de tenencia de la tierra. Los cultivos fueron los típicos de la cuenca mediterránea, esto es, la vid, el olivo y los cereales, a los que en algunos lugares se añadieron frutales.

En cuanto a los recursos mineros, el subsuelo griego presentó aún más problemas que en lo referido a la explotación agrícola debido a la prácticamente total inexistencia de minerales a excepción del cobre, hierro y algo de plata. La abundancia de arcilla de buena calidad propicio el temprano desarrollo de la cerámica y la aparición de numerosos talleres ceramistas que hicieron de la cerámica griega una de las piezas fundamentales del comercio en el Mediterráneo. Por otro lado, la explotación de las canteras favoreció el crecimiento de las ciudades.

Teniendo en cuenta lo anteriormente dicho es fácil imaginar la importancia del mar para los griegos. Con unas comunicaciones por tierra realmente complejas y una necesidad acuciante de comerciar con el exterior, para obtener todo aquello que el suelo sobre el que se asentaron les negaba, el mar era la única opción de expansión y subsistencia que los griegos pudieron encontrar. No obstante, los griegos rara vez usaron los recursos del mar, no era un pueblo de pescadores sino de agricultores, mas que para extender a través de él sus redes comerciales.

El tránsito a la Edad del Bronce
En Grecia la Edad del Bronce comenzó en torno al 3000 a.C. y concluyó a finales del segundo milenio, pero hay que tener en cuenta el hecho de que la península helénica nunca constituyó una entidad aislada, sino que estuvo incluida dentro del ámbito de la denominada Civilización Egea, la cual estaba definida por un espacio en el que se daba un clima, suelo y recursos naturales similares, que propiciaron unas respuestas adaptativas muy parecidas. Por su situación geográfica, el mundo egeo era el puente natural entre Egipto y Próximo Oriente, y entre Europa oriental y central.

La Civilización Egea estuvo formada por unos pobladores que compartían unas características culturales más o menos homogéneas, pero con importantes rasgos distintivos entre sí, propiciados, entre otros factores, por las dificultades de comunicación que imponía el abrupto relieve. La Civilización Egea forma parte de la Edad del Bronce griega o lo que es lo mismo, se localiza en el tránsito entre sociedades neolíticas y otras con un empleo de la metalurgia avanzada.

¿Qué motivó en el mundo egeo el paso de las comunidades neolíticas a la Edad del Bronce? Una multitud de teorías ha tratado de dar respuesta a esta complicada pregunta, pero en la actualidad la que goza de una mayor aprobación por la comunidad científica es la de la migración de grupos más desarrollados desde la regiones de Anatolia y sirio-palestina, los cuales darían el impulso definitivo al largo proceso evolutivo de las comunidades autóctonas. Según esta teoría, las poblaciones autóctonos habrían alcanzado ya un alto grado de desarrollo que las hizo receptivas a los nuevos adelantos traídos por las migraciones.

La teoría difusionista de Gordon Childe también ha contado con numerosos apoyos, Childe sostuvo la teoría de que los adelantos metalúrgicos alcanzaron Grecia por medio de los contactos con otras culturas más evolucionadas que serían propiciados por el intenso tráfico comercial.

Una tercera teoría, defendida por Renfrew y conocida como teoría de sistemas, se opuso frontalmente a las dos anteriores y defendió la evolución autóctona como camino para alcanzar los adelantos evolutivos de la Edad del Bronce.

De una forma o de otra, esta denominada Civilización Egea se desarrolló en cuatro vías paralelas en torno a la cuenca del mar Egeo. Los historiadores modernos han establecido una nomenclatura para dichas vías, pese a que la misma no es más que una mera convención no uniforme entre los historiadores; la Civilización Cicládica, Civilización Troyana, Civilización Cretense o Minóica y Civilización Heládica o Micénica.

1. Civilización Minoica


Ver artículo principal: La Civilización Minoica

Para el desarrollo de la Civilización Egea, en todas sus diversas fases, no se ha logrado establecer un cuadro cronológico consensuado y definido, por el contrario, existe la posibilidad de establecer cronologías relativas comparando lo acontecido en cada una de las cuatro regiones de desarrollo. Pese a ello, en el presente artículo seguiremos la cronología clásica establecida por A. Evans por la cual se dividen los distintos períodos, de forma bastante rígida, en tres fases: Antiguo, Medio y Reciente, para lo referido al minoico, micénico y cicládico; mientras que para Troya se emplea la numeración romana hasta donde sea necesario.

A comienzos del tercer milenio se empezaron a producir una serie de importantes cambios en todo el ámbito egeo. Las ciudades aumentaron su tamaño, la cerámica se perfeccionó y diversificó, al tiempo que el comercio se expandió por las zonas periféricas de este ámbito cultural. Parece ser que el Bronce Antiguo fue para el mundo egeo un período de paz y prosperidad, así se desprende de la ausencia de fortificaciones y del auge comercial. A partir de aproximadamente el año 2500 a.C. la isla de Creta sufrió una aceleración cultural sorprendente, parece ser que impulsada por la conjunción del desarrollo interno con elementos externos fruto de la emigración. Las Cícladas se convirtieron en el gran centro proveedor de materias primas, por lo que al orientar sus actividades hacia el comercio de las misas se alcanzó un elevado nivel de desarrollo. En lo que se refiere a la Tróade, este período se correspondería con los niveles I a IV de Troya, cuando la ciudad se hizo con el control de la ruta marítima del Helesponto.

El Bronce Medio, ante una casi total falta de información arqueológica, parece ser que estuvo marcado por la llegada a Grecia de nuevos contingentes de población y la correspondiente integración étnica y cultural de los mismo con el sustrato precedente, mientras que en Creta se continuó, a lo largo del Bronce Medio (2000-1700 a.C.), el desarrollo iniciado anteriormente y se realizó la construcción de los primeros palacios. Grecia continental mostraba un desarrollo considerablemente menor. Las Cícladas, que en el Bronce Antiguo habían tenido un elevado desarrollo cultural, parece que sucumbieron durante el Bronce Medio a un etapa de decadencia cuyo origen aún no ha sido aclarado; si se sabe que su comercio cayó en manos de los cretenses y que pese a perder la iniciativa económica, su nivel de vida no decayó de forma significativa. En Troya en estos momentos surgió el famoso nivel VI, el más importante de la ciudad y el de mayor desarrollo. Para Troya fue su momento de mayor esplendor, tradicionalmente se ha pensado que o bien Troya VI o Troya VIIa serían de las que habló Homero en su inmortal Ilíada.

2. Civilización Micénica


Ver artículo principal: La Civilización Micénica

Hacia el 1600 a.C. en la Civilización Egea se produjo un punto de inflexión debido al surgimiento de la denominada Civilización Micénica, que rápidamente logró eclipsar a todas las demás con un sorprendente desarrollo. Fue ésta, como predecesora del mundo griego, la que logró finalmente unificar todo el mundo egeo en un único marco cultural bastante homogéneo, la Grecia Clásica.

3. Edad Oscura


Ver artículo principal: Edad Oscura

A finales del segundo milenio todo el área oriental del Mediterráneo se vio convulsionado por la aparición de los denominados, por traducción de las fuentes egipcias ('los pueblos procedentes de las islas de en medio del mar'), Pueblos del Mar. Sobre dichas migraciones se ha creado una amplia problemática, aún sin resolver, ya que apenas existe información sobre los mentados Pueblos del Mar. Se considera como la tesis más admitida el hecho de que dicho pueblos fuesen grupos indoeuropeos procedentes del interior del continente que por razones no definidas descendieron hacia el Mediterráneo oriental estableciéndose a veces pacíficamente a veces por las armas, en los territorios del Egeo, la península Balcánica, Anatolia y Asia Menor.

En el momento en que los Pueblos del Mar hicieron su aparición en el Mediterráneo oriental, el mundo Egeo estaba bajo el esplendor de la Civilización Micénica, la cual atravesaba uno de sus momentos de mayor poder y riqueza. Pero hacia el 1200 esta prosperidad se vio sorprendentemente alterada, el mundo micénico pasó de la riqueza a la total decadencia en un espacio de tiempo excesivamente corto. Justo cuando se vivía un momento de crecimiento demográfico y de los núcleos de población, estos cayeron en una rápida decadencia que llevó al abandono de muchos de ellos y a una serie de extrañas destrucciones, datadas arqueológicamente. Las pocas poblaciones que continuaron habitadas fueron rodeadas de fuertes fortificaciones, produciéndose un notable empobrecimiento en la cultura material. Dicha decadencia se produjo igualmente en Chipre, donde los palacios minoicos fueron destruidos, y en Anatolia, donde el poderoso Imperio hitita desapareció. Tradicionalmente se ha considerado como el causante de todo este desastre, en el mundo egeo, a un misterioso pueblo, los dorios (literalmente ‘portadores de lanza’). Estos formarían parte de las oleadas migratorias de los Pueblos del Mar y provendrían de algún lugar al norte de la Grecia continental. El imperio micénico se vino abajo, pero no fue el único, importantes estados como el Hitita fueron arrasados, e incluso el poderoso Egipto perdió su influencia sobre Fenicia y Palestina.

Pero quizá la pérdida más significativa de este período fue la de la escritura. En efecto, Grecia perdió durante varios siglos la escritura, las fuentes desaparecieron y muchas han sido las teorías que se han construido para explicar dicho fenómeno, pero ninguna de ellas cuenta con un respaldo mayoritario. Recientemente se ha opuesto a la tradicional teoría de una serie de invasiones destructivas que motivaron un tremendo retroceso cultural, otra que hace referencia a una posible liberación de unas sociedades oprimidas por parte de una clase dominante decrépita y corrompida; para los seguidores de dicha teoría la destrucción de los palacios sería el mejor exponente de la misma, y la pérdida de la escritura tendría su explicación tanto en cuanto ésta no era más que un utensilio administrativo empleado por los órganos directivos del Estado.

Hoy por hoy, la cuestión de la invasión doria ha sido sometida a un largo proceso de revisión que ha llevado a los historiados a replantearse casi todas las tesis tradicionalmente admitidas. Cada vez parece menos claro que dicha invasión tuviese lugar, la revisión de nuestros conocimientos arqueológicos ha llevado cuanto menos a afirmar que no existe ninguna evidencia de la misma; por otro lado, no está del todo claro si dicho pueblo existió en algún momento y de haberlo hecho se ignora su procedencia, lengua, etnia y en definitiva cualquier rasgo diferenciador del resto de los griegos. Al mismo tiempo, se pone en duda la misma destrucción del mundo micénico, cada vez son más los investigadores que apoyan la tesis de un largo proceso de decadencia, que acabaría por eliminar a la clase dirigente y que llevaría a un período del que no se conserva escritura, no debido a que ésta desapareciese sino a que dejaron de archivarse los documentos al ser destruidos los palacios (símbolo de la clase dirigente), al final del cual se llegaría a la Grecia Arcaica.

De una forma o de otra, la destrucción o decadencia del imperio micénico trajo consigo el establecimiento de la denominada Edad Oscura, termino que hace referencia a la mencionada carencia de fuentes escritas para su estudio; y en cierto modo, el surgimiento de la Grecia Clásica.

La Edad Oscura

Bajo dicha denominación se oculta un período de la Historia de Grecia que abarcaría, muy aproximadamente, desde el siglo XII-XI al IX-VIII a.C. y que recibe éste nombre debido a la casi total falta de documentación para su reconstrucción. Es imprescindible eliminar cualquier tipo de consideración peyorativa sobre dicho período, ya que por el hecho de que no se conserven datos escritos sobre el mismo no se ha de presuponer que haya sido una época decadente, tan sólo se trata de una época de la que apenas conocemos nada. No hay que olvidar que hasta el siglo VIII a.C. no reapareció la escritura y que fue entonces cuando se transcribió la tradición oral que representaba los acontecimientos históricos ocurridos durante el período y que había pasado de boca en boca por medio de los cantores épicos o aedo. El propio Homero pudo ser uno de estos poetas orales, e incluso pudieron ser varios o el nombre de un grupo de artistas que realizasen sus obras bajo esa misteriosa firma que es Homero.

La primera fase de la Edad Oscura estuvo marcada por una serie de migraciones y grandes movimientos de población, algo que por otro lado llevaba produciéndose desde hacía siglos en la región. Pero precisamente en la Edad Oscura fue cuando parece que se consolidaron los asentamientos y se pusieron los pilares de unas comunidades que con el tiempo se convirtieron en el eje de todo el desarrollo histórico posterior. Parece ser que a lo largo de la Edad Oscura se puso fin a las influencias del exterior sobre la población griega, que a partir de ese momento se concentró en su sustrato ancestral y protagonizó desde él un desarrollo autóctono que daría lugar a la Grecia Clásica. Este bloqueo de las influencias externas tuvo una salvedad, las costumbres funerarias, en las cuales el rito de la cremación se extendió, aunque no llegó a generalizarse plenamente y parece que fue más una moda que un rasgo distintivo de un supuesto grupo étnico nuevo. Posiblemente la cremación proviniese de Asia Menor, donde era una costumbre muy arraigada. Otro rasgo característico fue la expansión de la metalurgia del hierro, que quizá penetró en Grecia a través de Chipre.

La cerámica, auténtico fósil director de éste período, tuvo una fuerte tendencia hacia el localismo, ya no existió un estilo único que fuese evolucionando a lo largo del tiempo, sino que en cada región se crearon tipologías diferentes que tuvieron distintos marcos evolutivos. Con todo, y teniendo en cuenta importantes desfases cronológicos entre las distintas zonas, se puede hablar de que para la Edad Oscura el estilo cerámico sería en un primer momento el conocido como protogeométrico, el cual a partir de el siglo IX a.C. sería sustituido por el geométrico, que perduró ya hasta la Grecia Arcaica. La mayor evolución tecnológica, en lo que a la fabricación de cerámica se refiere, consistió en el uso de un torno más rápido, que mejoró las superficies de los útiles y que simplificó las formas decorativas.

Organización político-social durante la Edad Oscura

La mejor descripción de las formas de vida durante la Edad Oscura nos ha llegado a través de Homero en su descripción del escudo de Aquiles (Ilíada, 478-452).

La sociedad de este período se dividía en dos partes bien diferenciadas, por un lado los hombres libres y por otro los esclavos. Los hombres libres se diferenciaban a su vez entre nativos del país y forasteros, éstos últimos parece ser que carecían de derechos y que sólo estaban protegidos por las costumbres y la religión, ya que carecían del apoyo del linaje y de la comunidad. Una división interna de la sociedad era la de miembros de la aristocracia y el pueblo o demos. Entre ambos se encontraban los artesanos (‘demiorgói’) que tenían una posición ambigua entre ambos.

En lo que se refiere a la vida política existían una serie de instituciones que con ciertas transformaciones perduraron a lo largo de toda la Historia de la Grecia Clásica. La ágora era la asamblea de todos los varones adultos que se encontraba subordinada a un consejo de ancianos, la boulé, integrada por los cabezas de familias nobles, los basilees. Existía también un cuerpo de funcionarios encargados de la administración y que dependían directamente del consejo de ancianos. Las decisiones se tomaban ante el pueblo, pero no existía ningún tipo de votación, no obstante, la necesidad de convencer al pueblo de los beneficios de las decisiones a adoptar convirtió en imprescindible el saber manejar el arte del discurso y la retórica. Por último, el basileus, era un cargo unipersonal que teóricamente estaba al frente del Estado pero cuyas decisiones estaban sujetas a la aprobación de las asambleas.

El eje de la formación política griega era una concepción muy peculiar, la denominada ciudad-estado o polis, que puede definirse como una comunidad pequeña, independiente y autogobernada, formada por una única ciudad y su territorio. Las más antiguas polis ya existían en la Edad del Bronce, pero la gran eclosión y desarrollo de las mismas no se produjo hasta los alrededores del siglo VIII a.C. A finales de la Edad Oscura las polis estaban constituidas por un recinto amurallado dentro del cual existía un lugar para las asambleas y los templos, realmente esto, que posteriormente fue conocido como acrópolis, era lo que a lo largo de la época homérica se conoció por polis; no siendo la polis de la Grecia Clásica otra cosa que el desarrollo de esta primitiva organización. A los pies de las polis homéricas se extendía el asty, el núcleo urbano propiamente dicho, cuyo centro de asambleas se denominaba ágora.

La economía

La base de la economía era la agricultura, cimentada sobre el cultivo de cereales, vid, olivo, frutales, legumbres, lino como fibra textil y, en algunos casos, tierras de regadío. Existía la propiedad comunal, aunque no era el único medio de tenencia. La tierra privada podía ser heredada, vendida e incluso enajenada, no así la propiedad comunal que siempre debería permanecer en manos de la comunidad y debería dedicarse a su propio aprovechamiento. Parece ser, no obstante, que existía algún tipo de colectivismo agrario en el que numerosos campesino trabajaban de forma conjunta la misma tierra, aunque aún no se ha dado una explicación satisfactoria a este modelo de tenencia.

Pese a la preponderancia del mundo agrícola, la riqueza se contaba por la cantidad de cabezas de ganado que se poseían. En el cómputo de cabezas de ganado se incluían las mujeres, los esclavos y diversos utensilios.

El robo era duramente perseguido y sancionado. No así la piratería, que en un principio se utilizaba únicamente contra los extranjeros y que pudiera ser que incluso estuviese financiada por algunas polis y de forma segura por la aristocracia de muchas de ellas.

4. Época Arcaica


Ver artículo principal: Época Arcaica

Dos son los rasgos distintivos de la Grecia Arcaica, por un lado el definitivo triunfo de la polis como unidad organizativa de la vida política y social de Grecia, y por otro, la gran expansión griega por el Mediterráneo. Los momentos finales de la Edad Oscura fueron testigos de la transformación de la comunidad homérica en la polis triunfante de la Grecia Arcaica.

A lo largo del siglo VIII a.C., la actividad económica sufrió un fuerte desarrollo relacionado con el auge de la organización social, la polis, y con el creciente intercambio comercial de un extremo a otro del Mediterráneo, propiciado por el éxito de la expansión griega. De forma simultánea al crecimiento económico se produjo un aumento de la población que facilitó la producción de excedentes para el comercio, así como la necesidad de emigrar a otras tierras en busca de un suelo cada vez más escaso en Grecia. El aumento de la población propició el aumento de la producción y viceversa, pero este proceso generó una serie de desequilibrios que acabaron por generar grandes diferencias entre aquellos individuos que obtenían pingües beneficios y los que no.

La polis

La polis era ante cualquier otra cosa una comunidad de ciudadanos, esto significa que no era Atenas sino los atenienses, ni Esparta sino los espartanos, ellos tomaban las decisiones, suya era la representatividad. Por encima de la ciudad, por encima de cualquier cosa, se encontraba la comunidad, todo era sacrificable al bien común, incluso la propia ciudad; Atenas podía ser arrasada, y lo fue, pero los atenienses continuarían manteniendo su espíritu y su conciencia de colectividad.

En el aspecto político, la polis era una comunidad eminentemente agraria, de pequeñas dimensiones, totalmente soberana e independiente. Toda la polis orbitaba sobre un lugar comunal de reunión en el que se tomaban las decisiones y se realizaban las asambleas.

Según nos cuenta Aristóteles, las polis tuvieron su origen en la unión de varios clanes y aldeas. Geográficamente las polis estaban constituidas por el núcleo urbano donde se concentraban las funciones religiosas y políticas, y el territorio (chora) que podía albergar distintos hábitats. No existía dicotomía entre el campo y la ciudad gracias, fundamentalmente, a la idea griega del sinecismo, esto es, la unión voluntaria de diversos pueblos a fin de formar un Estado en el que todos sus habitantes tuviesen los mismos derechos.

Dentro de las polis de la época arcaica la propiedad de la tierra no pertenecía al individuo como tal, sino que pertenecía a la colectividad de ciudadanos que gozaban de la politeia y que además eran soldados que defendían su territorio en caso de necesidad. Los derechos de estos ciudadanos estaban regulados por códigos legales, colocados bajo la protección de los dioses pero promulgadas por los hombres, lo que las hacía susceptibles de ser cambiadas. Todos los habitantes no gozaban de la ciudadanía, junto al concepto de ciudadano surgió el de no ciudadano.

La polis surgió como una forma de organizar la sociedad en beneficio de los aristócratas o aristoi (¦ristoi 'los mejores' ), los cuales rápidamente se dotaron de los elementos necesarios para controlarla jurídicamente y ejercer el poder. En principio, el poder sólo era ejercido por los ciudadanos que como propietarios de tierras tienen acceso a la politeia. Sólo tras el paso de siglos y una serie de importantes figuras reformadoras, este concepto de polis pudo ampliarse y el poder fue compartido cada vez por más individuos.

En sus inicios la polis fue una ciudad-estado con un marcado carácter aristocrático; los aristoi lograron hacerse con el poder político al tiempo que acapararon la mayor parte de las tierras, acabando con la tradición de los bienes comunales. Este proceso de acaparamiento del poder por los aristócratas no estuvo exento de conflictos (stasis) tanto entre los propios aristoi como entre estos y el demos, que no se resignaba a perder su poder. El origen fundamental de la stasis no fue otro que los problemas en cuanto a la tenencia de la tierra y sobre todo la dependencia del aristoi al que este cambio de tenencia abogaba al ciudadano. Precisamente, el hecho de que muchos campesinos quedasen sin tierras ante la voracidad de los aristoi, fue uno de los principales impulsos para realizar la impresionante gesta colonizadora de los griegos. En este contesto hizo su aparición la moneda, como el mejor elemento para que los aristoi redistribuyeran parte de sus beneficios entre aquellos campesinos a los que explotaban. El aumento del comercio que supuso la colonización griega, junto con el movimiento de mercancías y hombres que originó, estuvo estrechamente vinculado a la aparición y extensión de la moneda. Según la tradición, relatada por Herodoto (en su Historia), los lidios fueron los primeros en acuñar moneda, aproximadamente a mediados del siglo VII a. C.

La vida política de las polis aristocráticas giraba en torno a las asambleas, la principal de las cuales era la boulé o gerousia, dependiendo del lugar; en estas participaban los líderes de las grandes familias aristocráticas y tomaban las decisiones más importantes; eran herederas de los antiguos consejos de ancianos (gerontes). Sin embargo, era la apella el órgano jurídico sobre el que en teoría recaía la soberanía, que quizá durante éste período pasó por unos momentos de crisis sucumbiendo al poder de los consejos aristocráticos. La polis necesitaba de un núcleo en el que erigir los órganos de gobierno y desde el cual la aristocracia pudiera ejercer su poder públicamente, éste fue el ágora, que no sólo se convirtió en el centro político sino además en el eje de la vida social de la polis.

Por último, señalar que la colonización de nuevos territorios y el aumento de riqueza propicio un aumento en las necesidades defensivas de las polis, por lo que todos los individuos de la misma formaban parte del ejército. Este se convirtió entonces en el punto de encuentro entre los aristoi y aquellos campesinos con rentas suficientes para costearse un equipo militar. Estos, que dentro del ejército luchaban a pie y con largas lanzas y que recibieron la denominación de hoplitas, acabaron por crear una clase oligárquica nueva.

La gran colonización griega

La expansión griega por el Mediterráneo es, sin lugar a dudas, uno de los acontecimientos más importantes y sorprendentes de la historia de Grecia. Cronológicamente la colonización se extendió entre el 734 y el 580 a.C., durante este siglo y medio los griegos llevaron la cultura griega arcaica y la constitución de las polis a todos los pueblos ribereños del Mediterráneo y el Ponto Euxino (Mar Negro). Los griegos conocieron el Mediterráneo por medio de los mejores navegantes de la época, los fenicios, que ya lo habían cruzado de un extremo a otro siglos antes, en busca de metales. En este impresionante despliegue de medios e iniciativa intervinieron muchas ciudades que en conjunto carecían de un plan predeterminado y que eran impulsadas por diversos motivos.

No existió una causa única que explique el motivo de la Colonización, probablemente cada polis tuviera las suyas para lanzar a sus ciudadanos a semejante aventura allende los mares. No obstante se puede hablar de ciertas grandes causas de las cuales la fundamental sería el problema agrario. Como ya dijimos, la presión demográfica iba en aumento en la Grecia continental, el suelo libre para la agricultura, que nunca había sido demasiado, se empezaba a agotar peligrosamente; a ello se sumaba la presión ejercida por los aristoi en su continuado acaparamiento de tierras. Ante todo ello, la única alternativa que parecía viable era la búsqueda de un nuevo territorio en el que poder establecerse y empezar una nueva vida. Otro de los motivos que provocó este movimiento colonizador fue la búsqueda de riquezas por medio de la ampliación de las redes comerciales, lo que explica que muchas de las nuevas fundaciones se situaran en lugares altamente estratégicos desde el punto de vista comercial, aunque en ocasiones estuviesen muy expuestos militarmente. Por último, un tercer factor digno de mención es el político; existe la constancia de que en ciertos casos el impulso colonizador se debió a una reacción de huida ante una serie de medidas políticas injustas y arbitrarias.

Los griegos acuñaron el término de apoikia o colonia, para hacer referencia a aquellos individuos que marchaban de su polis y que al llegar a un nuevo territorio establecían un asentamiento independiente, política y administrativamente, de la polis de la que eran originarios los fundadores. La apoikia era una ciudad nueva, con todos sus derechos y con nuevos ciudadanos, los cuales ya no pertenecía a su polis de origen (en griego mhtrÕpolij 'metrópolis') sino a la nueva fundación. Frente a la apoikia se encontraba la klerouchia, que hacía referencia a los asentamientos fundados por los atenienses fuera del territorio de la polis pero que permanecían siendo dependientes de esta en lo que se refiere a la política y la administración.

Las nuevas fundaciones griegas fueron, casi en su totalidad, ciudades independientes unidas por lazos emocionales con la metrópolis, pero en muy escasas ocasiones estos lazos se extendieron al plano económico y mucho menos al político. Las nuevas polis, que normalmente se establecieron en territorios fuera de Grecia, se esforzaron en mantener sus rasgos distintivos como griegos, en mantener su lengua, la pervivencia de su arte, su religión y en suma todos los rasgos diferenciadores de su cultura. Pero las nuevas ciudades tuvieron una fuerte influencia sobre las viejas metrópolis, estas se encontraban en un proceso de cierto estancamiento, en el cual cada vez era mayor el número de los excluidos y menor el de los dirigentes, pero cuando muchos de aquellos se marcharon para fundar nuevas ciudades, también buscaron nuevas soluciones a los viejos conflictos, con lo que no es de extrañar que el proceso colonizador sea contemporáneo a una serie de importantes medidas innovadoras en las metrópolis que acabarían desembocando en la famosa democracia griega.

La expedición en busca de un nuevo territorio era un acto solemne en el que intervenían por un lado la metrópolis y por otro los propios colonos. Ninguna expedición podía partir sin la figura del oikistes, el ciudadano encargado de organizar y fundar la nueva colonia y que pertenecía a la oligarquía metropolitana. Una vez fundada la nueva colonia, el oikistes se convertía en el héroe mítico de la nueva fundación, al igual que los héroes clásicos lo eran de las ciudades de la Hélade. Otro de los aspectos imprescindibles antes de iniciar el viaje consistía en visitar el Oráculo de Delfos, que ya se estaba definiendo como el gran centro religioso griego. Parece ser que en un principio la visita al oráculo se hizo como medio de convencer a un pasaje temeroso de la bondad del viaje, pero con el tiempo, la costumbre fue extendiéndose, el Oráculo ofrecía información sobre la ruta a seguir y el lugar más adecuado para fundar el nuevo asentamiento. De este modo Delfos se convirtió en un preciso centro de intercambio de información cuya visita era de obligado cumplimiento.

Una vez que los colonos alcanzaban una nueva tierra era necesario realizar un rito para fundar la nueva ciudad, el rito, en realidad una ceremonia religiosa, corría a cargo del oikistes, el cual debía prender en el nuevo pritaneo el fuego sagrado traído desde la metrópolis. Una vez encendido el fuego, el oikistes realizaba el trazado de la ciudad, a base de calles rectilíneas y paralelas, ordenaba tanto el espacio dedicado a las instituciones políticas como las religiosas, y distribuía las tierras. Recientes investigaciones han concluido que el reparto de tierra debía ceñirse a la adjudicación de una vivienda y un jardín. Finalmente la ciudad era rodeada de una muralla y el espacio exterior se repartía entre los colonos. Los primeros colonos eran pues los que dominaban las instituciones de la nueva ciudad, pasando los que llegasen a continuación a un segundo papel tanto político como social.

Tradicionalmente se ha pensado que los colonos no llevaron mujeres a las expediciones, por lo que los matrimonios serían mixtos. Por otro lado, la mano de obra empleada por los griegos solía ser indígena o esclava, lo que en muchos casos fue sinónimo.

Según la tradición, el primer asentamiento griego fuera de Grecia se produjo en Sicilia y corrió a cargo de los habitantes de Calcis, en la isla de Eubea, y de Corinto. Hacia el 734 a.C., los habitantes de Calcis fundaron Naxos, en el estrecho de Messina, lo que les daba la llave de entrada al mar Tirreno y Etruria. Un año después los corintios fundaron Siracusa. Tras estas primeras fundaciones, que llegaron a ser las ciudades más importantes del mundo griego, los griegos se expandieron por toda Sicilia y el sur de Italia, región esta que recibió el nombre de Magna Grecia. Tarento fue fundada por los espartanos hacia el 700 a.C.; los aqueos colonizaron el golfo Jónico. A continuación los esfuerzos colonizadores se dirigieron hacia las costas de Macedonia y Tracia, ambos territorios ricos en minerales, bosques y recursos agrícolas, aunque sin buenos puertos; de nuevo fue la ciudad eubea de Calcis quien tomó la iniciativa, y el número de colonias fue tal que la península Calcídica recibió por ello su nombre.



La primera colonia griega en el Adriático se estableció en Corcira, alrededor del 733 a.C., un importante núcleo de comunicaciones en el comercio por el Mediterráneo central. Lentamente los colonos fueron penetrando tierra a dentro hasta alcanzar el valle del Po y Bolonia.

Pese a que los griegos alcanzaron la costa del Ponto Euxino en una fecha relativamente temprana, en torno al siglo VIII a.C. (según la leyenda, Jasón, en su búsqueda del Vellocino de Oro, alcanzó este mar en el siglo XIII a.C.), parece ser que no iniciaron la colonización hasta principios del siglo VII a.C., así Calcedonia fue fundada hacia el 680 a.C. y Bizancio hacia el 660 a.C. En esta ocasión la iniciativa recayó en Mileto, metrópolis que por éste camino llegó a alcanzar el sur de Rusia y la desembocadura del Danubio.

Hacia el 630 a.C. los samios llegaron al Mediterráneo occidental, según Herodoto, el encuentro fue puramente casual, ya que un griego focense llamado Koleos de Samos, que se dirigía a Egipto, perdió el rumbo y arribó en la Península Ibérica. Parece ser que Koleos era un mercader que hacía viajes exploratorios por su cuenta. En torno al 600 a.C. los focenses de la costa de Anatolia fundaron la ciudad de Marsella, enclave que sirvió como foco difusor para que todo el sur de la Galia se cubriese de un mosaico de colonias griegas, hasta el punto de que se cruzaron los Pirineos y se fundó el importante enclave de Ampurias. Mientras tanto, en el norte de África iban apareciendo ciudades como Cirene, Rakotis o Naucratis.



Los griegos conocían la costa siria, al menos desde la época micénica, pues se ha encontrado cerámica micénica en diversos enclaves costeros. Al parecer, desde esos momentos hubo asentamientos griegos en la región. La ciudad de Al-Mina, en la desembocadura del Orontes es la ciudad griega más antigua encontrada en Siria. Se ha supuesto que a partir de este contacto con Oriente fue como los griegos recuperaron, en torno al 750 a.C., la escritura, copiada directamente de los fenicios. Durante el siguiente siglo la escritura se extendió por toda Grecia, alfabetizándose la sociedad, lo cual se ha venido considerando como uno de los factores que motivaron los cambios acontecidos en Grecia en la edad arcaica, en el camino hacia la democracia, el desarrollo del pensamiento filosófico y de la concepción individualista del hombre. Otro de los elementos que los griegos tomaron de su contacto con los fenicios fue la domesticación de importantes animales como la gallina (hacia el 650 a.C.), así como la manera de festejar los banquetes, muy al modo oriental. La cultura oriental tuvo un fuerte impacto en los comienzos del arte griego, en las modas sociales, en la religión y en la mitología. Frigia supuso el modelo contrario a lo ocurrido con los fenicios. Los frigios absorbieron la cultura griega, ya orientalizante, en sus contactos comerciales con los griegos. Por medio de los fenicios, los griegos entraron en contacto con los egipcios, ya en el siglo VII a.C. En un principio fueron algunos egipcios los que acudieron a Grecia, normalmente como comerciantes o artesanos, pero posteriormente el flujo cambió. Los primeros griegos que llegaron a Egipto fueron los mercenarios. La fundación de Naucratis (localidad muy cercana a la capital de la XXVI Dinastía, Sais) supuso el inicio de los intercambios comerciales a gran escala entre ambos pueblos. Egipto ejerció su influencia sobre todo en los aspectos artísticos, en los cuales el griego es en gran medida deudor del país del Nilo.

Las diferentes polis griegas lucharon entre si por reservarse las mejores zonas de colonización de modo que se llegó a un reparto, Mileto y Megara controlaban la región del Ponto Euxino; Calcis y Corinto el Mediterráneo central; y los focenses el sur de la Galia y Tartesos.

La fundación de las diferentes colonias griegas respondía a causas muy diversas. En ocasiones se buscaba un buen puerto que controlase el tráfico comercial de la región; en otros, un punto que facilitase la penetración hacia el interior; una tercera posibilidad era asentar la colonia en una región rica de por sí, con abundancia de cualquier tipo de recurso apreciado por los griegos. También se trató de buscar sitios de fácil defensa debido a la gran desconfianza de los griegos hacia los nativos; en algunos casos, no del todo excepcionales, los griegos levantaron sus ciudades junto a otras ya existentes, de forma que con el paso de poco tiempo ambas acababan fundiéndose en una única urbe en la que convivían griegos y bárbaros, pero la desconfianza griega provocó que estas ciudades mixtas realmente no lo fuesen, ya que en el interior se las dividía en dos sectores, uno para los griegos y otro para los nativos, separados por una muralla que era fuertemente vigilada. La explicación a esta extrema desconfianza por parte de los griegos puede hallarse en el pequeño número de los colonos, se ha calculado que no pasaban de las doscientas personas, no hay que olvidar que una metrópolis normal no podía fundar más de cuatro o cinco colonias por generación, sobre todo teniendo en cuenta que los colonos solían ser hombres jóvenes, los más aptos para el trabajo y la guerra.

La colonización provocó que a partir del siglo VI a.C. se generalizase la esclavitud en la economía griega ya que los primeros esclavos provinieron de los pueblos conquistados. Los esclavos tuvieron un precio fijo que facilitaba su compra y su venta en los mercados esclavistas. La primera polis en contar con esclavos como fuerza de trabajo fue, posiblemente, Quíos.

Las Tiranías

No fue hasta el siglo V a.C. cuando de la mano de autores como Platón, Jenofonte o Aristóteles, enemigos acérrimos del sistema tiránico, el término tiranía adquirió el aspecto negativo y violento que actualmente se le concede. En su origen, la tiranía no era más que otra forma política legítima dentro del sentido político de la sociedad griega.

La tiranía fue un fenómeno político que se produjo a lo largo de toda la historia antigua de Grecia desde la época arcaica a la helenística. En la época arcaica la tiranía se extendió no sólo por la propia Grecia, sino que siguiendo la ruta de los colonizadores llegó a Sicilia, la Magna Grecia, las islas del Mar Egeo y las costas de Asia Menor. Prácticamente la totalidad de las polis, salvo los casos de Esparta, Egina y la isla de Eubea, atravesaron en uno u otro momento por un período de gobierno tiránico en su camino hacia la democracia. Esparta y Eubea solucionaron sus problemas internos con sendas conquistas (Mesenia y la península Calcídica respectivamente), mientras que Egina era demasiado pequeña para que la agricultura fuera importante y por tanto nunca estuvo bajo el control de un número pequeños de terratenientes, camino previo e imprescindible para el nacimiento de la tiranía.

En la época arcaica el tirano fue un gobernante con plenos poderes pero apoyado en el pueblo, ya que su autoridad emanaba del pueblo y era provisional. El tirano era elegido para rescatar a la polis de una situación de crisis, una vez finalizada la emergencia el tirano devolvía el poder. En algunos casos, excepcionales, las tiranías llegaron a perdurar durante dos o tres generaciones, pero en ninguno llegaron a consolidar su poder y convertirse en elementos hereditarios. Las diversas tiranías dieron paso a sistemas democráticos o oligárquicos liquidando en el proceso el gobierno de la aristocracia; al mismo tiempo coincidieron con una época de gran actividad económica y de desarrollo social. Los tiranos llevaron a cabo grandes programas de obras públicas y aglutinaron entorno a ellos a los intelectuales de su época, al convertirse en auténticos mecenas de las artes y la cultura. Por lo general se extendió una especie de solidaridad entre los distintos tiranos que quizá sabedores de que su poder interno era débil buscaron las alianzas exteriores como medio de consolidarlo.

Las causas que dieron lugar a la tiranía se pueden resumir en cuatro puntos básicos: el hundimiento de la pequeña propiedad agrícola; el surgimiento de la clase intermedia de los comerciantes y artesanos; la aparición de los hoplitas; y por último, la expansión del uso de la moneda.

Los pequeños propietarios agrícolas sucumbieron ante el creciente peso de un endeudamiento al que era imposible que pudieran hacer frente, debido a la constante presión de la aristocracia terrateniente que pugnaba por hacerse con el control de sus tierras. Los campesinos, una vez perdidas sus tierras, acabaron siendo esclavizados por los terratenientes, en pago de las deudas contraídas, por lo que perdieron sus derechos políticos. Esto les llevó a apoyar sin fisuras el gobierno de un tirano que se comprometiese a devolverles su poder político y a sacudirles el yugo de la aristocracia terrateniente.

En las polis implicadas en el proceso colonizador surgió un nuevo grupo social compuesto por comerciantes y artesanos que a medida que sus negocios prosperaron fueron adquiriendo grandes fortunas, en ocasiones muy superiores a las de los aristócratas. Estos nuevos elementos pronto empezaron a reclamar un papel político dentro de la polis que estuviese más acorde con sus recién logradas riquezas. De otra parte, los comerciantes y artesanos, debido a que su modo de vida se basaba en los intercambios a través del Mediterráneo, estaban especialmente interesados en el establecimiento de un gobierno fuerte que asegurase la tranquilidad en el mar, esto es, la tiranía; en contraposición a la creciente anarquía e incapacidad demostrada por los gobiernos aristocráticos.

Con el tiempo los hoplitas fueron adquiriendo un enorme peso en el ejército, desbancando a los nobles cuya forma de combate cada vez se mostraba más anacrónica; ante el fundamental papel de los hoplitas en el ejército, y teniendo en cuenta la asimilación de estos con los ciudadanos (el armamento de los hoplitas era costeado por los ciudadanos y como sólo podía ser hoplita aquel que pagara su propio armamento, sólo los ciudadanos eran hoplitas), los hoplitas empezaron a exigir unos derechos cívicos que la aristocracia se negaba a concederles. En numerosas ocasiones el tirano era el líder del demos, al que pertenecían los hoplitas, que estaba enfrentado a la aristocracia.

Herodoto aseguró que los lidios fueron los primeros en acuñar moneda a finales del siglo VII a.C.. La aparición de la moneda transformó la economía de intercambio en economía monetal que facilitó la compra y venta de todo tipo de bienes, y ello desencadenó la aparición de importantes desigualdades entre ricos y pobres. La aristocracia fue incapaz de controlar dichas desigualdades, por el contrario los tiranos se presentaron ante el demos como la solución a sus males.

Prácticamente en todas las ciudades griegas en las que luego surgieron las tiranías apareció primero la figura de los legisladores. La aristocracia se encontraba en un proceso de franca decadencia en el cual se entremezcló la propia división interna de las grandes familias, en lucha continua por hacerse con el poder; con las consecuencias de la expansión colonial en forma de desarrollo del comercio, multiplicación de la conflictividad social (motivada por las desigualdades) y monetarización de la economía. Para tratar de hacer frente a ésta situación de crisis, surgieron, del seno de la propia aristocracia, una serie de individuos preocupados en detener los excesos aristocráticos y devolver a la polis el sentimiento de confianza en sus gobernantes. En las diferentes polis se redactaron legislaciones que de una u otra forma trataron de reglamentar un modelo de convivencia pacífica entre las distintas facciones sociales. A este grupo de legisladores pertenecieron hombres como Zaleuco de Locris, Carondas, Licurgo y los atenienses, Dracón, Solón, Clístenes y Pericles.

Finalmente, cuando prácticamente la totalidad de las polis habían experimentado los regímenes tiránicos estos fueron perdiendo apoyos y acabaron por desaparecer debido a su excesiva dependencia de las cualidades individuales del tirano, que hacía del todo imposible e inútil cualquier tipo de transmisión hereditaria. Las últimas tiranías se deshicieron en un sinfín de luchas internas para alzarse con el poder entre un cúmulo de personajes carentes de las virtudes del tirano y que sólo eran movidos por sus propias ambiciones y no por el bien de la comunidad.

Jonia

A lo largo de toda la costa jónica la tiranía tuvo que ser una forma de gobierno generalizada, pero no se conservan más que un pequeño número de nombres referentes a Quíos (Anfides y Politecnos), Eritras (Ortiges) y Éfeso (Píndaro).

El gran tirano de Asia Menor fue Trasíbulo de Mileto, en la primera década del siglo VI a.C., de origen aristocrático probablemente accedió al poder por la fama ganada en el ejército. Trasíbulo alcanzó el poder en un momento en el que Mileto vivía una de sus épocas más ricas. La ciudad de Mileto era uno de los mayores productores de grano de todo el mundo griego, además tenía una rica cabaña ganadera y unos excelentes viñedos. Toda esta riqueza se encontraba concentrada en pocas manos, las de unos pocos terratenientes y comerciantes; mientras que la mayoría de la población eran pequeños propietarios que formaban parte de los hoplitas. Al parecer, los pequeños propietarios hoplitas se unieron a los comerciantes contra los grandes terratenientes.

En la ciudad de Mitilene se extendió por diez años, los que van del 590 al 580 a.C., el gobierno del tirano Pítaco, el cual gozó de gran prestigio en su época ya que incluso fue considerado como uno de los Siete Sabios de Grecia. Pítaco repartió las tierras de la aristocracia entre el pueblo y obligó a los aristócratas a abandonar la isla de Lesbos, donde se encontraba Mitilene. El gobierno de Pítaco ejemplifica como los tiranos eran elevados al poder por el pueblo para hacer frente al gobierno y abusos de los aristoi.

El último de los grandes tiranos de Asia Menor fue Polícrates de Samos, el cual vivió en la segunda mitad del siglo VI a.C. Polícrates se hizo famoso en toda Grecia debido al éxito de sus expediciones marítimas, no hay que olvidar que Samos poseía la mejor flota del mundo griego en aquel período. Realizó importantes obras de infraestructura y se convirtió en un poderoso mecenas de las artes.

El istmo de Corinto

Al igual que lo ocurrido en la costa jónica, en el istmo de Corinto se reprodujeron las condiciones socio-económicas que propiciaron el surgimiento de la tiranía; esto es, concentración de la riqueza y el poder político en las pocas manos de los aristócratas, lo que motivaba el levantamiento del resto de los ciudadanos y la elección de un tirano como único medio de hacer frente a los aristoi.

En Argos surgió la, prácticamente desconocida, figura de Fidón, del cual se sabe que vivió en la segunda mitad del siglo VII a.C., que convirtió la monarquía en tiranía (él era el séptimo rey de la ciudad), que contuvo el poder de Esparta, ciudad que a su muerte se convirtió en la potencia hegemónica del Peloponeso; y que desarrolló un importante imperio comercial.

La tiranía griega más antigua que se conoce fue la de Corinto. Durante el siglo VIII a.C. la ciudad de Corinto gozó de una gran prosperidad propiciada por una extensa red de relaciones comerciales que se extendía hasta la Península Ibérica, aunque aquí, parece que intermediando los fenicios. Todo el poderío comercial de Corinto había sido obra del clan aristocrático de los Baquíadas, a los cuales, por razones no del todo claras, les fue arrebatado el poder a favor del tirano Cipselo. Cipselo se condujo de forma cruel y violenta con los ciudadanos, sobre todo con los aristoi, no obstante logró mantener el poder durante treinta años tras los cuales se lo cedió a su hijo Periandro; éste prosiguió la dura política de su padre llevando sus ataques hacia los ciudadanos ricos, por lo que fue, en su tiempo, considerado como uno de los Siete Sabios de Grecia. Durante la época de la tiranía, Corinto alcanzó su máximo desarrollo y la cumbre de su poder y riqueza, se convirtió en un referente para el resto de polis. Periandro gozó de gran prestigio entre sus contemporáneos y ejerció en numerosas ocasiones de árbitro entre ellos en los diversos conflictos de las polis. Finalmente, Periandro fue sustituido por Psamétrico, con el cual se llegó al fin de la tiranía (en torno al 540 a.C.) ya que las condiciones socio-económicas que la justificaban habían desaparecido. Tras la tiranía Corinto evolucionó hacia una forma de gobierno timocrática en la que el poder era ejercido por los medianos propietarios de tierra.



La polis de Megara tuvo un activo papel en la colonización del Ponto Euxino, y al igual que en Corinto, la tiranía vino de la mano de los deseos de representación política de los nuevos grupos sociales nacidos a la luz de la expansión comercial. La tiranía de Megara estuvo encarnada en Teágenes, personaje del que se sabe muy poco y que vivió a finales del siglo VII a.C. Tras Teágenes la tiranía se hundió en un proceso de guerras civiles que propiciaron el resurgimiento de la aristocracia. El fracaso de Megara se explica teniendo en cuenta que, pese a su poderío marítimo, nunca llegó a controlar el mar, debido a la fuerte competencia de Corinto y Atenas, por lo que su expansión comercial siempre estuvo en entredicho.

El gobierno tiránico tuvo en Sición su más larga pervivencia. Sición controlaba la ruta comercial de Corinto por Occidente, una ruta secundaria que no permitió que la polis desarrollase importantes relaciones comerciales. De alguna forma, probablemente con ayuda de Corinto, Ortágoras se hizo con el poder en la segunda mitad del siglo VII a.C instaurando una dinastía que gobernó durante un siglo.

Atenas

La polis atenienses estaba dirigida por un grupo de familias de aristócratas terratenientes llamadas Eupátridas, los cuales controlaban las magistraturas y tenían en el Areópago la fuente de su poder y representatividad ante el demos.

La situación de conflictividad entre la clase aristócrata dirigente y el demos encabezado por la nueva clase de ricos comerciantes, en continua disputa por el poder de la polis y por los derechos políticos, se generalizó dando lugar, como en el resto de Grecia, a la aparición de las tiranías. A finales del siglo VII a.C. Cilón intentó hacerse con el poder, pero Atenas aún no estaba preparada para la tiranía y la intentona fracasó. A principios del siglo VI a.C. apareció la impresionante figura de Solón, el cual trató de realizar un plan de reformas políticas tendentes a alcanzar la paz social entre las distintas facciones de la sociedad. Entre el 594-593 a.C. fue nombrado arconte en medio de una muy complicada situación ya que el endeudamiento del campesinado había llegado al extremo de amenazar con el estallido de una guerra civil contra la aristocracia. Solón rechazó la tiranía y ejerció como mediador anulando las deudas y liberando de la servidumbre a los campesinos arruinados.

En tiempos de Solón, Atenas se encontraba en una situación crítica ya que el exceso de población había motivado una sobreexplotación de los recursos agrícolas que habían acabado por empobrecer el suelo, ante ello, los pequeños propietarios sólo pudieron vender sus tierras a los aristócratas como único camino de pagar sus deudas, pasando en muchas ocasiones, ellos mismos a formar parte de las posesiones de los aristócratas. La reforma agraria de Solón acabó con esto, al devolver a los pequeños agricultores sus tierras. Por encima de la reforma agraria, la gran obra reformadora de Solón consistió en la redacción de su Código Legal, en el cual se contempla el ordenamiento íntegro de la sociedad. Éste Código Legal vino a sustituir al duro código legislativo creado por Dracón en el 620 a.C..



Pese a sus esfuerzos, las reformas de Solón no tuvieron el éxito pretendido y sus leyes fueron sistemáticamente incumplidas en beneficio de la aristocracia, por ello, tras la retirada de Solón, surgió en la escena política ateniense Pisístrato, el cual supo atraerse a su causa a los comerciantes y campesinos, y con ellos hacerse con el control absoluto de la polis e instaurar un gobierno tiránico (ca. 560 a.C.). El gobierno de Pisístrato, que duró cerca de veinte años, supuso para Atenas una época de paz y prosperidad económica que sentó las bases políticas y sociales para el establecimiento de la democracia. Durante éste período, Atenas estableció las bases para convertirse en la gran potencia marítima de Grecia; se fomentó el comercio y se embelleció la ciudad con la construcción de grandes edificios y obras de ingeniería. Tras Pisístrato, la tiranía se mantuvo hasta el 510 a.C. en manos de sus hijos y herederos, Hipias e Hiparco. Hiparco fue asesinado en el 514 a.C. lo que hizo que durante los siguientes cuatro años su hermano, Hipias, gobernase de forma cruel y despiadada obteniendo el rechazo del pueblo.

Finalmente la tiranía ateniense fue derrocada con la ayuda del rey Cleómenes de Esparta, que actuaba en favor de los aristoi atenienses. Esta polis, que nunca tuvo gobierno tiránico, había llevado a cabo la unificación del Peloponeso y se había convertido en la gran potencia a la que acudían todos aquellos descontentos con las diversas tiranías de Grecia. Cleómenes atacó a Hipias, que se refugió en la acrópolis, y logró que éste fuese desterrado de Atenas.

Sicilia y la Magna Grecia

A mediados del siglo VI a.C. la tiranía hizo su aparición en Sicilia de la mano de Panecio de Leontinos y Falaris de Agrigento. La lista de tiranos sicilianos no es más que una sucesión de nombres, ignorando completamente lo que aconteció a lo largo de sus gobiernos. De Falaris tan sólo se sabe que ejerció el poder con excesiva crueldad y que fue asesinado. Ya en el siglo V a.C., Hipócrates se hizo con el control de Naxos y Leontinos e intentó unificar la región oriental de la isla. Al mismo tiempo, Gelón se convirtió en tirano de Gela apoyado por un formidable ejército de hoplitas con los que pudo controlar a la aristocracia, poco después, Gelón se hizo con el control de Siracusa, la ciudad más poblada de Grecia y que alcanzó una gran prosperidad en estas fechas. A mediados del siglo V a.C. la tiranía había desaparecido de Sicilia.

Las polis de Sicilia se encontraban inmersas en la lucha contra los cartagineses y contra el expansionismo de los etruscos, lo que quizá explique el motivo por el que la tiranía surgió tan tarde y con tan escaso poder, el problema fundamental no era la tenencia de la tierra y el poder político, lo más importante era la defensa de las propias polis.

Sociedad y cultura

Organización social

Jonia

Jonia estaba compuesta por doce ciudades, Mileto, Priene, Mios, Éfeso, Colofón, Lébedos, Teos, Eritras, Clazomenes, Focea y las islas Samos y Quíos; las cuales se agrupaban en una liga para defender sus intereses comunes. Entre estas ciudades la más importante era Mileto; el centro religioso se encontraba en Micale donde se levantó el templo a Poseidón, el protector de la Liga. El gran dios de los jonios era Apolo, el cual recibía culto en Didimia y Claros. Las polis de Jonia estaban rodeadas por los persas, lidios y anatolios; no obstante supieron mantener su espíritu griego intacto, vanagloriándose de su origen ático.

La base de la articulación social de la polis estaba constituida por el genos, en el cual se estructuraban las familias unidas por lazos de filiación o religión. Los gene eran los propietarios de la tierra, por lo que controlaban la economía de la polis, al tiempo que perpetuaban celosamente las tradiciones. Al comienzo del invierno tenía lugar la festividad de las fratrías, en dichos festejos cada familia presentaba ante la comunidad a los nuevos miembros, los cuales adquirían sus derechos ciudadanos en esos momentos. Las fratrías eran el eslabón que unía a los gene a nivel interno. Un último factor cohesionador eran las phylái, concepto que no está del todo claro en la actualidad, pero que posiblemente simbolizase algún tipo de unión de carácter profesional, territorial e incluso étnico.

En la segunda mitad del siglo VIII a.C. Jonia ya presentaba un avanzado nivel cultural gracias a la fuerte herencia micénica de su cultura, mezclada con las influencias de los pueblos anatolios y asiáticos con los que compartía el territorio desde el siglo XI a.C. En un principio, su economía estaba cimentada sobre las tradicionales labores de agricultura y pesca, y su sociedad controlada por la aristocracia terrateniente. En cada una de las polis jonias se imponía la autoridad del supremo magistrado que representaba a la Liga, y que en la práctica ostentaba el título de rey.

El Ática

En el Ática las magistraturas se concedían según el status familiar, es decir, sólo unas pocas familias tenían acceso a los más altos puestos del gobierno de la polis. En un principio las magistraturas fueron vitalicias, aunque a medida que se fueron desarrollando los conceptos políticos y organizativos de la sociedad, el carácter vitalicio se perdió en beneficio de un estilo electivo por cortos períodos de tiempo. Las magistraturas más elevadas eran el rey, polemarca y arconte. El pueblo, por su parte, se dividía entre los campesinos (‘georgói’) y artesanos (‘demiorgói’). Estos se agrupaban en cuatro phylái, que a su vez se subdividían en tres partes o tritias. Cada una de estas subdivisiones estaba constituida por un total de treinta gene y cada genos por treinta hombres. Por su parte, las grandes familias componían una aristocracia basada en el dinero más que en lazos hereditarios de sangre; estos aristócratas recibían el nombre de eupátridas y se ocupaban fundamentalmente del culto. Paralela a la sociedad se encontraban las asociaciones de orgéones, extranjeros que vivían en la polis y que por medio de dicha organización podían acabar formando parte de la sociedad. Los orgéones se reunían bajo la protección de un dios o un héroe legendario.

Esparta

Esparta fue un caso singular dentro del mundo griego, como ya dijimos no conoció el fenómeno de las tiranías y su constitución permaneció inalterada hasta la conquista romana.

El poder de Esparta provenía directamente de su tamaño, la superficie que controlaba era con mucho la mayor del mundo griego, y además, era rica tanto en agricultura como en mineral de hierro. Sin embargo, Esparta se encontraba muy alejada de los puertos marítimos, lo que quizá sirva para explicar su escasa participación en el comercio y el fenómeno de la Colonización.

La política de Esparta estaba dirigida por una asamblea de guerreros y la gerousia (consejo de ancianos), por encima de ellos los dos reyes de la diarquía espartana. El Estado estaba integrado por los ciudadanos, los periecos y los ilotas. Los periecos eran los habitantes de los núcleos controlados por Esparta, tenían autonomía en asuntos internos, pero carecían de la posibilidad de decidir sobre su política exterior. Los ilotas por su parte eran prisioneros de guerra, esclavos del Estado que los asignaba a los ciudadanos para su servicio. Tanto los ilotas como los periecos tenían por misión fundamental la producción de alimentos y el auxilio al ejército durante la guerra. Un último grupo era el de los mesenios, estos, según la leyenda, eran los hijos ilegítimos nacidos de mujeres espartanas mientras sus maridos se encontraban en la guerra de Mesenia (730-710 a.C.). Por estas fechas, Licurgo redactó su famosa constitución, La Rhetra, que se convirtió en la base del Estado espartano.

Cultura

El mito, como medio de explicación de los acontecimientos contemporáneos a través de su asimilación con hechos acontecidos a personajes legendarios que vivieron en una realidad diferente a la de los griegos, y como fuente de recuerdo de un pasado brumoso; fue elevado en Grecia a un complejo corpus, poco sistemático pero muy útil, que acabó por dar lugar a lo que se conoce como Mitología Griega.

A mediados del siglo VII a.C. surgieron una serie de grandes poetas líricos que compusieron obras en las que supieron describir a la perfección el mundo que les rodeaba y que elevaron la poesía lírica a las más altas cotas dentro de la sociedad, hasta el punto de que muchos de ellos ocuparon relevantes cargos en la vida política y religiosa de las polis. Algunos de estos autores fueron Terpandro, Arión, Aristóclides, Períclito, Alceo de Mitilene o Safo.

La característica fundamental de la lírica arcaica fue la combinación de monodia y coro por un lado, y monodia y danza por otro. Safo, Alceo y Anacreonte fueron los máximos exponentes de la lírica monódica. En cuanto a la lírica coral, Alcmán de Esparta y Estesícoro de Himera fueron quizá los más altos exponentes.

La historiografía griega nació en las costas de Jonia a finales del siglo VI a.C., precisamente debido a la situación geográfica que convertía a la región en un centro de intercambio de ideas orientales, griegas y anatolias; ideas que fue preciso recoger en archivos a modo de crónicas.

El más famoso de los historiadores griegos arcaicos fue Hecateo de Mileto que vivió entre el siglo VI y V a.C. De su obra sólo han llegado fragmentos, pero la tradición le ha hecho autor de una Descripción de la Tierras o Periegesis, así como de una Historia o Genealogía. La primera se trataría de una obra geográfica e histórica sobre Asia y Europa; mientras que la segunda haría referencia a los dioses y a los héroes.

En cuanto a la ciencia griega, destacaron figuras como la del médico y naturalista Alcmeón de Crotona, discípulo de Pitágoras, que realizó importantes observaciones en relación a la genética y a la reproducción de los mamíferos. La medicina arcaica griega se concentró en dos escuelas fundamentales, la de Cnido y la de Cos. Tanto las matemáticas como la geometría son ciencias de origen griego, ellos establecieron la terminología y establecieron los principios (aunque algunos de ellos, como el famoso teorema de Pitágoras, ya eran conocidos con anterioridad no quedando claro si los sabios griegos copiaron o llegaron a las mismas conclusiones por caminos diferentes); las grandes figuras de las matemáticas griegas fueron Pitágoras y Tales de Mileto.

La filosofía griega, muy influida por las matemáticas, fue un producto del fecundo intercambio cultural que se desarrolló en Jonia. Los grandes filósofos arcaicos griegos fueron Tales de Mileto, Anaximandro, Anaximenes de Mileto, Jenófanes de Colofón, Heráclito de Éfeso y Pitágoras.

5. Época Clásica



El período de la Historia de Grecia comprendido entre el fin de las Guerras Médicas (500-479 a.C.) y la llegada de Alejandro Magno (336-323 a.C.) se ha denominado tradicionalmente como Época Clásica ya que durante el mismo la cultura y el pensamiento griegos alcanzaron su máximo desarrollo. Todo ello sucedió en el seno de una muy compleja sociedad en la que, como ya dijimos, nunca se formó un Estado unitario sino que fue un conglomerado de polis libres y políticamente independientes unas de otras, cada una de las cuales poseyó sus órganos de defensa y gobierno que únicamente tuvieron autoridad sobre el núcleo urbano y sus alrededores. Este régimen de ciudad-estado provocó frecuentes luchas entre las ciudades para alcanzar la hegemonía, que se manifestó en el esplendor comercial de la polis. De estas ciudades, las dos que alcanzaron una mayor relevancia fueron Esparta y Atenas, cuya organización social y política fue radicalmente distinta.

Esparta

La ciudadanía espartana estaba organizada en torno a tres clases o estamentos: los espartiacas, que eran la clase dirigente y descendientes de los conquistadores dorios; los periecos, cuyo origen se remonta a los primeros pobladores anteriores a la invasión doria; y los ilotas, la clase socialmente inferior. De ellos, sólo los espartiacas eran ciudadanos de pleno derechos.

El sistema social espartano se cimentaba sobre una estricta educación en la que el Estado actuaba como uno de los agentes principales. El recién nacido era examinado por el consejo de ancianos, los cuales juzgaban cual iba a ser su futuro; tras esto, el niño era entregado a su madre, la cual era responsable de su educación durante los siete años siguientes. A los siete años daba inicio el proceso educativo por parte del Estado, dicho proceso constaba de una serie de etapas por las cuales el niño iba atravesando, todas ellas marcadas por la sobriedad y la disciplina. A los catorce años se iniciaba el aprendizaje militar. Finalmente, a los veinte años de su nacimiento, el joven adquiría la mayoría de edad y pasaba a formar parte de las sociedades de banquetes comunales (‘pbiditia’). Desde el momento en el que el joven era aceptado en los banquetes, y hasta los sesenta años, podía ser movilizado por el ejército, por lo que debía de estar permanentemente en buen estado físico y realizar un entrenamiento constante con las armas.

Los ciudadanos de pleno derecho de Esparta estaban obligados, para mantener su posición, a participar en los banquetes comunes, ya que estos contribuían a fomentar el compañerismo y la solidaridad entre los ciudadanos, algo muy importante en la estructura militarizada de Esparta. A estos banquetes cada comensal contribuía con sus propios recursos, por lo que a la idea de ciudadanía estaba ligado el concepto de posesión de tierra con cuyos rendimientos sufragar los banquetes. El mito espartano ha ofrecido, a lo largo de los siglos, la idea de que la sociedad de Esparta era igualitaria y que en ella todos los ciudadanos poseían igual cantidad de terreno y por tanto igual cantidad de riqueza; en la actualidad esto se tiene por falso, ya que existen evidencias de la compra y venta de propiedades (aunque parece que esta práctica no era bien vista), y es razonable pensar que diferentes lotes de tierra y diferentes formas de trabajarla deberían de producir rendimientos distintos.

Los periecos constituían el segundo status social de Esparta, no eran considerados ciudadanos, pero si que compartían la denominación de lacedemonios con los espartiacas. Buena parte del territorio de Esparta era ocupado por los periecos, normalmente el territorio más pobre agrícolamente y el territorio de frontera, bien fuese con otro Estado griego o bien con los territorio ocupados por los siempre levantiscos ilotas. A los ciudadanos de Esparta no les interesaba pues, reducir a los periecos a la condición de ilotas, puesto que esto hubiera roto el equilibrio de fuerzas y habría puesto en peligro la propia supervivencia de los espartiacas. Dada la prohibición de los espartanos de dedicarse al comercio, estas actividades era desarrolladas por los periecos, los cuales gozaban de una cierta autonomía con respecto a las rígidas leyes espartanas. Los periecos desarrollaron, gracias al comercio, una clase enriquecida que parece ser no mostró ningún interés de luchar por los derechos políticos que les eran negados. Como ya hemos visto, dicha lucha había producido en otras polis el nacimiento de las tiranías, pero en Esparta no sucedió debido a que las escasas ventajas (y sin embargo muchos inconvenientes) que tenía la ciudadanía eran ampliamente compensadas con la riqueza acumulada.

En cuanto a los ilotas, mucho se ha discutido sobre su origen y el modo en el que llegaron a la situación de servidumbre a la que estaban sumidos en Esparta. En la actualidad la teoría más aceptada hace referencia a que los espartanos, en el momento de su invasión llegaron a entablar contacto (posiblemente en el valle de Helos), con una población de origen aqueo que se dedicaban al cultivo de la tierra; los espartanos los conquistaría y les obligarían a trabajar las tierras para ellos. Lentamente fueron asimilados y esclavizados. Los ilotas eran en cierto sentido esclavos públicos, pues pertenecían al Estado, el cual los concedía en propiedad a particulares. Los ilotas sufrieron un continuo aumento poblacional, pero nunca perdieron su conciencia de pueblo sometido ni sus ansias de independencia, por ello provocaron infinidad de motines hasta que finalmente fueron liberados.

Tradicionalmente se ha considerado la Rhetra de Licurgo como la primera constitución espartana y la base de su sistema social. Pero la Rhetra presenta un grave problema, tanto sobre el documento como sobre su autor, Licurgo; ya que no se han podido fijar su cronología. De acuerdo con lo contemplado en la Rhetra la vida política de Esparta estaba organizada en torno a cuatro elementos, dos reyes que conformaban un sistema diárquico de gobierno; un cuerpo de cinco magistrados, conocidos como éforos; un consejo de treinta ancianos, la Gerousía elegidos de forma vitalicia; y por último una asamblea de la que formaban parte todos los ciudadanos adultos varones, la Apella.

Atenas

A finales del siglo VI a.C. la tiranía ateniense, dirigida por los hijos de Pisístrato (Hipias e Hiparco), empezó a dar claros síntomas de agotamiento tanto por las disensiones internas como por la continua presión que en el exterior ejercía el Imperio Persa y, dentro de Grecia, la competencia con Esparta y la cada vez más poderosa Tebas, la cual encabezaba la Liga de Beocia. Tras el asesinato de Hiparco, su hermano estableció un régimen represivo y militarizado que provocó la oposición interna de los ciudadanos. La poderosa facción de los Alcmeónidas encabezó la resistencia de los atenienses exiliados, estos tras sucesivos fracasos solicitaron la ayuda de Esparta. Finalmente con la ayuda del ejército de la Liga del Peloponeso, encabezado por Esparta, la tiranía ateniense fue derrocada.

Después de la tiranía, en Atenas surgieron las figuras de Iságoras y Clístenes, ambos miembros de la rancia aristocracia pero con diferentes planteamientos políticos, el primero como representante de la aristocracia deseosa de recuperar la posición de privilegio que había perdido con el advenimiento de la tiranía; por contra, Clístenes, que a la postre era el líder de los Alcmeónidas, buscó la alianza con el pueblo y se convirtió en el paladín de las aspiraciones del demos. Iságoras buscó el apoyo del rey de Esparta, Cleómenes, el cual invadió el Ática y obligó a exiliarse a los Almeónidas; pero el demos y el consejo ateniense se opusieron a la invasión y restauraron en el poder a Clístenes. Una vez asentado en el poder, Clístenes llevó a cabo un importante conjunto de reformas tanto a nivel administrativo como político y territorial; dicho programa reformador sentó las bases para el establecimiento de la democracia en Atenas.

La estructura político-social de Atenas se fue conformando a lo largo de varios siglos, desde las reformas aplicadas por Dracón en su célebre código que, aunque contenía disposiciones muy rigurosas, representó un progreso en algunos aspectos; hasta las de Solón y Clístenes. Tanto Solón como Clístenes, con sus respectivas reformas, pusieron los cimientos para que la democracia se desarrollase en Atenas. Pero la transformación interna de la sociedad se había empezado a producir antes, y fue a causa de ella por la que hombres como los mencionados pudieron hacerse con el poder y aplicar sus idearios reformadores. El modelo según el cual unos pocos aristócratas terratenientes controlaban la riqueza y las instituciones que regían la vida del resto de la comunidad empezó a tambalearse bajo dos poderosos golpes: en primer lugar, cuando una serie de comerciantes, no pertenecientes a este grupo aristocrático, alcanzó unos niveles de riqueza comparables a los de los terratenientes, era lógico que exigiesen un poder político que se les negaba sistemáticamente; por otra parte, en el momento en el que los nuevos modelos de guerra provocaron que la forma tradicional de luchar de los nobles perdiese importancia con respecto a las formaciones de ciudadanos hoplitas, su situación como garantes del orden y veladores de la seguridad de la comunidad perdió todo apoyo. Como árbitro de estas tensiones surgió la figura de Solón, el cual trató de mejorar la convivencia social.

Solón organizó la vida política bajo unos principios de igualdad y cierta incipiente democracia. Suprimió la esclavitud por deudas, lo cual supuso una cierta liberación para los campesinos, limitó el poder de la nobleza, reestructuró las instituciones de gobierno de la polis, creó un sistema monetario propio, y en los aspectos legales codificó el derecho de Atenas reconociendo a todos los ciudadanos capacidad para la denuncia pública.

Clístenes (510-507 a.C.) por su parte, llevó al extremo las reformas solónidas. Sin llegar a instaurar un sistema democrático, la propuesta de Clístenes se basó en la igualdad de derechos políticos de todos los ciudadanos, todos tenían derecho a participar en el mismo grado en el gobierno de la polis. La soberanía política residía en la Asamblea, formada por todos los ciudadanos varones atenienses, en la que todos tenían derecho de voz y voto. Junto a ésta estaba el Consejo de los 500 que era un órgano deliberante formado por ciudadanos que se renovaban por turno. Para evitar posibles tendencias a la tiranía, Clístenes instauró el ostracismo, es decir, el destierro de la ciudad por un tiempo determinado.

El creciente poderío económico y marítimo de los griegos, especialmente de Atenas, chocó con las ansias expansionistas del Imperio persa. Tanto Darío I como Jerjes I trataron de establecer un imperio universal que se extendiera por todo el Mundo Antiguo, es decir, Asia, Mesopotamia y el Mediterráneo. El choque de intereses se materializó en una larga serie de enfrentamientos entre persas y griegos que se iniciaron en el año 500 a.C. y no finalizaron hasta el año 479 a.C. Finalmente los persas desistieron de extender sus conquistas por el Mediterráneo, al tiempo que los griegos lograron salvar su independencia.

Un poderoso enemigo: el Imperio persa

Los conflictos entre griegos y persas fueron la consecuencia del choque de dos formas diametralmente divergentes de desarrollo histórico. Los persas construyeron un imperio inmenso centralizado bajo el poder absoluto de una monarquía hereditaria; frente a ello, la compleja división territorial de Grecia, la proliferación de pequeñas polis independientes y celosamente defensoras de dicha independencia. Mientras que el Imperio Persa se extendía desde el Índico al Mediterráneo, el Ática ocupaba poco más de 2.000 km2.

Entre persas y griegos se hallaba el reino de Lidia, pieza fundamental del comercio de la zona y uno de los estados más ricos de la época. Los persas codiciaban sus inmensos tesoros, mientras que a los griegos les interesaba su independencia como garante del mantenimiento del comercio. En el año 585 a.C. los lidios y los persas firmaron un tratado fronterizo que llevaba la paz a la región. Ello permitió a los lidios dirigir sus esfuerzos expansionistas hacia Asia Menor, donde sometieron a las ciudades griegas de Jonia. Mientras tanto, en el año 559 a.C., Ciro II el Grande (559-529 a.C.) se hizo con el trono imperial persa. Parecer ser que Creso, rey de Lidia trató de formar una poderosa coalición contra Ciro II, para lo que contó con el apoyo de Amasis de Egipto y Nabónido de Babilonia, e incluso trató de atraerse a Esparta, pero sin éxito. En el año 547 a.C. Ciro se presentó de improviso, al frente de su ejército, en Sardes, la capital de Lidia, y puso fin a la conjura.

Pero Ciro no detuvo a sus ejércitos en Lidia, de allí pasó a las ciudades griegas de Asia Menor, el reino de Babilonia y la región de Palestina. Estas nuevas conquistas por parte de Ciro situaron al Imperio en una inmejorable posición comercial, desplazando a los griegos; al tiempo que en las ciudades de Asia Menor el poder persa situaba al frente de las diversas polis a una serie de tiranos afines al ideario imperial. Las ciudades griegas de Asia Menor perdieron independencia pero a cambio vieron como el comercio prosperaba gracias a los beneficios que les otorgaba el aprovechamiento de las inmensas infraestructuras del Imperio persa y las facilidades de la unidad monetaria.

Cambises II (528-522 a.C.), hijo y sucesor al frente del Imperio persa de Ciro II, contó incluso con el apoyo de los griegos en sus conquistas, como ocurrió cuando se apoderó de Egipto gracias a la flota prestada por Polícrates de Samos. Tras la muerte o suicidio de Cambises II se abrió un proceso de luchas civiles que finalizó cuando en el año 518 a.C. Darío I el Grande logró hacerse definitivamente con el poder.

Darío I realizó una importante reorganización del Imperio, hasta convertirlo en una fabulosa máquina administrativa que le permitía controlar su ingente extensión territorial por medio de un magnífico ejército y un numeroso cuerpo diplomático. A resultas de dicha organización, los persas se hicieron con el control de Samos hacia el 518-516 a.C. como paso previo de su expansión hacia Occidente; por esas mismas fechas, Darío realizó la conquista de Escitia y Tracia, quizá como han propuesto algunos investigadores, como paso previo a su proyecto de conquista de Grecia. Parece ser que Darío tuvo serios problemas en Escitia y que de no haber sido por la fidelidad de sus súbditos griegos de Jonia, la expedición hubiese sido un completo fracaso. La derrota de Darío supuso un gran varapalo psicológico ya que hasta esos momentos se tenía al emperador persa por invencible. Los griegos de Tracia se sublevaron y Darío tuvo que regresar a marchas forzadas para recuperar el control del Imperio.

Aunque aparentemente las ciudades griegas de Asia Menor no sufrieron ningún tipo de afrenta ni debió de cambiar su situación con respecto al anterior dominio lidio, lo cierto es que en el verano del 499 a.C. estalló una sublevación general contra el dominio persa. Según narra Herodoto, el líder de la revuelta fue el tirano de Mileto Aristágoras, el cual trató de este modo de no hacerse responsable de una fracasada expedición de conquista contra Naxos. La historiografía actual no da mucho crédito a la versión de Herodoto al que se ha acusado de antijonismo, y trata de buscar la explicación del levantamiento al secular odio de los griegos a la imposición de las tiranías, a su amor por la libertad y la independencia, a una supuesta recesión económica o a una mezcla de todos estos aspectos. El gran seguimiento de la sublevación, prácticamente la totalidad de las ciudades costeras la respaldaron, parece quitar argumentos a la teoría de Herodoto, ya que no es justificable que los motivos personales de un tirano fueran capaces de movilizar las fuerzas de multitud de ciudades celosas de su independencia.

Sea como fuese lo cierto es que los sublevados, bien fuera por no estar seguros del éxito del levantamiento o bien como único camino para que éste tuviese éxito, decidieron pedir ayuda a las polis del continente europeo. Aristágoras marchó a Grecia en el año 499 a.C. con el objeto de lograr el apoyo del gran poder militar griego de la época, Esparta; pero el rey Cleomenes rechazó ayudar a los insurrectos achacando que los recursos de Esparta estaban empeñados en los preparativos de la lucha contra Argos y que Jonia estaba demasiado lejos. Tan solo Atenas y Eubea mandaron algunas tropas, pero estas fueron más simbólicas que otra cosa. Pese a todo, los sublevados lograron algunos éxitos iniciales, pero una vez que la formidable maquinaria bélica de los persas se puso en marcha, los griegos estaban condenados. En el año 496 a.C. los persas tomaron la isla de Chipre y pasaron a controlar el comercio de la región, con lo que restaron importantes apoyos a los sublevados. Los persas sitiaron Mileto, el núcleo de la resistencia, y en sus costas, en la isla de Lade, tuvo lugar la gran batalla naval que decidiría el futuro de los sublevados. Tras la derrota griega en Lade, los persas acorralaron a los sublevados en Mileto y, finalmente, en el año 494 a.C. la ciudad fue tomada, arrasada y sus ciudadanos vendidos como esclavos. Tras el levantamiento y posterior represión de Jonia, sus polis, antaño el centro cultural del mundo griego, cayeron en un irreversible proceso de decadencia, pasando el relevo a las ciudades del continente europeo.

En el 492 a.C. Mardonio, yerno de Darío I, lanzó un ataque persa al interior de la Grecia continental, en el cual atacó Tracia y conquistó Macedonia. La ofensiva persa causó tal temor que estados como Tesalia, Beocia, Egina y Argos, no dudaron en prestar sumisión al Imperio Persa (491 a.C.), de hecho parece que tan sólo Atenas, y Esparta al frente de la Liga del Peloponeso, se negaron a someterse. La negativa ateniense, que nos es conocida a través de Herodoto, se considera en la actualidad como un anacronismo, ya que Atenas carecía del poder y de la representatividad necesaria para llevarla a efecto, además de estar profundamente dividida entre los que apoyaba a la antigua tiranía y sus detractores; si merece más crédito la de Esparta, que al fin y al cabo era el mayor poder militar de Grecia, con la Liga del Peloponeso detrás. De una u otra forma el ataque persa se detuvo ya que la flota de Mardonio naufragó tras la conquista de la isla de Tasos, por lo que las tropas regresaron. Para Herodoto y los historiadores clásicos, este sería el primer intento por parte de Persia de atacar y conquistar Grecia (véase: Guerras Médicas); sin embargo, la historiografía moderna cada vez es más remisa a dar crédito a esta versión y parece inclinarse por la opinión de que los persas sólo trataron de hacer lo que hicieron, esto es, conquistar Macedonia y someter Tracia.

La conflictividad entre griegos y persas

En el 490 un fuerte contingente de tropas persas se concentró en Cilicia al mando de Datis el ejército y de Artafernes la flota; en total serían unos 20.000 soldados y 800 jinetes. El ejército marchó sobre las Cícladas, tomó Naxos, respetaron Delos y pusieron rumbo hacia la isla de Eubea, tras cuya conquista se dirigieron hacia Grecia continental y procedieron a desembarcar en la llanura de Maratón, cerca de Atenas. Los atenienses, y sus aliados platenses, se apresuraron a presentar combate, mientras que el corredor Filípides fue enviado a Esparta en busca de refuerzos (cubrió la distancia que separa ambas ciudades, 225 km, en 36 horas). El ejército griego no superaría los 10.000 hoplitas pero, pese a la inferioridad numérica, logró la victoria gracias al genio militar del general ateniense Milcíades.

Tras la batalla de Maratón, Atenas dio un paso trascendental para su futuro esplendor. Pese a que la riqueza de la polis se debía al comercio marítimo, Atenas carecía de una flota poderosa, la fuerza militar se concentraba en el ejército de hoplitas, el mismo que le había dado la reciente victoria. La flota se nutría de thetes, el eslabón más bajo de la cadena social ateniense, con lo que crear una flota poderosa supondría dotar a este grupo de desfavorecidos de un poder del que hasta entonces carecían. Contra lo que pueda parecer, el motivo de la construcción de la flota no fue la amenaza persa, ya que tras Maratón se vivieron años de paz en este frente, sino la vieja enemiga de Atenas, Egina, cuya flota ponía en peligro los abastecimientos de Atenas. El magno proyecto de construcción de la flota se realizó durante el arcontado de Temístocles, entre el 493 y el 492 a.C., creándose doscientas embarcaciones.

Mientras Atenas construía su flota, Persia se veía envuelta en serios problemas internos. Maratón no había supuesto más que un pequeño contratiempo para la inmensa maquinaria bélica del Imperio, sin embargo, en Egipto estalló una revolución entre el 486 y el 485 a.C., justo a la muerte de Darío I. Por las mismas fechas se produjeron una serie de sublevaciones en Babilonia. El nuevo rey persa, Jerjes I (485-465 a.C.) se encargó de someter Egipto y Babilonia, devolviendo con ello la fortaleza al imperio. A partir del 483 a.C. Jerjes estuvo en condiciones de poner todos los medios del Imperio persa al servicio de la expansión occidental, esto es, al servicio del asalto de Grecia; el primer movimiento persa consistió en una ofensiva diplomática buscando aislar a los estados dispuestos a presentar batalla ante un más que posible ataque persa. Tras la diplomacia llegaron los preparativos bélicos. Los persas realizaron un ingente esfuerzo, se excavó un canal para facilitar el paso de la flota, se construyó un puente de barcas para cruzar el Helesponto, se colocaron enormes depósitos de víveres para asegurar el suministro del ejército, en definitiva, el Ejército persa desplegó toda su capacidad de conquista para poner fin al largo sueño de conquistar Occidente empezando por Grecia.

Ante los preparativos claramente belicistas de los persas, los griegos se dispusieron a resistir, concentrando sus fuerzas bajo el liderazgo de Esparta y Atenas. Bajo la guía de ambas polis se creó, en el 481 a.C., la Liga Helénica, de la que formaban parte todos aquellos estados dispuestos a hacer frente a los persas; los estados miembros acordaron acabar con sus rivalidades internas, mandar espías a Persia y embajadores a todas las colonias griegas en busca de refuerzos para la lucha y encomendar a Esparta la dirección de las actividades militares de la Liga. La respuesta a la solicitud de ayuda fue demoledora: Creta se negó, Corcira retrasó la salida de sus efectivos hasta el último momento, Argos se declaró neutral y Siracusa aceptó tras muchos debates; ni siquiera el oráculo de Delos apoyó a la Liga, ya que aconsejaba la huida o la sumisión.

Así las cosas, el ejército persa hizo su aparición. La Historiografía no ha logrado ponerse de acuerdo en lo referente al monto total de tropas que formaban dicho ejército, ya que mientras Herodoto hablaba de 1.700.000 soldados, 80.000 jinetes y 1.000 barcos, cifras a todas luces imposibles; los historiadores más revisionistas hablan de no más de 50.000 soldados en total, lo que carece de sentido igualmente, pues semejante contingente no causaría el pánico de los griegos como ocurrió cuando estos se enteraron del contingente de tropas persas. Sea como fuese, los persas avanzaron, con un ejército inmenso, de forma simultánea por mar y por tierra, de forma que ambas fuerzas se respaldaban mutuamente. Los griegos igualaron la maniobra y lanzaron por tierra una expedición que, comandada por el espartano Leonidas, debía bloquear el desfiladero de las Termópilas y retrasar la llegada de los persas en espera de la batalla decisiva por mar; mientras que por mar eran protegidos por la flota situada en el Artemisón al mando del también espartano Euribiades. La segunda línea se situó en el istmo de Corinto y Salamina. En agosto del 480 a.C. el ejército persa se acercaba a las Termópilas mientras que la flota iba al encuentro de los griegos de Euribiades en Artemisón. El desfiladero de las Termópilas se convirtió en una trampa mortal para las tropas de Jerjes debido a que su superioridad numérica de nada servía allí; por su parte, el combate naval de Artemisón quedó en empate, pero los persas tuvieron que sumar a los barcos destruidos los que ya habían perdido en un temporal anterior, con lo que su flota quedó fuertemente mermada.

Ante el avance persa Atenas fue evacuada y Temístocles concentró las fuerzas atenienses en Salamina, donde pretendía dar la batalla final. En septiembre del 480 a.C., en la isla de Psitalia, frente a Salamina se produjo el enfrentamiento entre ambas escuadras. Los griegos, hicieron de la desventaja numérica una ventaja, al atacar por sorpresa y de flanco, lo que imposibilitó el movimiento de la inmensa escuadra persa cuyos barcos chocaban unos contra otros. Finalmente los persas tuvieron que darse a la fuga. Con la flota destrozada, Jerjes regresó a Asia, para recuperar sus barcos; no obstante, Mardonio quedó en Grecia al mando del ejército, que se conservaba intacto, pese a las pérdidas de las Termópilas. Mardonio se retiró hacia Tesalia donde pasó el invierno.

En el 479 a.C. la guerra regresó a Grecia de la mano, una vez más, de Mardonio. En esta ocasión Atenas logró la movilización general de las fuerzas griegas contra la amenaza persa. El grueso del ejército griego se colocó bajo las órdenes del espartano Pausanias y estaba integrado por miembros de la Liga del Peloponeso, a los que se unieron los importantes contingentes de Atenas y Platea, en conjunto unos 30.000 hombres. Los persas por su parte contaban con un contingente de unos 50.000 soldados, incluyendo unos miles de griegos aliados. En la llanura de Platea ambos ejércitos se encontraron y allí Mardonio perdió la vida en medio de las acometidas persas y la defensa de los espartanos. El ejército persa, tras la muerte de su general, se desmoronó hasta tal punto que su campamento fue saqueado por las tropas griegas. Poco después de la batalla de Platea, la flota griega, a las órdenes del espartano Laotíquidas, se dirigió a Asia Menor donde arrasó a las tropas de refuerzo que Jerjes estaba reuniendo para socorrer a Mardonio. Con esta acción, las ciudades griegas de Asia Menor fueron liberadas de la presión persa y recuperaron su independencia.

Con la derrota de los persas se puso fin a las denominadas Guerras Médicas, de las cuales los griegos salieron con una fortalecida conciencia de pertenencia a un único pueblo, pero sin llegar a crear una nación que los englobase a todos bajo unas mismas leyes o un mismo gobierno. Los griegos continuaron con su secular independencia, imponiéndose el sentimiento localista sobre la idea de un Estado general, incluso tras haber comprobado como sólo unidos eran capaces de derrotar a sus poderosos enemigos. Un buen ejemplo de este sentimiento fueron las represalias que los vencedores, atenienses y espartanos principalmente, tomaron sobre todos aquellos que apoyaron a los persas, como en el caso de Tebas, cuyos dirigentes fueron ajusticiados públicamente.

La Pentecontecia o el triunfo de Atenas (479-431 a.C.)

La Pentecontecia (literalmente ‘cincuenta años’) es el nombre que tradicionalmente ha recibido el período de la Historia de Grecia que transcurrió desde el triunfo griego en la batalla de Platea hasta el estallido de la Guerra del Peloponeso y que supuso la época de esplendor del imperialismo ateniense o la hegemonía de Atenas sobre el resto de las polis.

Si bien la derrota de los persas se debía fundamentalmente al genio militar de los espartanos, durante las Guerras Médicas se dejo ver la importancia de un nuevo arma militar, la flota, en la que Atenas tenía una considerable ventaja sobre el resto de las polis. Una vez terminado el conflicto, la secular rivalidad entre Esparta y Atenas resurgió en los términos acostumbrados, lo cual hizo imposible una hipotética unión griega, situación que de todas formas nunca llegó a plantearse.

Atenas disponía de una situación geográfica privilegiada, favorecida con la protección de las montañas por un extremo y dotada de un inmejorable puerto por el otro, la ciudad tenía todo a su favor par convertirse en una gran potencia hegemónica de la Antigüedad, pero, no obstante, la ciudad había sido saqueada y destruida por los persas en el reciente conflicto. Por ello, Temístocles instó a los ciudadanos a aprobar su plan de fortificaciones que consistía en la reconstrucción de una muralla defensiva que acabase de una vez por todas con su debilidad ante los ataques terrestres. Los planes de Temístocles chocaban con la oposición de polis como Egina, ciudad que se encontraba en guerra con Atenas en el 491, cuando la Liga Helénica ordenó la paralización de todos los conflictos entre los griegos; Corinto y Mégara, pero sobre todo con la absoluta negativa de Esparta, que veía como la refortificación de Atenas podía poner en peligro su supremacía militar, por lo que llegó incluso a amenazar abiertamente a Atenas para que no siguiera con las obras. Finalmente, tras una serie de hábiles negociaciones Atenas llevó a cabo, hacia el 478 a.C., la construcción de la muralla, la edificación y fortificación del nuevo puerto de El Pireo, éste más que un puerto era todo un conjunto portuario con varios embarcaderos, almacenes y una inexpugnable fortaleza defensiva. Todo este complejo defensivo se completó entre el 458 y el 456 a.C. con la edificación de los conocido como muros largos, una gigantesca obra arquitectónica consistente en dos anchos muros de 7,5 y 6,5 km respectivamente que bordeaban toda la ciudad hasta El Pireo y que hacían imposible que esta fuese asediada y rendida por hambre.

En la primavera del año 478 a.C. la flota de la Liga Helénica, con una amplia participación ateniense, se puso bajo la dirección de Pausanias con el fin de acabar definitivamente con la amenaza persa sobre territorio griego. La flota se apoderó de Chipre y Bizancio, pero a pesar de estos éxitos, Pausanias era un personaje con demasiados enemigos, una conjura, difamatoria o no, en la que se le acusaba de complicidad con los persas, acabó por costarle el puesto; fue sustituido por Dorcis. Entonces se revelaron los verdaderos motivos de los conjurados, ya que salvo los peloponesios, el resto de los aliados se negó a servir bajo la órdenes del almirante espartano y solicitaron un mando ateniense. Dorcis, humillado, se retiró de la Liga llevándose con él a los barcos peloponesios. Desde ese momento la Liga Helénica pudo darse por desaparecida, máxime cuando en ese mismo año (478 a.C.) se creó una nueva alianza que recibió el nombre de Liga de Delos y que se colocó bajo la dirección de Atenas. De este modo Grecia se dividió entre la Liga del Peloponeso y la Liga de Delos, o lo que es lo mismo entre aliados de Esparta y de Atenas. La sorprendentemente nula respuesta espartana ante la creación de la Liga de Delos pudo deberse a un error de cálculo, la tarea que quedaba por realizar para que los persas dejasen de ser una amenaza, es decir, liberar las ciudades griegas de Asia Menor, exigía de la creación de una poderosa escuadra y la disponibilidad de un ejército que luchase de forma continua en territorios lejanos por una causa que no le concernía directamente. Esparta no tenía los recursos para permitirse construir una flota y además su ejército difícilmente estaría dispuesto a luchar en Asia no estando directamente amenazada la polis. A ello es necesario añadir que Esparta se encontraba con problemas internos en algunas de las polis sometidas bajo su influencia. Por todo, para Esparta, que el liderazgo y por tanto el peso de las operaciones bélicas pasase a Atenas fue visto con satisfacción.

La isla de Delos se convirtió en el centro de la nueva Liga, allí se reunían los representantes de todos las polis aliadas. Todos los estados, incluido Atenas, emitían un único voto por representante y todos tenían un solo representante, pese a lo que Atenas se hizo con el poder absoluto de la Liga al controlar el voto de numerosos estados pequeños que bien por temor bien por afinidad seguían los dictados atenienses. Los gastos se repartían de forma equitativa, de igual manera que los contingentes aportados por cada miembro. Todos los miembros debían contribuir con tropas al ejército de la Liga, contemplándose la posibilidad de retribuir con dinero (phoros) al Tesoro de la Liga en caso de no poder contribuir con soldados. El tesoro de la Liga, que llegó a ser inmenso, se puso bajo la custodia del templo de Apolo de Delos, aunque en el año 454 a.C. fue trasladado a Atenas. La Liga se constituyó desde el principio como una alianza a perpetuidad con el fin de combatir contra los enemigos, bárbaros, comunes; pero en ningún momento se estipularon los derechos y condiciones bajo los que una polis en concreto podía abandonar la alianza. Ello motivó que Atenas, como cabeza indiscutible de la Liga, se aprovechase del vacío legal para castigar toda discrepancia o intento sedicioso. Se ignora quienes fueron con exactitud los primeros miembros de la Liga, aunque es de suponer que formaban parte de la misma la mayor parte de las ciudades de las Cicladas, Samos, Lesbos y Quíos, además de algunas de la península Calcídica y Asia Menor.

Parece ser que el primero en dirigir la Liga fue Cimón, hijo de Milcíades, el vencedor de Maratón; y que la primera acción de la misma fue desalojar a Pausanias de Bizancio, el cual, al parecer, jugaba entre la fidelidad a Esparta y a Persia. Lentamente la Liga fue realizando una serie de operaciones militares que, de forma indiscutible, beneficiaban fundamentalmente a Atenas y que llegaron a su punto extremo cuando Caristo fue conquistada y obligada a ingresas en la Liga hacia el 472 a.C. Dos años más tarde (470 a.C.), una vez superado el peligro persa y ante el cada vez más evidente aprovechamiento de la Liga para el beneficio ateniense, Naxos abandonó la alianza. Atenas no podía consentir semejante acción, a riesgo de perder todo su poder y el control sobre la Liga, por lo que se procedió a reincorporar a Naxos por la fuerza. La inclusión de Caristo y Naxos dio el poder absoluto a Atenas y creó una nueva categoría de asociación, los estados sometidos, cuyo número creció incesantemente.

En el año 464 a.C. Esparta, tras los desastres de un terremoto y una sublevación general de los ilotas y mesenios, se vio obligada a pedir ayuda a Atenas. Cimón y 4.000 hoplitas atenienses acudieron, tras una dura negociación, por parte de Cimón, con las Asambleas. Pero una vez que pasó el peligro los espartanos expulsaron a lo atenienses, lo que supuso la ruptura de las “buenas” relaciones mantenidas entre Esparta y Atenas. El desaire espartano también tuvo importante consecuencias en Atenas. Cimón fue condenado al ostracismo y el partido democrático se hizo con el poder desplazando al aristocrático. Los nuevos jefes de la política ateniense eran Efialtes y Pericles (462 a.C.). Ambos pusieron en marcha un proceso reformador tendente a desplazar al Areópago como tradicional fuente de poder, por lo que se privó a esta asamblea de su labor supervisora de los magistrados y se le concedieron a cambio labores meramente ceremoniales. Por las reformas emprendidas fue asesinado Efialtes en el 461 a.C., pero Pericles tomó el relevo y llevó la política reformadora, de lo que después se dio en llamar democracia radical, hasta sus últimas consecuencias que supusieron conceder al demos la total soberanía política y judicial.

Atenas llevó a cabo una política continental tendente a reforzar bajo cualquier medio su posición sobre Esparta, para ello, y aprovechando la debilidad de Esparta como consecuencia de la sublevación ilota, se lanzó a atraerse la fidelidad de los aliados espartanos. De este modo logró la adhesión de Argos, Farsalia, Mégara y Tesalia. Esparta no vio con agrado semejante crecimiento del poder ateniense, pero su situación interna le impedía hacer frente al poderoso enemigo ateniense. No obstante, la incorporación de Mégara a la órbita de Atenas provocó que Corinto, eterno enemigo de Mégara, estrechase sus lazos con Esparta.

A la muerte de Jerjes en el 465 a.C., una serie de sublevaciones independentistas recorrieron el Imperio. Una de ellas fue la del príncipe libio Ínaro, que se levantó en Egipto y llamó a los atenienses en su auxilio. Atenas invadió el Bajo Egipto pero no pudo apoderarse de Menfis, donde se refugiaron los persas y sus aliados. La respuesta persa fue contundente y los griegos, junto con sus aliados, fueron masacrados en Prosopitis.

En el año 458 a.C. la situación en Grecia continental dio un importante vuelco. En esas fechas un ejército espartano penetró en Grecia central, en teoría para defender a sus tradicionales aliados de la Dóride frente a las agresiones de los habitantes de la Fócide. Comenzaba así la que se ha dado en llamar Primera Guerra Sagrada. Para semejante operación de castigo Esparta movilizó a 1.500 hoplitas lacedemonios y 10.000 auxiliares aliados, es decir, un inmenso ejército para una operación a priori tan nimia. Detrás de esta maniobra espartana se encontraba la reacción de Esparta ante las continuas provocaciones de Atenas; los espartanos no podían tolerar el aumento de poder de los atenienses entre sus antiguos aliados. Al mismo tiempo, los atenienses no podían permitir una incursión espartana al norte de su territorio y menos en defensa de una potencia hostil como era Tebas. Así las cosas, la guerra parecía inminente. Pericles se encontró con gran parte de su ejército inmovilizado en Egipto y en Egina por lo que reclutó nuevas tropas en Atenas y exigió la ayuda de Beocia. Ambos ejércitos se encontraron en Tanagra, donde la victoria se decantó del lado de Esparta, una vez más su falange fue superior. No obstante unos y otros se retiraron del campo de batalla y ni vencedores ni vencidos sacaron provecho ninguno de ella. Al año siguiente (457 a.C.) los atenienses, ya repuestos de la derrota anterior, atacaron Beocia, esta vez sin la intromisión de los espartanos, con lo que logró que tanto la Fócide como la Lócride se uniesen a la Liga de Delos. Atenas se encargó de alimentar los conflictos internos de Beocia y de apoyar a todos los enemigos de Tebas. En esas mismas fechas Egina, exhausta, se rindió y se unió a la Liga. Las costas del Peloponeso fueron barridas por las incursiones piráticas de Tólmides, que saqueó numerosas ciudades huyendo antes de que llegasen los refuerzos, lo que ponía en evidencia el poderío naval ateniense frente a las tropas de Corinto, incapaces de frenar la rapiña.

Atenas empezaba, no obstante a sus victorias, a dar síntomas de agotamiento, fundamentalmente por el desastre de su expedición a Egipto. Por ello, hacia el 454-453 a.C. Atenas firmó una tregua por cinco años con Esparta. Posteriormente, hacia el 449-448 a.C. firmó la paz con Persia mediante el misterioso tratado de Calias, del cual se duda incluso si llegó a existir.

Pese a las sucesivas paces, los conflictos prosiguieron ya que la paz con Esparta no llegó a cumplirse. En el 448 a.C. ambas potencias se enfrentaron de forma indirecta en la denominada Segunda Guerra Sagrada. Los focidios atacaron Delfos, provocando la reacción de Esparta que expulsó a los atacantes, pero cuando las tropas espartanas se retiraron, los atenienses volvieron a colocar a los focidios en Delfos. Hacia el 447-446 a.C. exiliados beocios y locrios, apoyados por Tebas, se apoderaron de Ocrómeno y Queronea. Atenas, capitaneada por Tólmides, reconquistó Queronea, pero fracasó en Ocrómeno. En el verano del 446 a.C. se produjo la sublevación de Eubea y casi al mismo tiempo la de Mégara. Todas estas insurrecciones simultáneas pueden indicar la acción oculta de Esparta, como coordinadora de las mismas. Atenas tuvo que evacuar Beocia, al tiempo que en Mégara sufrió una dura derrota. Los espartanos por su parte invadieron el Ática. Entonces, Perícles sobornó al rey espartano, Plistoanacte, y las tropas de Esparta se retiraron. Tras esto Atenas se concentró en recuperar Eubea y una vez logrado firmó una paz con Esparta por treinta años y Atenas se comprometió a la devolución de una serie de polis, entre las que pudo estar Egina.

La Paz de los Treinta Años fijó las fronteras entre Atenas y Esparta, así como sus respectivas áreas de influencia. Las polis que no perteneciesen a ninguna de las dos ligas, es decir, las neutrales, podían adherirse libremente a cualquiera de ellas o permanecer independientes.

De la Liga Ática al Imperio

La transformación de una alianza interestatal encabezada por Atenas, pero en la que todos los países conservaban su independencia, a un imperio ateniense no se produjo de forma brusca o violenta, sino que fue un proceso lento y evolutivo. Desde un primer momento Atenas encabezó la Liga de Delos, y desde un principio estuvieron claros los deseos expansionistas de los atenienses. Es lógico pensar que para el resto de las polis esto pudiera suponer un inconveniente, pero ellos por su parte se beneficiaban de una formidable maquinaria bélica que les mantenía a salvo de los ataques persas, cuya dominación era mucho más odiada que la de los atenienses. De este modo, en la evolución de la Liga en Imperio hubo dos hitos importantes, el primero en el año 454 a.C. cuando alegando motivos de seguridad tras la derrota en Egipto, los atenienses se adueñaron del Tesoro de la Liga y lo transportaron a Atenas, lejos del control de sus aliados; la segunda fecha importante fue la de 449-448, cuando se firmó el Tratado de Calias, por el cual la Liga perdía todo su sentido de existencia, ya que al firmar la paz con Persia no tenía sentido una Liga militar creada para hacer la guerra a los persas. No obstante, la Liga permaneció viva debido al empeño de Atenas, que veía en ella el mejor vehículo para extender su poder por Grecia.

Para afianzar su dominio sobre la Liga Atenas recurrió a la fuerza de su impresionante escuadra que le permitía desplazar sus tropas a gran velocidad. De este modo atacó Naxos y Tasos cuando estas trataron de salir de la Liga; es posible que dicho ataque se realizase con el consentimiento e incluso por orden del Consejo de la Liga; de todas formas, los intentos de abandonar la Liga se repitieron a lo largo de la segunda mitad del siglo V a.C. y fueron igualmente reprimidos, en esta ocasión, de forma unilateral e independiente por parte de Atenas. Por otro lado, Atenas hizo un próspero proselitismo a favor del establecimiento de instituciones en todos sus aliados, que en algunas ocasiones llegó incluso a la imposición forzosa de asambleas ciudadanas o al derrocamiento de gobiernos autoritarios. Atenas dotó a algunos de sus aliados con guarniciones militares atenienses, en teoría en beneficio de su seguridad, pero en la práctica como método de coerción y control; del mismo modo, enviaron comisarios que vigilaban que se cumpliesen lo ordenado en un principio por la Liga y posteriormente por Atenas directamente. Atenas creó la proxenia, institución por la cual un ciudadano de un Estado aliado, al servicio de Atenas, se encargaba de defender y hacer respetar los intereses de Atenas en esa ciudad. Con el mismo objetivo de controlar a sus aliados, Atenas instituyó las cleruquías, esto es, la implantación de colonos atenienses en las ciudades aliadas como propietarios de las tierras confiscadas a los disidentes.

La Liga, una vez convertida en un utensilio al servicio de Atenas, esto es, convertida en el imperio ateniense, adquirió un importantísimo papel económico. La fuerza principal de la Liga, y el objeto que en última instancia mantenía su integridad, era la impresionante flota, que pese a construirse en un principio como arma contra los persas, acabó por constituirse en el mejor medio para poner fin a la piratería en el Mediterráneo oriental y facilitar de ese modo la prosperidad del comercio de todos los miembros de la Liga, aunque los atenienses eran los que salían más beneficiados. Pero para muchos miembros de la Liga, esta seguridad y los beneficios comerciales de ella derivados no compensaban la pérdida de su independencia ni el pago del tributo a la Liga (phoros), lo cual explicaría la multitud de sublevaciones que se desarrollaron en su seno. Al constituirse la Liga se estipuló, como ya se ha dicho, el phoros como medio de compensar la no prestación de ayuda militar por parte de algunos aliados. Reunidos todos los fondos de la Liga y tras hacer frente a los diversos gastos de defensa, el dinero sobrante se ingresaba en el Tesoro de la Liga, del cual Pericles logró, 450 a.C., que salieran los fondos para reconstruir la Acrópolis de Atenas. La gran beneficiada del uso del Tesoro era invariablemente Atenas, ya fuese directamente o bien por medios indirectos como la contratación de su mano de obra para las diferentes obras sufragadas a costa de los ingresos de la Liga. Un paso muy significativo de la influencia de Atenas sobre sus aliados se dio hacia el 449-448 a.C. o bien hacia 425-424 a.C. y consistió en la unificación de moneda, pesos y medidas de todos los miembros de la Liga según los establecidos en el Ática.

En el 431 a.C. el imperialismo ateniense, en su momento de mayor apogeo, chocó frontalmente con los intereses de las otras dos grandes potencias del momento, Esparta y sobre todo Corinto. Dicho enfrentamiento, que se extendió de forma intermitente hasta el 404 a.C., ha pasado a la Historia con el nombre de la Guerra del Peloponeso. Al final de la Guerra del Peloponeso todos los contrincantes se encontraban exhaustos, pero la gran derrotada fue Atenas, la cual firmó la paz a costa de renunciar a su Imperio, a las fortificaciones de la ciudad y a su flota, la fuente de su poder. La hegemonía pasaba ahora a Esparta, la gran triunfadora del conflicto.

Atenas cayó derrotada precisamente por falta de aquello que la había encumbrado, dinero. Llegó un momento, a medida que fue perdiendo territorios, en que la polis era incapaz de seguir pagano a sus ejércitos, de reponer sus bajas, de movilizar su flota, llegó un momento en suma en que Atenas estaba arruinada. Su retroceso político fue tal que pasó de un sistema ampliamente democrático a reinstaurar la tiranía, fue el período denominado de los Treinta Tiranos, en el cual la ciudad estuvo gobernada por un consejo de treinta oligarcas que ejercieron un poder ilimitado.

Esparta, por su parte, representa el caso contrario, fue la vencedora de la guerra y lo fue gracias al oro de Persia. Pero tuvo que pagar un alto precio, la fractura social que se produjo como consecuencia de la ruptura del equilibrio poblacional entre ciudadanos e ilotas, lo que motivó numerosos conflictos.

Tesalia apenas si sufrió las consecuencias de la guerra, su rico y gran territorio le permitió mantener perfectamente su economía en los valores de antes del conflicto, e incluso se convirtió en uno de los principales proveedores de grano de Grecia; al tiempo que dio refugio a gran número políticos exiliados.

La confederación de Beocia fue quizá la más beneficiada por la guerra, especialmente Tebas, cuya población no dejó de crecer, en un período en el que el resto de las polis perdían habitantes, y cuya economía se benefició de una poderosa mano de obra y un rico suelo que cultivar.

Hegemonía de Esparta (404-371 a.C.)

El siglo V a.C. marcó el ascenso y esplendor de Atenas hasta el punto de relegar a un segundo plano al resto de la polis griegas, pero en el éxito de Atenas se encontraba la semilla de su fracaso. Atenas había logrado imponerse por medio del miedo, en un primer momento miedo al enemigo persa, y posteriormente miedo a los propios atenienses y a sus represalias en caso de ser abandonados por alguno de sus aliados. De este modo, Atenas logró un dominio de cincuenta años en los que fue la potencia hegemónica de toda Grecia, pero lentamente, sus enemigos empezaron a organizarse y sus aliados a cansarse del poder ateniense. Así llegamos a la Guerra del Peloponeso en el que el poder ateniense fue sustituido por Esparta, la triunfadora de la guerra.

Derrotada Atenas, la unanimidad de sus enemigos se deshizo con la misma facilidad con la que se había construido. Esparta y Persia entraron en guerra, y en el 395 a.C. Esparta tuvo que hacer frente a una coalición formada por Atenas, Argos, Beocia y Corinto. Si los antaño aliados de Esparta en su lucha contra Atenas no tuvieron inconveniente en aliarse con Atenas en nuevas luchas con Esparta, fue debido a que los espartanos, tras acabar con el poderío ateniense, trataron de ocupar el papel de Atenas como potencia hegemónica, y someter así a sus aliados a su propio imperialismo.

Lisandro fue el encargado de realizar las reformas necesarias que permitiesen a Esparta ocupar el lugar hegemónico de Atenas. Si ésta había impuesto la democracia entre sus aliados, ahora Esparta sustituía varios gobierno democráticos por sistemas oligárquicos; si Atenas hizo uso de la proxenia y las cleruquías, Esparta creó las decarquías, junta de gobierno de diez personas, afines a Esparta, que fue instaurada en algunos estados aliados; para vigilar a sus aliados establecieron en las polis la figura del hermostas, funcionarios militares. Pero la política de Lisandro era excesivamente impositiva, y podía llevar a una sublevación general, por lo que sus métodos fueron, en parte, suavizados con las propuestas del moderado Pausanias, a partir del 403 a.C.

Según los acuerdos políticos firmados por la alianza de Esparta y Persia contra Atenas, los persas tuvieron manos libres sobre las ciudades griegas de Asia Menor, que se convirtieron en fuente de mercenarios para los conflictos internos persas. Así, cuando a la muerte de Darío II (404 a.C.) el imperio pasó a su hijo Artajerjes II, el hijo menor Ciro, se sublevó y contó con el apoyo de los griegos de Asia Menor, e incluso con el de Esparta; el apoyo de los griegos le dio una importante ventaja militar ya que las tropas griegas eran muy superiores al resto; no obstante, Ciro falleció en el campo de batalla de Cunaxa y los mercenarios griegos se retiraron. Los conflictos entre persas y griegos fueron una constante en Asia Menor, en ellos Esparta malgastó gran parte de su poderío militar mientras Persia, que en una guerra de desgaste como aquella lo tenía todo a su favor, mandaba una oleada tras otras, año tras año, de lo que parecían ser interminables soldados. En el año 394 a.C. los espartanos fueron totalmente derrotados en la batalla naval de Cnido, por una importante escuadra de Rodas, Chipre y Fenicia. Esta derrota trajo como consecuencia que las ciudades de Asia Menor dejasen de confiar en Esparta y abrazasen la causa de Persia, al tiempo que los restos del ejército espartano regresaban precipitadamente a Grecia ante las dificultades allí surgidas.

Mientras los ejércitos espartanos se encontraban luchando en Asia Menor, la diplomacia persa se había encargado de emplear el oro persa en comprar las lealtades de numerosas ciudades griegas, con el fin de que estas se sublevasen y restasen fortaleza a los espartanos. Si al soborno persa se suman los deseos de venganza de Atenas y los deseos de recuperar su autonomía de Tebas, Corinto y Argos, la revolución (conocida en la historiografía como la Guerra de Corinto) era un hecho. El pretexto fue una guerra local entre focidios y locrios por motivos fronterizos. Inmediatamente Tebas se colocó del lado de los locrios y los focidios pidieron ayuda a Esparta. Cuando Esparta entró en el conflicto, Tebas solicitó la ayuda de Atenas, deseosa de venganza tras la humillación de la Guerra del Peloponeso, Atenas aceptó. Las tropas espartanas fueron divididas en dos bajo el doble mando de Lisandro y Pausanias II, fueron derrotadas, las de Lisandro, en Haliarto; mientras que Pausanias se retiró. Este triunfo animó a Argos y Corinto, además de varias polis menores, a unirse a la coalición tebano-ateniense. Con el resultado de los enfrentamientos por decidir, llegó el año 394 a.C. y con él el desastre naval de Cnido, en el que los espartanos perdieron su flota. En el 392 a.C., Esparta se encontraba agotada y al borde del desastre por lo que trató de firmar la paz con los persas, pero no logró ningún acuerdo por lo que tuvo que proseguir la lucha. Atenas por su parte, que había creado el espejismo de una falsa y milagrosa recuperación gracias al oro persa, se encontró en una situación desesperada cuando los persas cortaron el suministro de oro. Finalmente hacia el 388-387 a.C. los persas firmaron la paz del Rey (o paz de Antálcidas) con los espartanos, una vez que comprobaron la inviabilidad de utilizar a los atenienses como palanca par deshacerse de los espartanos, decidieron usar a estos para controlar Grecia. Firmada la paz entre Esparta y Persia, Atenas era incapaz de seguir la lucha por si sola, por lo que firmó un tratado con Esparta que puso fin a las hostilidades, Argos, Tebas y Corinto hicieron lo mismo. La paz del Rey sumía en la ruina a Atenas, desmantelaba la Liga de Beocia, en torno a Tebas, y ponía fin a la unión entre Corinto y Argos; mientras Esparta y la Liga del Peloponeso fueron las grandes beneficiadas del tratado.

Una vez que Esparta recuperó su supremacía sobre Grecia llevó a cabo una serie de venganzas sobre todos aquellos estados que o bien le habían retirado su apoyo o bien se le habían opuesto abiertamente. El primero de ellos fue Mantinea que en el 385 a.C. fue destruida y fragmentada en cinco aldeas. Posteriormente cayó Fliunte; y en el 382 a.C. las ciudades de la Calcídica con Olinto a la cabeza. En ese mismo año el general lacedemonio Fébidas, cumpliendo órdenes de Esparta, dio un golpe de Estado en Tebas y colocó en el poder a Leontíadas. En el 379 a.C. los opositores tebanos, pagados y organizados por Atenas, dieron un contragolpe y expulsaron de la ciudad a los partidarios de Esparta. A todo este movimiento de alianzas hay que sumar la intensa labor diplomática de Atenas que firmó una serie de tratados bilaterales con multitud de polis. La hegemonía de Esparta estaba en peligro.

Finalmente en el 377 a.C. Atenas, que había reorganizado sus finanzas y construido nuevos barcos, creó la Segunda Confederación Marítima Ateniense, que contaba con un total de 75 ciudades (número mucho inferior al de la Liga de Delos). La nueva Liga ateniense, gobernada por un consejo federal con sede en Atenas, permitió la libertad de los estados miembros a regirse de la manera que creyeran conveniente, al tiempo que se prohibió la imposición de guarniciones o gobernadores de unos estados a otros, se negó también el derecho a establecer compensaciones económicas en forma de phoros y a establecer cleruquías. No obstante, en el 373 se hizo necesario la creación de un tributo (syntaxeis) para hacer frente a los gastos de la Liga.

Tebas por su parte, una vez recuperada su independencia tras la invasión espartana, se ocupó de reorganizar la Confederación Beocia al mismo tiempo que perfeccionaba su maquinaria bélica. De este modo, hacia el 377 a.C., había tres potencias en liza, de las cuales la más poderosa era Esparta cuyo objetivo consistía en deshacer tanto la Liga ateniense como la de Beocia; por su parte, Atenas veía con buenos ojos la recuperación de Tebas ya que podía ser una aliado contra Esparta, al mismo tiempo que le preocupaba que se hiciese demasiado poderosa para que no interfiriese sus futuros planes expansivos; Tebas, por su parte, temía un posible acercamiento entre Esparta y Atenas que la dejase sola ante ambas potencias.

Entre el 377 y el 375 a.C. los espartanos fueron derrotados tanto por la Liga Beocia como por la de Atenas. Pero los temores de Atenas se hicieron realidad en el 373 a.C., cuando Tebas arrasó Platea, tradicional aliada de Atenas. Por este motivo, en el 371 a.C., Atenas firmó la paz con Esparta en la que los primeros reconocían la hegemonía terrestre de Esparta y estos la marítima de Atenas. Sólo Tebas se opuso a la firma del tratado, lo que motivó que el rey espartano Cleómbroto invadiese Beocia; los tebanos presentaron batalla en Leuctra dirigidos por Epaminondas. Para asombro de toda Grecia, Epaminondas, con una agresiva y novedosa táctica, logró un rotundo éxito y causó la muerte de un tercio de los espartanos en edad de combatir, pero aún quedaban dos tercios. Por este motivo, los tebanos buscaron nuevas alianzas para aniquilar definitivamente el poder de Esparta. Atenas rehusó, no así Tesalia. Jasón de Feras marchó desde Tesalia con su poderosa caballería, en teoría para ayudar a Tebas, e impuso un arbitraje, seguido de una paz entre Esparta y Tebas. Jasón pretendía con esta maniobra no contribuir a sustituir un potencia por otra, ya que él mismo tenía planes de hacerse con el control de Grecia. Con este objetivo, de regreso a su patria tomó Heraclea, para usarla como cabeza de puente.

Hegemonía de Tebas (371-362 a.C.)

Tras el desastre de Leuctra, Esparta se replegó a su territorio, mientras que Tebas, el vencedor de la contienda se dispuso a extender sus redes sobre toda la Liga Beocia; sobre todo después de que Jasón de Feras fuese asesinado en el 370 a.C., con lo que se eliminaba a un peligroso aliado que en cualquier momento podía convertirse en un aún más peligroso enemigo. A partir del 370 a.C., los focidios, locrios, malios, acarnienses y otros muchos pueblos, que hasta ese momento formaban parte de la Liga de Atenas, pasaron a la Liga Beocia.

Mientras Tebas se extendía por Beocia y entraba en conflicto con Atenas, en el Peloponeso el debilitamiento del poder espartano estaba provocando una auténtica revolución, ya que multitud de ciudades se sublevaron contra los gobernantes impuestos por Esparta y adoptaron regímenes democráticos. Mantinea por su parte, reunificó su territorio; Argos asesinó a todos los ciudadanos afines a Esparta; en Tegea estalló una guerra civil entre oligarcas y demócratas. Con el apoyo de Epaminondas se creó la Liga de la Arcadia, cuya capital se instituyó en la ciudad de Megalópolis, creada ex proceso con ese fin. Esparta se negó a reconocer esta nueva Liga y Epaminondas lanzó al ejército tebano contra los lacedemonios. Ante la proximidad del ejército enemigo, y debido a la desmoralización de las últimas derrotas, los ilotas desertaron en masa y los periecos se negaron a luchar, sólo la crecida del río Eurotas salvó a los espartanos del desastre, ya que el enfrentamiento no tuvo lugar por esta causa. Pero Tebas no estaba dispuesta a quedarse así. Epaminondas marchó sobre Mesenia, la eterna enemiga y esclava de Esparta, y la liberó; todos los mesenios y descendientes repartidos por el mundo griego fueron invitados a regresar a su patria. Con éste golpe Esparta se hundió definitivamente ya que perdió más de un tercio de su territorio, la mayor parte de la mano de obra y muchos de sus ciudadanos perdieron dicho status al no poder hacer frente a sus compromisos económicos.

Ante la impresionante expedición de Epaminondas, Esparta se vio obligada a pedir ayuda a Atenas, la cual por su parte, estaba deseosa de parar los pies de la arrogante Tebas. Lo que Tebas más temía se hizo realidad con la firma de un tratado entre Esparta y Atenas por el cual se comprometían a defenderse mutuamente. La primera consecuencia de este tratado fue el freno, en el 369 a.C., de las acciones de Epaminondas por la presencia de un importante ejército mandado por Atenas y en el que había un importante contingente de mercenarios siracusanos.

Tras la muerte del tirano Jasón de Feras, Tesalia fue sacudida por una serie de luchas civiles en las cuales los oponentes pidieron por un lado ayuda a Tebas y por otro a Macedonia. Tebas envió un ejército al mando de Pelópidas en el 369 a.C. Éste hizo una incursión en Macedonia en la cual capturó al joven hijo del rey Alejandro II, Filipo. Finalmente en el 364 a.C. Pelópidas murió en combate cuando se enfrentaba al tirano Alejandro de Feras.

A partir del 368 a.C. empezaron diversas reuniones e intentos de acuerdo para alcanzar una paz entre los diversos estados griegos, pero ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo se propuso la mediación de Persia, la cual propuso un tratado que prácticamente dejaba toda Grecia desarmada frente a Tebas, por lo que causó el rechazo de buena parte de los estados beligerantes. En aquellos momentos Atenas se encontraba enfrascada en complicados juegos políticos por medio de los cuales estaba extendiendo su área de influencia hacia el Quersoneso tracio (actual península de Gallípoli), por lo que no estaba para nada dispuesta a deshacerse de su flota como le exigía el tratado persa. Para contrarrestar el resurgir ateniense, Epaminondas se enfrascó en un doble juego, por un lado se trataba de una lucha diplomática para restar aliados a la Liga de Atenas, lo que consiguió con Bizancio, Rodas y Quíos; por otro, Tebas necesitaba una flota que hiciera frente a la ateniense.

Un conflicto político-religioso en Arcadia desató de nuevo las hostilidades por toda Grecia. Debido a un incidente en los Juegos olímpicos, la Liga de la Arcadia se dividió, por un lado Mantinea que, junto con un numeroso grupo de polis, se alió con Atenas, Esparta, Élida y Acaya; mientras que Megalópolis y Tegea se unieron a Tebas. En el verano de 362 a.C. Epaminondas se dirigió al Peloponeso con la idea de restaurar su influencia sobre la Liga de la Arcadia. En la llanura de Mantinea se encontraron los ejércitos de las dos coaliciones. El resultado de la batalla fue indeciso, pero Tebas perdió a su gran general, Epaminondas, y sin él, su hegemonía no podía prevalecer.

Un nuevo poder: Macedonia

La accidentada parte septentrional de la península Balcánica, surcada de ríos y compuesta por pequeñas llanuras, constituía el territorio de Macedonia. Fueron precisamente estos elementos geográficos los que hicieron de Macedonia un lugar invertebrado políticamente hablando, dividido entre varios poderes, pero con recursos muy abundantes. Era el más extenso de los territorio griegos pero carecía de unidad política e incluso cultural. Los macedonios permanecieron al margen del devenir del resto de los pueblos griegos por lo que, pese a que pertenecían al mismo grupo étnico y hablaban la misma lengua, en numerosas ocasiones fueron considerados dentro de los pueblos bárbaros. Pero desde el siglo V a.C. esta situación empezó a cambiar, gracias principalmente al impulso del primer rey conocido de Macedonia (se sabe que hubo reyes anteriores pero las fuentes historiográficas no han destacado sus nombres), Alejandro I Fiheleno (494-454 a.C.). Alejandro I logró que Macedonia fuera reconocida por el resto de los estado griegos como uno de ellos, al tiempo que reformó el ejército hasta convertirlo en un instrumento adecuado para mantener sus fronteras y consolidar las conquistas; no obstante, supo mantenerse al margen de las Guerras Médicas. Su sucesor, Pérdicas II, continuó la política de neutralidad para con los conflicto griegos y logró mantenerse al margen de la Guerra del Peloponeso. Arquelao I (413-399 a.C.), su sucesor, fue el artífice de la organización económica del reino y del traslado de la capital de Egas a Pellas. Tras el caótico gobierno de Amintas III (393-370 a.C.) subió al trono uno de sus hijos, Alejandro II, el cual llegó incluso a enfrentarse al poder hegemónico de Tebas. Perdicas III (365-359 a.C.) acabó de unificar toda Macedonia bajo su mando y obtuvo importantes beneficios de su alianza con Atenas. En el año 359 a.C. subió al trono de Macedonia Filipo II (359-336 a.C.), el más grande de los reyes macedonios hasta el advenimiento de su hijo, Alejandro Magno.

Filipo II se encontró un reino al borde de la desintegración, ya que tras la violenta muerte de Perdicas III todos los estados limítrofes se lanzaron sobre Macedonia con la idea de sacar algún tipo de provecho territorial. Filipo acabó con todos sus enemigos, gracias a la importante reforma del ejército que llevó a cabo y cuyo aspecto más importante fue la creación de la falange macedonia, una adaptación de la falange de Epaminondas, pero con mayor fondo; que armada con la temible sarissa, pica de cinco metros que Alejandro haría famosa en todo el Mundo Antiguo, formaba una masa prácticamente inexpugnable. Tras acabar con los problemas internos, Filipo se lanzó a la expansión de las fronteras, para ello aprovechó la debilidad de la Segunda Liga Marítima ateniense y los sucesos de la Guerra Social (o de los Aliados) y conquistó Anfípolis, Potidea, Metone y Pidna. Gracias a estas nuevas conquistas, que le conferían buenos puertos, y a los recursos de ellas obtenidos, Macedonia se había convertido en uno de los estados más poderosos de la región; ahora Filipo sólo esperaba la ocasión de lanzarse sobre Grecia. Entre el 355 y el 346 a.C. Grecia se sumergió en la que se conoce como la Tercera Guerra Sagrada, esta era la ocasión que esperaba Filipo para imponer la hegemonía de Macedonia. La anfictionía de Delfos fue el origen de la disputa. Tebas, enemistada con Fócide desde la batalla de Mantinea, acusó a esta de cultivar terreno sagrado de Delfos, pero dicha acusación también afectaba a Esparta; la reacción de los estados acusados consistió en la ocupación de Delfos con tropas de Fócide subvencionadas por Esparta. A consecuencia de estos hechos, el Consejo de la anfictionía de Delfos declaró la guerra sagrada en el 355 a.C. En el 353 a.C., bajo la excusa de ayudar a las ciudades de Tesalia contra los tiranos de Feras, Licofrón y Pitolao, Filipo II penetró en Tesalia al mando de su poderoso ejército, pero fue expulsado por el fócido Onomarco. Al año siguiente Filipo regresó sobre Tesalia con nuevas y más numerosas tropas, a las que unió las de la confederación de Tesalia; frente a él, de nuevo Onomarco, apoyado por la ayuda de la flota de Atenas. En la batalla del Campo de Azafrán Filipo arrasó a sus enemigos y Tesalia quedó bajo su control. Posteriormente se dirigió a las Termópilas, pero un fuerte ejército le esperaba y Filipo decidió retirarse sin presentar batalla.

Durante el verano del año 349 a.C. un nuevo conflicto vino a demostrar el poder de Filipo, la Guerra Olíntica, en la cual, el rey macedonio haciendo uso de su impresionante diplomacia preparó una sublevación en Eubea que mantuviese ocupados a los atenienses, el tiempo suficiente para que sus ejércitos se hicieran con Olinto y destruyeran la ciudad. El año 346 a.C. supuso la gran consagración del poder de Filipo II, por un lado firmó un ventajoso tratado con Atenas, la paz de Filócratas, al mismo tiempo acabó por controlar la totalidad de la Fócide y logró ser nombrado presidente de la anfictionía de Delfos y de los Juegos Píticos. Ante la cada vez más imparable importancia de Filipo II de Macedonia, y debido a una serie de incidentes de carácter diplomático, Atenas acabó por declarar de nuevo la guerra en el año 340 a.C. Filipo penetró en Grecia y se adueñó de Anfisia, Quereto y Naupacto; posteriormente, en el 338 a.C. los ejércitos macedónico y ateniense se encontraron en la batalla de Queronea, donde las fuerzas de Atenas sufrieron una estrepitosa derrota, pese a la cual, Filipo se mostró magnánimo y firmó una paz muy ventajosa para Atenas.

En la primavera del 377 a.C. se reunió el Congreso de Corinto, al que asistieron todas las polis griegas a excepción de Esparta. El Congreso eligió a Filipo como general en jefe de todos los ejércitos griegos y le dio plenos poderes para realizar su gran sueño, la invasión de Persia por parte de una unida Grecia. Pero Filipo fue asesinado por Pausanias al año siguiente, sin poder cumplir su sueño.

Las colonias griegas de Occidente

Las colonias griegas de Sicilia y la Magna Grecia, formaban parte de la unidad cultural del mundo griego, permanecían conectadas con sus respectivas metrópolis, y con el resto de las polis, tanto en el ámbito cultural como económico o político.

Sicilia, debido a que su impresionante riqueza y lo mal distribuida que se encontraba, estableció como modelo de gobierno la tiranía, precisamente, como la única forma de evadir el poder de las oligarquías. Todo ello favorecido por la continua amenaza de Cartago. Entre el 491 y el 466 a.C. Sicilia estuvo gobernada por los Deinoménidas, los cuales lograron mantener a Siracusa fuera de las Guerras Médicas, siendo como era su gran problema la amenaza de Cartago y no la de Persia, no obstante, investigaciones recientes apuntan la posibilidad de que en el año 480 a.C. se produjese un pacto entre Persia y Cartago para atacar de forma conjunta al mundo griego. Contextualizada dentro de estos conflictos entre cartagineses y sicilianos se encuentra la figura del tirano Dionisio de Siracusa, que alrededor del 406 a.C. fue elegido strategos autokrator para hacer frente a una invasión cartaginesa. Dioniso logró la paz con Cartago y posteriormente se lanzó a una serie de conquistas a costa de los restantes estados griegos de la isla, que dotaron a Siracusa de un extenso imperio al conquistar la zona oriental de Sicilia y algunas ciudades de la península Itálica, también se le ha hecho responsable de la fundación de ciudades costeras en la Galia. Posteriormente intervino repetidamente en Grecia continental en apoyo de Esparta, gracias a su poderosa flota, con la cual controlaba el Mediterráneo de un extremo al otro. El caótico gobierno de su sucesor, Dionisio II (367-357 a.C.), motivó la sublevación de Timoleón y con ella el fin de la tiranía siracusana que fue sustituida por una serie de gobierno a medio camino entre la democracia y la oligarquía. Finalmente en el 337 a.C. las ciudades siciliotas se aliaron en una Liga bajo el liderazgo de Siracusa.

Economía, sociedad y cultura en la época Clásica

Existe una gran dificultad para hacer un estudio sobre las densidades demográficas de la Grecia Clásica, debido a la escasez de datos de las fuentes del período. De forma orientativa, y sin perder de vista que se trata de un estudio estadístico, presentamos los datos ofrecidos por V. Ehrenberg. Según éste investigador, la población ateniense total para el período 480-360 a.C. variaría entre los 120.000 y los 250.000 individuos (de los cuales no más de 45.000 serían ciudadanos libres, unos 100.000 serían esclavos y el resto metecos); para período 480-371 a.C. en Esparta la población total fluctuaría entre los 190.000 y los 270.000 individuos (de los que menos de 10.000 serían ciudadanos de pleno derecho, entre 40.000 y 60.000 serían periecos y entre 140.000 y 200.000 ilotas); finalmente, para Beocia (siglo V-IV a.C.) los datos sería de 110.000-165.000 individuos (de ellos algo más de 100.000 serían ciudadanos libres y sus familias, unos 10.000 metecos y unos 30.000 esclavos). Estas cifras de población son indicativas de los desastres demográficos que conflictos como las Guerras Médicas o la Guerra del Peloponeso pudieron producir.

Los ciudadanos lo eran por nacimiento y reconocimiento paterno, se definían por su participación en la vida política y por la exclusividad sobre la posesión de la tierra. Las personas libres no ciudadanos, sólo en casos excepcionales podían llegar a alcanzar la posesión de la tierra o de una casa, mientras que a los esclavos les estaba totalmente vedada dicha posibilidad. Tan solo la asamblea popular podía conceder la ciudadanía a un no ciudadano y en casos extremadamente excepcionales, al no ser que por motivo de una guerra fuese imprescindible ampliar el número de ciudadanos, momento en el cual se concedía la ciudadanía de forma masiva. En Esparta los ciudadanos conformaban una casta guerrera, dedicada en exclusiva a las actividades militares, por lo que eran mantenidos por el resto de los grupos sociales que trabajaban las tierras de los ciudadanos; los ciudadanos espartanos estaban obligados a participar y proveer los banquetes de ciudadanos y en caso de que no pudieran contribuir a las comidas de ciudadanos perdían inmediatamente la condición de tales. En el caso de Beocia para que un ciudadano pudiese participar de la vida política se le exigía un mínimo de fortuna personal; en Atenas, por el contrario, todos los ciudadanos participaban de la actividad política independientemente de sus rentas, pero existía una clara diferenciación según la riqueza entre una clase dirigente aristocrática y una masa de pequeños productores o artesanos.

En la totalidad de los estados griegos la mujer estuvo subordinada a la autoridad masculina, primero al padre y luego al esposo. Carecía de representatividad política y de hecho su situación social era inferior a la de los esclavos, pues estos podían en un momento determinado acceder a la ciudadanía y adquirir derechos políticos. Por el contrario, las mujeres tenían un papel muy activo en el mundo religioso y en las festividades, y en el caso concreto de Atenas eran imprescindibles para transmitir la ciudadanía, ya que desde el siglo IV a.C. era necesario que ambos padres fuesen ciudadanos para que su descendencia tuviera tal status. La mujer ateniense tenía incluso prohibido salir de casa sin el consentimiento de su marido; por el contrario, en Esparta, éstas tenían libertad de movimientos y se sabe que practicaban ejercicios gimnásticos y recibía cierta formación.

En el caso de que no se pudiesen cumplir los requisitos que cada Estado establecía se perdía la condición de ciudadano y se pasaba a ingresar en un grupo intermedio, el de los no ciudadanos libres. En Esparta, y en otros muchos estados como Tesalia o Creta, existía un grupo especial, el de los periecos, miembros de comunidades autóctonas sometidas muy tempranamente. Estos vivían en sus propias comunidades, las cuales gozaban de una cierta autonomía supeditada a los intereses del Estado. En el caso concreto de Esparta, el término lacedemonio hace referencia a la unión de los espartanos y los periecos, pero estos carecían de voz y voto en los asuntos políticos estatales. Frente a los periecos se encontraban los metecos, grupos de desplazados que pululaban por toda Grecia debido tanto a las actividades comerciales como a las constantes guerras. Los metecos, ya fuesen griegos o no, carecían de derechos políticos por ser considerados extranjeros, pese a que estuviesen residiendo en una ciudad determinada. En Atenas los metecos, que tenían la obligación de registrarse una vez que llevasen un mes residiendo en la ciudad, debían de hacer frente al pago de una serie de impuestos por su condición de extranjeros, pero podían participar de la vida ciudadana e incluso en el ejército, y estaban protegidos por el Estado. Los metecos se ocupaban fundamentalmente de las actividades comerciales, por lo que su importancia económica fue cada vez mayor.

La categoría jurídica de los no libres variaba de un Estado a otro dependiendo de su desarrollo, de modo que en los estado más desarrollados el número de esclavos era muy elevado, la excepción era Esparta, donde el número de esclavos propiamente dicho era muy reducido, ya que los espartanos contaban para realizar el trabajo con la mano de obra ilota, los cuales no eran esclavos sino población indígena sometida por medio de la conquista militar. Para los estados que no contaban con estas poblaciones sometidas, el esclavo-mercancía se convirtió en una pieza económica fundamental ya que durante la Época Clásica no hubo actividad económica o doméstica en la cual los esclavos no estuviesen presentes, lo que hizo que su número aumentase sin cesar. El esclavo carecía de cualquier tipo de derecho y era propiedad bien del Estado bien privada, siendo considerado, en uno y otro caso, como un bien mueble del que se podía disponer a antojo.

En prácticamente la totalidad de los estados griegos la posesión de la tierra no era solo una fuente de ingresos económicos, además era una fuente de prestigio social. El ideal ciudadano, y en esto Esparta era el paradigma, consistía en vivir de las rentas de sus propiedades sin tener que trabajar, habitualmente se despreciaba el trabajo frente a las actividades políticas o culturales, quizá la salvedad más importante sea Atenas, donde por una ley de Solón todos los ciudadanos estaban obligados a enseñar un oficio a sus descendientes. El trabajo agrícola estaba considerado como el más digno de cuantos existían y de hecho, a lo largo del período Clásico, Grecia vivió una época de desarrollo agrícola, basado en los monocultivos de cereales, vid y olivo, que permitió por primera vez que la producción agraria no se destinase únicamente al consumo inmediato y pudiera emplearse parte de ella en la exportación. En los estados griegos existía una dicotomía importante entre el campo y la ciudad, en el ámbito rural las familias solían ser autosuficientes en sus necesidades, mientras que la ciudad era el mercado de exportación por excelencia de la producción rural. En conjunto, la máxima aspiración del Estado era la autarquía, producir todo lo necesario sin tener que depender de aprovisionamientos exteriores, pero esto no era más que un sueño utópico que ninguna polis fue capaz de alcanzar. De hecho, los problemas de abastecimiento de algunas de las más importantes polis griegas, como el caso de Atenas, fue un continuo foco de conflictos que en numerosas ocasiones estuvo detrás de importantes guerras.

Los oficios artesanales en Grecia se encontraban ya desarrollados con anterioridad a la época Clásica, pero fue durante esta cuando se singularizaron y se diversificó el trabajo. Surgieron los talleres, aunque nunca fueron demasiado grandes, especializados en la manufacturación de un producto determinado, pese a lo cual continuó siendo habitual el trabajo de los artesanos de forma individual e incluso, la realización de oficios artesanales en el propio hogar, lo que contribuyó a que los talleres no adquiriesen mayores dimensiones. El funcionamiento normal de los talleres incluía la mano de obra esclava. No se produjeron avances tecnológicos debido a que salía más barato adquirir más esclavos que arriesgar el capital en invertir en desarrollo. De toda la producción artesanal, el elemento más destacado fueron las cerámicas, debido a que la arcilla era un elemento muy abundante en Grecia, las cuales eran omnipresentes en la vida cotidiana griega; las cerámicas de lujo se elaboran para la exportación y para una muy limitada clase social rica dentro de la propia Grecia. Algo semejante ocurría con la industria textil, casi todos los estados poseían en mayor o menor abundancia cabañas ganaderas y plantaciones textiles, en ambos casos la producción se realizaba en pequeños talleres e incluso, a nivel particular, en los propios hogares. Los recursos mineros por el contrario eran muy escasos en Grecia y los pocos estados que disponían de los mismos los suministraban al resto de las polis, con lo que era una actividad altamente productiva, máxime si se tiene en cuenta que el trabajo pesado era realizado por mano de obra esclava. Las actividades extractivas se complementaban con las metalúrgicas, normalmente eran las propias familias las que realizan sus utensilios, aunque existían talleres de fundición; el cliente más importante de la industria metalúrgica era la industria bélica, en continuo crecimiento dado la multitud de guerras de la Época Clásica.

Sin lugar a dudas, de todas las actividades comerciales de los griegos, la que rindió mayores beneficios y en la cual los griegos se convirtieron en consumados especialistas, fue el comercio. El comercio al por menor se realizaba en los mercados urbanos de cada polis, hasta donde el pequeño productor, que normalmente gozaba de muy mala reputación debido a su baja ascendencia social, llevaba sus productos que vendía a sus vecinos, era un mercado local, de gran importancia, pero de limitadas dimensiones. Por otro lado se encontraban los grandes comerciantes dedicados a la exportación, usualmente marítima dadas las dificultades de los transportes por tierra, de sus productos. Atenas fue la ciudad más destacada en cuanto al comercio se refiere, hasta el punto de que a lo largo del siglo V a.C. se convirtió en el principal centro comercial del Mediterráneo. Pero a pesar de la importancia de las relaciones comerciales para el mundo griego, ninguna polis alcanzó un desarrollo financiero relevante. El dinero tuvo no pasó de un desarrollo incipiente, en parte debido a que la importancia social no dependía tanto del dinero como de otros valores, tales como la ciudadanía o la tenencia de tierras. Los estados griegos carecían de los más rudimentarios sistemas de previsión, no tenían de un presupuesto estatal, y vivían sus finanzas al día, lo que fue especialmente grave durante los períodos de guerras, ya que los estados tenían tendencia a arruinarse en cuanto recibían los primeros reveses importantes. Cuando los ingresos superaban a los gastos el superávit resultante era bien repartido entre los ciudadanos, bien empleado en donaciones religiosas o bien en gastos suntuarios. Lo más parecido a un fondo de reserva que desarrollaron los estados griegos fueron los tesoros de las diferentes ligas supraestatales, por lo que era común que en momentos de necesidad el Estado dominante se adueñase de dichos fondos con la promesa, frecuentemente incumplida, de devolverlos en tiempos de paz.

6. Época Helenística



El término Hellenismus (‘Helenismo’), que se debe al alemán J.G. Droysen hace referencia a un período temporal que abarca los tres siglos que van desde las conquistas realizadas por Alejandro Magno hasta la batalla de Actium en la que la última descendiente de los diadocos, Cleopatra VII de Egipto, perdió su reino a manos de Roma.

Durante este período se produjo una ingente cantidad de literatura que no ha llegado hasta nuestros días y que sólo nos es conocida por las referencias de autores posteriores, siendo éste el principal problema para su estudio.

Véase: Helenismo.

Un Imperio: Alejandro Magno

La figura de Alejandro Magno está semienterrada por su propia leyenda debido, precisamente, a la desgraciada pérdida de los textos contemporáneos que antes citamos. Todos los hechos del período se conocen por las versiones de autores griegos o latinos varios siglos posteriores a los acontecimientos que narran. De todos ello, el autor que ha contado con más crédito es Arriano, autor de la Anábasis, sin embargo, Arriano, al igual que el resto de historiadores, tiene como principal defecto que se dejó cegar por la impresionante figura de Alejandro Magno y no prestó atención a lo que acontecía en su entorno.

Alejandro nació en Macedonia en el 356 a.C., hijo de Filipo II estaba destinado a sucederle a su muerte, como así ocurrió en el 336 a.C. no sin tener que hacer frente a una serie de problemas derivados de los intentos por parte de los opositores a su padre de situar en el trono a Amintas IV. Alejandro, haciendo gala de su impresionante genio militar y su brillante determinación, logró hacerse con el poder e iniciar el que sería el proyecto de su vida, conquistar el Imperio Persa. En su persona aunó los títulos de rey de Macedonia, general de la Liga Tesalia, hegemón de Grecia por la anfictionía de Delfos y strategos autokrator de la Liga de Corinto, con lo que el estaba en posesión de todo el poder de Grecia.



Se ignoran los verdaderos motivos que lanzaron a Alejandro a su lucha contra Persia, pero probablemente se tratase de asegurar el dominio macedonio sobre Grecia por medio de un ataque al único poder que podía desestabilizarlo. Persia se encontraba gobernada por el incapaz Darío III que subestimó la capacidad de los griegos hasta que fue demasiado tarde para su Imperio.

En la primavera del 334 a.C. Alejandro desembarcó en Asia Menor al frente de su ejército, allí se dirigió a Troya donde según la leyenda rindió honores en la tumba de Aquiles. En la Tróade tuvo lugar el primer enfrentamiento contra las tropas persas, la batalla de Gránico que acabó con la total victoria de Alejandro. Posteriormente se dirigió hacia el sur, conquistando ciudades a su paso, en las cuales sustituía el sistema oligárquico filopersa por gobiernos democráticos. En el invierno del año 334-333 a.C. Alejandro avanzó hacia el interior de Asia, estableciendo su cuartel de invierno en Gordión, tras el famoso episodio del nudo gordiano. En el otoño del 333 a.C. tuvo lugar el primer enfrentamiento directo entre Alejando y Darío III, en la llanura de Isos, en la frontera entre Anatolia y Siria. El triunfo de Alejandro en Isos fue total ya que Darío III tuvo que huir hacia el interior tan precipitadamente que el campamento del Gran Rey, en el que se encontraban la madre, esposas e hijos de Darío, cayó en manos del macedonio. Las noticias de las continuas victorias de Alejandro animaron a los estados griegos, a excepción de Esparta, a prestar su ayuda al general macedonio, de forma que los persas perdieron el control del Egeo y las ciudades fenicias se entregaron al conquistador, con la única excepción de Tiro, que fue reducida tras ocho meses de asedio. Ante estos hechos Darío III, asustado, trató de firmar la paz con Alejandro, pero éste que ya contemplaba, o que siempre contempló, la conquista íntegra del Imperio Persa rechazó todas las tentativas. Tras Fenicia Alejandro se dirigió a Egipto, donde fue recibido como un libertador del yugo persa e investido por los sacerdotes de Menfis con la doble corona de los faraones. En Egipto Alejandro fundó Alejandría, en el delta del Nilo; y realizó una simbólica visita al oasis de Siwa, sede del oráculo de Amón. En Siwa, Alejandro, fue reconocido como el hijo de Amón, creándose así un provechoso aura sobrehumana que sería la base de la monarquía teocrática desarrollada en los años posteriores. En la primavera del año 331 a.C. Alejandro abandonó Egipto para proseguir con la conquista de Persia, se dirigió a Mesopotamia. Darío, mientras tanto, había concentrado un gigantesco ejército que esperaba la llegada de Alejandro. Ambos volvieron a encontrarse en la llanura de Gaugamela, en las cercanías de Nínive. De nuevo, la victoria fue para Alejandro y de nuevo Darío III tuvo que huir hacia el interior de su imperio. Tras Gaugamela Alejandro conquistó Babilonia y Susa, que se entregaron sin lucha, y arrasó Persépolis, la ciudad santa del Imperio Persa, que había decidido prestar resistencia. La destrucción del complejo palacial de Persépolis fue presentada como la venganza griega por los sacrilegios de Jerjes durante las Guerras Médicas. Alejandro se convirtió entonces en Rey de Asia, legítimo heredero, por derecho de conquista, del Imperio aqueménida. En la nueva formación política, Grecia y Macedonia eran sólo una parte del imperio universal de Alejandro, pero faltaba capturar a Darío y conquistar la zona oriental del Imperio. Con este propósito en la primavera del año 330 a.C. el ejército de Alejandro reemprendió la marcha. Darío fue asesinado por el sátrapa de Bactriana Bessos, que asumió el poder bajo el nombre de Artajerjes IV. Alejandro se propuso entonces vengar la muerte de su enemigo, al que enterró con todos los honores. En aquellos momentos, la corte de Alejandro fue adoptando el ceremonial oriental y alejándose progresivamente del modelo macedonio.

En el 330 a.C. los viejos generales macedonios, compañeros de Filipo II, protestaron ante esta orientalización de las costumbres y Alejandro respondió renovando la cúpula militar de su ejército, asesinando a su lugarteniente Parmenión e incluyendo en él a contingentes orientales. Entre el 330 y el 327 a.C. Alejandro se empleó en la conquista de la zona oriental del Imperio, al tiempo que crecían las ideas despóticas y orientalistas del conquistador, ejemplo de lo cual fue su matrimonio con la sogdiana Roxana. El intento por parte de Alejandro de incorporar al ceremonial de su corte el rito de la proskynesis (‘genuflexión ante el soberano’), motivo la conocida como Conjura de los Pajes, que provocó el cruel asesinato de Calístenes y de Clito. En el 327 a.C. Alejandro se dispuso a conquistar India, ante la perplejidad de su exhausto ejército. En el Punjab Alejandro derrotó al rey Poros y su formidable ejército, lo que llevó a Alejandro hasta el río Hifasis (Beas-Sutlej), el confín del mundo conocido por los greco-macedonios. El ejército, tras ocho años de lucha continuada en los que recorrió 18.000 km por territorio hostil, no estaba dispuesto a traspasar la frontera del Mundo, por lo que se plantó y obligó a Alejandro a emprender el regreso, no antes de erigir allí doce altares a los dioses olímpicos, en señal de sus conquistas. En el 326 a.C. Alejandro inició su última campaña, en la que conquistó el Valle del Indo. A comienzos del año 324 a.C., tras una dura marcha de doce meses, Alejandro pudo alcanzar Susa y al año siguiente, tras aplacar diversos intentos de sublevación, Babilonia, la nueva capital del Imperio. En la primavera de ese mismo año Alejandro Magno falleció repentinamente por causas nunca aclaradas, dejando un inmenso imperio, una ingente labor administrativa y organizativa pendiente y el mayor de los problemas, una sucesión nada clara.

El Imperio tras Alejandro

La muerte de Alejandro abrió un período de cincuenta años (323-273 a.C.), marcado por las continuas luchas entre sus generales por hacerse con el poder. Dicho período ha sido conocido como la Época de los Diadocos (‘sucesores’). Véase: diadoco.

Las guerras continuas entre los antiguos generales de Alejandro por hacerse con el control del Imperio dieron paso a los intentos de cada uno de ellos de asegurarse un territorio que convertir en reino y donde poder asegurarse un gobierno permanente. Mientras el Imperio, carente aún de un sistema organizativo y privado de una cabeza visible que dirigiese sus designios, se descomponía a la misma trepidante velocidad a la que fue conquistado. Finalmente, la batalla de Ipsos del 301 a.C. decidió la fracturación del imperio y su división en distintos reinos. Tres dinastías quedaron constituidas Época de los Diadocos, los Seléucidas, en Asia; los Lágidas o Tolomeos, en Egipto; y los Antigónidas, en Macedonia.

Las colonias griegas de Occidente en la época de los diadocos

Mientras los antiguos compañeros de Alejandro se disputaban los diversos territorios de su inmenso imperio, los griegos de Sicilia y Magna Grecia atravesaron un período de crecientes dificultades. Roma se había convertido en la máxima potencia de Italia central, mientras el resto de los pueblos de la península itálica empujaban a los griegos hacia el mar por el que habían llegado siglos antes. En Sicilia mientras tanto, la muerte de Timoleón había sumido a las polis griegas en una serie de guerras fratricidas que fueron aprovechadas por Cartago para conquistar nuevas posiciones en la isla. En este complicado contexto político surgieron dos grandes figuras, Agatocles de Siracusa y Pirro, rey de Epiro.

Agatocles de Siracusa se hizo con el poder en el año 316 a.C. e instauró un nuevo período tiránico que logró reunificar las polis griegas bajo Siracusa y detener de forma temporal el avance de Cartago. En el 311 a.C. siracusanos y cartagineses iniciaron una nueva guerra, que en territorio siciliano se volvió a favor de Cartago desde un primer momento, por ello, Agatocles decidió llevar la guerra a África y con un ejército de 14.000 soldados trató en varias ocasiones de tomar Cartago, pero fracasó en todas ellas y tuvo que regresar a Sicilia (307 a.C.), dejando tras de si su ejército al mando de su hijo, Arcagato. Agatocles logró firmar la paz en el 306 a.C. y a imitación de los diadocos se proclamó rey. Los últimos años de su vida transcurrieron en continuas campañas en el sur de Italia para tratar de detener el avance de los pueblos itálicos. Finalmente, en el 289 a.C., Agatocles, ante las ambiciones de su propia familia, reinstauró la democracia, poniendo así fin a la efímera monarquía siciliana. Sicilia quedaba sumida de nuevo en serios problemas políticos a la muerte, poco después, de Agatocles, justo en vísperas del primer gran enfrentamiento entre Roma y Cartago, la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.), que tuvo a Sicilia como escenario y que supuso, tras su derrota, el fin de la presencia cartaginesa en Sicilia y el control de la isla por parte de Roma. En el 227 a.C. Sicilia se convirtió en provincia romana y en el 212 a.C. Siracusa fue incorporada a la provincia, con lo que se puso fin a la independencia griega.

En Italia, tras la Tercera Guerra Samnita (298-290 a.C.), Roma recuperó la iniciativa en la expansión hacia el sur, por lo que fue vista por las polis griegas como un posible aliado frente a los pueblos itálicos que las acosaban. No obstante, la creciente influencia de Roma sobre las polis griegas despertó los recelos de Tarento y en el 281 a.C. estalló la guerra entre ambos. Tarento pidió ayuda a Pirro, rey de Epiro, el cual desembarcó al frente de un poderos ejército en el año 280 a.C. Las Guerras Pírricas se caracterizaron por las continuas victorias de Pirro, pero por los nulos resultados que de las mismas lograron los griegos, incapaces de invertir la situación de influencia de Roma. Hastiado, Pirro pasó a Sicilia en el 278 a.C., mientras Roma y Cartago firmaban un tratado de ayuda mutua. Tras el absoluto fracaso de Pirro en Sicilia, éste regresó a Italia en el año 275 a.C. y posteriormente, ante las dificultades para obtener una victoria frene a Roma, regresó a Epiro. Sin Pirro, Tarento capituló en el 272 a.C., con los que la Magna Grecia pasó a situarse bajo la sumisión hegemónica de Roma.

Estructura política, sociedad y economía en el mundo helenístico

Estructura política

La innovación política más importante del Helenismo consistió en la creación de monarquías de carácter absolutista, que se sustentaban en la fuerza de sus ejércitos, en los estados surgidos tras la descomposición del Imperio de Alejandro Magno. El rey era el único dueño de la tierra y acumulaba todo el poder sobre los habitantes del reino. Las diferencias entre los ciudadanos las marcaba la decisión regia, sólo el soberano podía decidir el ascenso o la caída en desgracia de sus súbditos. El rasgo común para todos estos reinos fue la gran extensión y el número de sus habitantes, lo que chocaba con el sistema tradicional de las polis griegas, de reducido tamaño y con escasa población. Así, el reino seléucida, en sus mejores momentos, se extendía por 3.000.000 km2 y contó con una población aproximada de treinta millones de habitantes; Egipto alcanzó los 100.000 km2 y contó con siete u ocho millones de habitantes.

En el camino de la transformación política del concepto de la monarquía griega, fue vital la estancia de Alejandro en Egipto y su importantísimo viaje al oasis de Siwa; así como su permanencia en el imperio aqueménida y su titulación como sucesor de Darío. De esta forma confluyeron en Alejandro los ideales teocráticos aqueménidas, con la deificación de los faraones egipcios y la idea griega de la mística de la victoria, es decir, las proezas militares como símbolo de la descendencia divina. Los diadocos continuaron y consolidaron estos ideales en sus respectivos estados, haciendo uso de la filosofía cínica y estoica (son las capacidades superiores de un individuo lo que justifica su papel preeminente sobre el resto y por tanto su poder como rey) para legitimar su posición y el carácter hereditario de su poder. El culto al soberano se convirtió, para los Lágidas y Seléucidas, en la mejor arma para vincular a los súbditos con la monarquía y dar, al tiempo, mayor autoridad a sus decisiones. El culto al rey se convirtió así en el fundamento de la monarquía y en la máxima expresión del poder absoluto. El carácter hereditario de la monarquía se justificó por el derecho de conquista, es decir, el reino pertenecía al soberano que lo había conquistado y como tal posesión individual, éste podía cederlo a quien considerase oportuno.

En torno al rey se creó una corte (‘aule’) constituida por los hombres de confianza del soberano, en un principio sus compañeros de armas. Alrededor de la corte surgió todo un ceremonial destinado a ensalzar la figura del rey sobre el resto, al mismo tiempo, el rey concedió una serie de títulos honoríficos entre la corte, que contribuyó a crear una nobleza personal (ya que los títulos no eran hereditarios). La corte residía en la capital, frecuentemente una ciudad de nueva construcción en la que los monarcas invirtieron grandes sumas de dinero en embellecerla al estilo griego, dando con ello lugar a uno de los aspectos de lo que se ha dado en llamar la Helenización de Oriente.

Dentro de la organización del Estado se conservó un elemento del período macedónico, las Asambleas del Ejército, cuya función no está clara, pero que a medida que las monarquías fueron haciéndose hereditarias fueron perdiendo importancia.

La ley emanaba directamente del rey, sin que ningún tribunal o corte pudiese oponerse a los deseos regios. Pero la imposibilidad de controlar todos los aspectos de la Administración hizo que los reyes descargaran parte de sus responsabilidades sobre personas de su confianza que ocuparon así puestos de ministros y consejeros. No obstante, los monarcas se reservaron para sí el sumo sacerdocio y la dirección del ejército. El ejército no evolucionó desde los tiempos de Filipo II y Alejandro Magno, lo que explica la imposibilidad de hacer frente a las legiones de Roma; la unidad fundamental del mismo era la falange macedónica, apoyada por escuadrones de caballería, infantería ligera y mercenarios.

Sociedad

El mundo helenístico se caracterizó por la mezcla entre diferentes pueblos y culturas, siendo precisamente el fruto de esta lo que se entiende por Helenismo. La cultura fue primordialmente griega, aunque con fuerte influencias orientales. En cuanto a la población, pese a que en los primeros momentos se trató de evitar la fusión para preservar la identidad de la minoría greco-macedonia dominante, por un lado, y por otro, para preservar los rasgos culturales de los derrotados; con el tiempo fue inevitable que ambas sociedades se fusionasen. Siguiendo la costumbre griega, los estados helenísticos se llenaron de nuevas ciudades, construidas básicamente al estilo griego; la excepción fue Egipto, donde no hubo una gran actividad urbanística. Las nuevas ciudades se ordenaron al estilo de las polis, salvo que por encima de su autonomía local se situaba el poder central del soberano.

La sociedad helenística se caracterizó por el colonialismo, donde el criterio étnico determinaba, en gran medida, la posición social. En un principio, el poder estuvo reservado a los conquistadores greco-macedonios, pero con el tiempo, y la evolución de la fusión étnica anteriormente comentada, se impuso el criterio de riqueza sobre el étnico para acceder al poder. En todo caso, los indígenas que asumieron altos puestos administrativos se vieron obligados a dominar el griego, ya que esta era la lengua oficial administrativa de todos los estados helenísticos. Debido al gran tamaño de los estados, a los contingentes de población sobre los que los monarcas ejercían su autoridad y al relativo choque cultural entre conquistadores y conquistados, los funcionarios de la administración central tuvieron un destacado papel social, ya que sin ellos hubiese sido imposible el gobierno de semejantes estados. El sistema administrativo fue tan eficaz que posteriormente los romanos lo usaron como modelo para desarrollar su propia administración.

Quizá la clase social más típica del Helenismo sean los artesanos, comerciantes y financieros enriquecidos, los cuales poseían no sólo una considerable riqueza, sino además un nivel cultural muy elevado. Fue entre esta clase social donde nació la cultura helenística que posteriormente se exportó a Roma y a través de ella se convirtió en una de las bases culturales del mundo moderno occidental. Pero sin duda, el principal factor helenizador fueron los soldados, con el paso del tiempo cada vez más mercenarios formaron parte de los ejércitos de las potencias helenísticas, y a medida que estos entraban en contacto con los viejos soldados greco-macedónicos fueron adquiriendo la cultura helenística, que por medio de ellos pasó al pueblo, con el que estaban en contacto desde que los estados, arruinados, no pudieron pagarles unos sueldos superiores a los de los grupos sociales más desfavorecidos; no obstante, el soldado marcaba la frontera entre los grupos privilegiados y los no privilegiados. En el mundo helenístico se extendió la mano de obra esclava, aunque la mayoría de los trabajadores eran ciudadanos libres. Los campesinos se encontraba ahogados entre las excesivas exigencias de los poderes locales y centrales, por lo que arrastraban unas míseras condiciones de vida.

Economía

La agricultura continuó siendo el factor básico y motor de la producción, sin embargo apenas presentó evoluciones desde la Época Clásica. La mayor parte de la tierra correspondía, por derecho de conquista, al rey, el cual la ponía en cultivo por medio del arrendamiento. La propiedad privada fue creciendo lentamente, a medida que las crecientes necesidades económicas del Estado obligaban a los soberanos a enajenar parte de las tierras reales.

El comercio sufrió un auge espectacular debido a que las conquistas de Alejandro habían abierto nuevos e inmensos mercados a las producciones griegas. Al mismo tiempo, el perfeccionamiento en las técnicas de navegación, las mejoras en los puertos y en las rutas terrestres, las ventajas inherentes de la unificación territorial y sobre todo, el crecimiento desenfrenado de la demanda, hicieron del comercio la mayor fuente de riqueza del mundo helenístico. El comercio se vio favorecido por la generalización del uso de la moneda, la cual fue consecuencia de la gran cantidad de metales que las conquistas de Alejandro pusieron en circulación. La difusión de la economía monetaria estimuló las actividades bancarias, en un primer momento a nivel privado, pero posteriormente se desarrolló a nivel público y religioso. El comercio estuvo favorecido por el incesante crecimiento de las ciudades, la vida urbana aumentó el consumo de todo tipo de bienes.

La abundancia de mano de obra esclava puede explicar el motivo por el que la técnica se estancó. Si el trabajo lo hacían esclavos, sólo era necesario aumentar el número de ellos para aumentar la producción, además, salían más baratos y el sistema era menos arriesgado que invertir en el desarrollo. Sólo en los terrenos naval y militar se produjeron innovaciones.

El ejemplo más brillante que llegó a producir el Helenismo, como fenómeno socio-cultural, fue, sin duda, la ciudad de Alejandría, fundada por Alejandro Magno en el delta del Nilo. La ciudad se convirtió durante el período lágida en el principal centro comercial y primer puerto del Mediterráneo, al tiempo que alcanzó unos niveles de desarrollo cultural muy superiores a los del resto de las ciudades contemporáneas, incluyendo a la propia Atenas. Algunos investigadores estiman que Alejandría llegó a superar el medio millón de habitantes, lo que la convertiría en una de las ciudades más populosas de su tiempo. Alejandría fue la sede del centro científico más importante de la Antigüedad, el Museo; de la mayor biblioteca del mundo antiguo, y de una de las Siete Maravillas, el Faro.

7. Dominio Romano



Fue en Iliria donde el mundo griego se encontró por primera vez con la potencia expansiva de Roma, en el episodio conocido como las Guerras de Iliria (229-219 a.C.). Las continuas actividades piráticas de los ilirios acabaron motivando la intervención de Roma, como potencia defensora de los pueblos itálicos, que en el 230 a.C. envió una embajada diplomática, que al no ser recibida provocó el estallido, al año siguiente, de la Primera Guerra Iliria (229-228 a.C.); pese a la victoria romana, la piratería continuó siendo un problema, por lo que entre el 221 y 219 a.C. tuvo lugar la Segunda Guerra Iliria. La actuación de Roma se saldó con el establecimiento de un protectorado sobre Iliria. Posteriormente, Roma tomó parte en la Primera Guerra Macedónica (215-205 a.C.) en contra de Macedonia y por petición de los aliados griegos de la Liga Etolia.

Tras la intervención en Iliria, Roma se convirtió en un recurso militar al que los siempre beligerantes estados griego recurrieron para dirimir sus disputas, ya fuese por medio de su mediación política, ya fuese empleando sus ejércitos como anteriormente se había hecho con los mercenarios. Pero en esta ocasión el mundo griego cometió un fatídico error, ya que Roma no era una fuerza mercenaria interesada únicamente en el dinero, Roma era un creciente poder, con increíbles deseos expansionistas y hambre de nuevas conquistas, por lo que su participación en los distintos conflictos fue convirtiéndose no en una solicitud de ayuda sino en una imposición por parte de Roma, hasta que lentamente se fue haciendo con el control de todo el mundo griego.

Una vez que Roma puso fin, tras la victoria de Zama (202 a.C.), a la Segunda Guerra Púnica, se convirtió en la dueña absoluta del Mediterráneo occidental, con lo que tuvo las manos libres para intervenir en los asuntos griegos. El mundo helenístico se encontraba, entonces, en una complicada situación política ante la inminente ruptura del equilibrio entre los Lágidas y los Seléucidas motivado por el creciente poder del reino sirio frente al egipcio. Como consecuencia de la Cuarta Guerra Siria (221-217 a.C.), en la cual, ante todo pronóstico, Egipto logró derrotar a Siria, provocando con ello un torbellino de rebeliones en el seno del reino seléucida, ambos reinos quedaron profundamente debilitados, aunque Siria logró recuperarse más rápidamente. Con el reino seléucida recuperado tuvo lugar la Quinta Guerra Siria (202-200 a.C.), que se extendió por el resto de Grecia. Filipo V de Macedonia atacó el norte del Egeo, Tracia y los Estrechos; en el 201 a.C. llevó la guerra a Asia Menor, y allí Rodas y Pérgamo solicitaron la ayuda de Roma. Roma envió una embajada diplomática a la que Filipo V ignoró, por lo que Roma envió un ejército a Iliria con lo que dio comienzo la Segunda Guerra Macedónica (200-197 a.C.). La intervención de Roma parecía una absoluta temeridad, ya que aún estaban muy frescas las heridas de la Segunda Guerra Púnica, y al menos en teoría, Roma aún no era lo suficientemente poderosa para hacer frente a los griegos, pero por unos u otros motivos, lo cierto es que Roma inició aquí su intervención en Oriente declarando la guerra a Macedonia. En el 198 a.C., ante el estancamiento de las operaciones, Roma puso al cónsul Tito Quincio Flaminio al frente del ejército, y éste le dio la victoria a Roma gracias a sus buenas dotes militares y diplomáticas. En el 197 a.C. la paz de Tempe suponía el triunfo de Roma, el fin de Macedonia como potencia y la conversión de estos en aliados de Roma. En el 196 a.C., en los Juegos Ístmicos, Tito Quincio Flaminio pronunció un brillante discurso en el que nombraba a Roma protectora y garante de la libertad de Grecia. Mientras tanto, en el 197 a.C., Antíoco III de Siria aprovechó la derrota de Macedonia para ocupar numerosas plazas en Asia Menor, pero cometió el error de atacar plazas que pertenecían a Rodas y Pérgamo, aliados de Roma. Se creó entonces una tensa situación diplomática entre Roma y el reino Seléucida, que se acentuó dos años más tarde, cuando Antíoco dio asilo al cartaginés Aníbal Barca. En el 192 a.C. estalló la guerra en Grecia entre Roma y Antíoco III, que se saldó con la derrota del sirio. La guerra fue llevada a Asia Menor por Lucio Cornelio Escipión que en el 189 a.C. arrasó por completo a las tropas sirias en Magnesia. Un años más tarde se firmó la paz de Apamea que significó el fin de Siria como potencia mediterránea y la pérdida de Asia Menor, que pasó, por decisión de Roma, a dividirse entre Pérgamo y Rodas. Las derrotas de Siria y Macedonia, y el caos interno de Egipto, convirtieron a Roma en la potencia hegemónica del Mediterráneo Oriental y en la dueña de Grecia.

Desde la firma de la paz de Apamea (188 a.C.) Roma fue intensificando su influencia en Grecia a base de aprovechar los conflictos internos para imponer su autoridad. La ciudad de Roma ocupó entonces el papel que en otras épocas había correspondido a Atenas como centro del mundo helenístico. La intervención de Roma en los asuntos internos de cualquier estado griego se hicieron frecuentes y beneficiaron de forma sistemática a las burguesías acomodadas en el poder, en perjuicio de los grupos más desfavorecidos. Esto provocó que entre los desfavorecidos surgiera un fuerte sentimiento contra Roma imbuido de nacionalismo, el cual marcó el último período del mundo griego.

En el 179 a.C. Filipo V falleció y fue sustituido por su hijo Perseo, el cual no gozaba del apoyo del Senado de Roma. Perseo reconstruyó el prestigio de Macedonia beneficiándose del sentimiento contra Roma. Eumenes de Pérgamo, veía con preocupación el renacer de Macedonia, de forma que en el 172 a.C. presentó ante Roma una larga serie de reclamaciones contra Perseo. Era el motivo que estaba esperando el Senado par autorizar una actuación sobre Macedonia. Tras tres años en los que los romanos fueron incapaces de batir a Perseo, Roma envió a Macedonia a Lucio Emilio Paulo, el cual aplastó a la falange macedónica en la batalla de Pidna del 168 a.C. Macedonia y sus aliados fueron arrasados y 150.000 hombres convertidos en esclavos. En toda Grecia se persiguió a aquellos que habían mostrado su descontento con Roma, ahora dominadora absoluta de Grecia; la Liga Etolia fue disuelta;, Rodas fue castigada, por su intento mediador en el conflicto, con la pérdida de Delos, lo que provocó su ruina comercial; ni siquiera Pérgamo, su fiel aliado, se salvó de la política romana, los gálatas fueron declarados por Roma independientes en el 166 a.C., lo que supuso un duro golpe territorial para Pérgamo. En el año 133 a.C., tras la muerte de Atalo III y por el testamento de éste, el reino de Pérgamo fue legado a Roma, que lo transformó, en el 130 a.C., en la provincia de Asia. Siria, por su parte, vivía hipotecada a consecuencia de la elevada suma que desde la derrota de Apamea debía pagar como indemnización a Roma.

La Sexta Guerra Siria (170-168 a.C.), en la que Egipto se convirtió en un protectorado de Antíoco IV de Siria, fue el motivo de una nueva intervención romana que obligó a Siria a devolverle la independencia a Egipto. Siria languidecía bajo el peso de la deuda, la imposibilidad de hacer frente a Roma y los continuos conflictos dinásticos, hasta que el reino sirio se deshizo en multitud de estados independientes que volverían a ser unificados por el poder de los partos; Egipto, por su parte, se había convertido en protectorado romano, que se transformó en provincia, tras los famosos episodios protagonizados por Julio César, Marco Antonio, Cleopatra VII y finalmente Octaviano; en el año 31 a.C., cuando Marco Antonio y Cleopatra fueron derrotados por Octaviano en Accio.

En el 149 a.C. Andrisco se hizo proclamar rey de Macedonia, empezando así una sublevación contra el poder de Roma. Quinto Cecilio Metelo fue el encargado de acabar con Andrisco, en Pidna en el año 148 a.C. Macedonia, junto con Epiro y parte de Iliria, fue declarada provincia romana y se construyó la vía Egnatia para unir el Adriático con el Bósforo y el Mar Negro. Al año siguiente, la Liga Aquea cayó bajo el poder de Roma, con lo que Grecia quedaba, aún sin llegar a convertirse en provincia, bajo la autoridad de Roma.

El último gran episodio helenístico se produjo en Asia Menor de la mano de Mitrídates VI, rey del Ponto, que trató de unificar la península y hacer frente a Roma en las conocidas como Guerras Mitridáticas, a las que puso fin Pompeyo que convirtió a la región en provincia en el 64 a.C. Oriente quedó así dividido entre las provincias de Asia, Bitinia y Cilicia.

8. Imperio Bizantino




9. Constitución del Estado Griego




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